Necesitamos más Filosofía

Son muchas las cosas que nos hacen falta en estos momentos. En verdad, somos pobres en medio de la abundancia y las comodidades que nos proporciona una técnica al servicio de las necesidades reales o presuntas del ser humano. Sin embargo, comprobamos que cuanto más tenemos, más necesitamos y esto constituye un círculo vicioso difícil de detener, a menos que consigamos lo que nos hace falta auténticamente. Por eso decimos: necesitamos más Filosofía.

Cuando explicamos las finalidades de Nueva Acrópolis, destacamos sus cursos de Filosofía desarrollados a la manera clásica. Y es allí donde ponemos el acento: en la manera clásica, es decir, en esa Filosofía amplia, que abarca todo el espectro de la vida y trata de responder a todos sus interrogantes, sin ceñirse a los rígidos marcos que hoy la circunscriben.

Filosofía hay, pero…

Uno podría preguntarse: ¿es que acaso no hay Filosofía en los tiempos presentes para tener que recurrir al estilo clásico? Sí la hay, pero… No vamos a entrar en el detalle de los amplios programas universitarios, ni en los que se dictan en las escuelas de enseñanza media. Hay clases de Filosofía, pero esta materia llena o no la vida de quienes la reciben, no tanto de acuerdo a los programas, sino de acuerdo a los profesores que la imparten. Solo los que vuelcan verdadero cariño en su tarea, logran hacerse comprender por sus alumnos y despiertan un sentimiento de búsqueda y encuentro. Los demás generan un triste caos mental que desemboca en las conocidas formas de calificar la Filosofía: un galimatías de palabras y conceptos insoportables e inútiles.

Esta es la pesada e injusta lápida que soporta la Filosofía: ser inútil. No sirve para nada práctico ni da dinero; es decir, que para ganarse la vida en este terreno hay que dedicarse a la docencia (no siempre con buen ánimo) o tener la increíble suerte de editar algún libro que sea leído y aceptado.

Todavía resuenan los ecos de la polémica generada en España cuando se decidió quitar esta asignatura de los programas de enseñanza media. Sin decirlo claramente, se dejaba traslucir la idea de «inutilidad». Para desconcierto de muchos, protestaron profesores y alumnos y resultó gratificante que algunos se atrevieran a asegurar que sin Filosofía los jóvenes no aprenderían a pensar. ¿Y no está aquí, tal vez, el nudo de la cuestión? Tal vez lo que interesa realmente —no podría decir a quienes, pero debe haber más de uno— es que la gente joven no piense y se deje arrastrar por las corrientes estupidizantes de moda. ¿No sería acaso muy compleja de manipular una juventud con capacidad de pensar? ¿En qué estado quedan los que, por fin, consiguen terminar su carrera universitaria filosófica? Tras varios años de tarea, en su mente solo bullen cientos de ideas contradictorias de pensadores de diferentes épocas, sin que nadie pueda encontrar el hilo que une los períodos históricos y los pensamientos resultantes. El joven filósofo actual (¿puede llamarse filósofo al que concluye estos estudios?) vive en el desconcierto, o se inclina por aquellas doctrinas que le fueron hábilmente presentadas como las «mejores»; o se siente impotente con tantos argumentos que no le ofrecen soluciones a los problemas con que se enfrenta diariamente. Por eso, no es que falte estrictamente Filosofía, pero…

¿Pero qué es filosofía?

Hemos leído tantas definiciones y de tantas procedencias, que no es sencillo quedarse con una sin más. Tampoco queremos enredamos en las polémicas que han sostenido diferentes autores entre sí, ni en las promovidas por quienes solo se limitan a su función de críticos. Se considere una ciencia aparte, o una ciencia de todas las ciencias, o una no-ciencia, los conceptos actuales están tan enredados que desgraciadamente dan la razón a quienes opinan que la Filosofía no tiene relación con la vida misma y, por lo tanto, no ofrece más utilidad que la de un mero ejercicio intelectual.

Tampoco nos interesa desarrollar el conjunto de situaciones que fueron transformando el concepto y finalidad de la Filosofía. Bástenos con señalar que, si hoy puede parecer inabordable y estéril, en las épocas clásicas de Oriente y Occidente, la Filosofía ha tratado de desentrañar las grandes preguntas sobre el Universo y el Hombre y, sobre todo, ha intentado constituirse en una forma de vida, una ayuda importante para el Hombre como parte del Universo.

Si nos remitimos a las tradiciones griegas, quien acuñó el término pudo haber sido Pitágoras, alegando que él no era un sabio (sophos), sino simplemente un amante de la Sabiduría, un «philosophos». Esa es la explicación más sencilla y más profunda que encontramos. Es el Amor a la Sabiduría el que mueve a los hombres, el que abre sus ojos al mundo, el que lo arranca de un aislamiento egoísta, el que lo vuelve sanamente inquieto en la búsqueda y encuentro de algunas verdades útiles para su existencia. El Amor es un motor poderoso, y cuando el Amor conduce a la Sabiduría muchas puertas interiores, antes vedadas y desconocidas para uno mismo, se abren.

No se busca «la Verdad», la grande y única Verdad, porque es sabido que los hombres son falibles. Pero cada cual, cada filósofo a su manera, ha tratado de dar con algunas claves que permitiesen a todos los hombres —no solo a ellos, individualmente— alcanzar una parte, un matiz de la Verdad. Y no tememos arriesgamos al decir que este modo de concebir la Filosofía tiene algo de atemporal, que ha sido válido desde hace siglos, nos sigue conmoviendo ahora y puede avanzar hacia el futuro en la certeza de que siempre habrá quien ame el conocimiento profundo y lo busque con veneración y respeto, transformándose así en filósofo.

¿Para qué nos sirve?

Tras muchos años de intentar convencernos de que la Filosofía no sirve para nada práctico ni tiene que ver con la vida real, cuesta mucho retomar la idea de su utilidad. Es evidente que como ejercicio de agudeza mental, no vale para otra cosa que para desarrollarlos «músculos» intelectuales, para afilar las lenguas o las plumas, para poder expresarse o escribir de manera cada vez más confusa aunque aparentemente docta. Esa forma de Filosofía no nos puede ayudar en cuanto a seres humanos.

Pero volvamos a la tan apreciada realidad, a la practicidad que pretendemos otorgar a la vida. ¿Quién no se ha hecho preguntas en la niñez, en la adolescencia, en la juventud, y aún en la madurez, a veces a escondidas para no demostrar debilidad o ignorancia? ¿Cuántas veces esas preguntas se han quedado flotando en el espacio de los imposibles? ¿Cuántas veces no nos hemos torturado dando vueltas al nacimiento y a la muerte, la enfermedad y la vejez? ¿Cuántas veces no hemos buscado una respuesta para el mundo y nuestra presencia en él? ¿Cuántas veces no hemos rondado la idea de Dios, a veces para negarla a fuerza de compleja, a veces para dejada vivir como un sentimiento intraducible? ¿Cuántas veces no hemos necesitado de la Filosofía para auxiliamos en medio de las dudas y la angustia?

Sabemos que la Filosofía no sirve para hacemos sabios ni para dar con la clave de todos los misterios del Universo. Pero sabemos que nos sirve para despejar algunas incertidumbres, para usar nuestra propia mente, para planteamos no solo preguntas, sino atrevemos a esbozar respuestas. Sabemos que no sabemos, como bien decía Sócrates, pero por eso la Filosofía nos pone en el camino del conocimiento. Poco a poco, sin prisa, sin ansiedad, aceptando la infinita variedad de cosas que nos preocupan y gozando con las pequeñas certezas que vamos adquiriendo.

La Filosofía sirve para vivir. Es un arte bien difícil del cual nadie se ocupa, y del que nadie parece conocer la técnica. Simplemente venimos a la vida y dejamos que el instinto vaya dictando las reglas del juego, o bien las deformamos según determinadas aceptaciones temporales. Pero Vivir, con mayúsculas, es algo diferente. Es saber quiénes somos, que no somos los únicos, que las que nos parecen dolorosas pruebas y dificultades no son más que peldaños para aprender a valemos por nuestros propios medios. Es intuir de dónde venimos e igualmente intuir que vamos hacia algún otro tiempo-espacio, aunque no sea el que conocemos ahora mismo; es concebir un hilo de coherencia al que podemos denominar —si queremos— eternidad.

La Filosofía sirve para valorar la Vida y no solo dejarse llevar por ella. Sirve para valorar a todos los seres vivos y no solamente a los humanos. Sirve para mirar el cielo y la tierra, para hurgar en el fondo de la tierra y para horadar la profundidad del cielo, para ver alrededor, para sentir, para pensar. Para ser filósofos conscientes de sus preguntas y de sus respuestas, no definitivas, pero sí encaminadas hacia una progresiva comprensión de la Verdad.

Nadie nos va a pagar por ello; no nos ganaremos la vida económicamente de este modo, pero nos ganaremos el saber vivir y estaremos suficientemente pagados con nuestra propia seguridad interior.

¿Quiénes la necesitamos?

Todos. La Filosofía no es propiedad de los que pueden conformar teorías más o menos bien expuestas, manejando un lenguaje que no suele ser accesible para quienes no han realizado unos estudios específicos. La Filosofía, en cuanto a forma de vida, en cuanto inquietud de búsqueda del conocimiento, es para todos y a todos les hace falta esta posibilidad de interrogarse libremente sobre los diversos aspectos del ser y del mundo. Interrogarse es una forma de vivir. Buscar respuestas es una forma de vivir. Y si, encontradas algunas contestaciones de base que se adaptan a nuestras necesidades, podemos aplicarlas diariamente, mejor. Eso es lo que nos convierte a todos en filósofos y no los títulos académicos que, en todo caso, dan fe de haber cursado una facultad, pero no de haber aprendido a pensar y a vivir.

Tampoco podemos esgrimir que la Filosofía es un quehacer propio de los adultos. En cuanto expresión vital, se manifiesta en los niños y sus primeros «por qué», y en los jóvenes llenes de incógnitas y de asombro frente a su propio desarrollo y ante un entorno que les resulta entre atractivo y desconcertante.

La prueba de esta multivalencia de la Filosofía está en el éxito arrasador que ha obtenido “El mundo de Sofía”, de Jostein Gaarder, ocupando durante más de cuarenta semanas seguidas —al menos en España— el primer puesto entre los libros más vendidos. y lo curioso y gratificante del caso, es que quienes más apasionados están por la obra, son los adolescentes y los jóvenes, que se sienten retratados en esa novela de misteriosa búsqueda de unas verdades que a todos interesan.

Puede ser que esta novela, como aclara su propio autor, haya rehuido los planteamientos exageradamente serios de las doctrinas filosóficas o el oscuro lenguaje que emplean algunos pensadores y profesores. Y ahí reside la clave de su éxito: el poder responder a una demanda de manera sencilla y útil, tal como solo puede hacerla la Filosofía.

«¿Quién eres?», «¿de dónde viene el mundo?» ¿Y quién no requiere una respuesta que le anime a seguir indagando en estos aspectos?

Necesitamos más filosofía

Efectivamente, necesitamos más Filosofía, pero verdadera Filosofía, tan simple y tan profunda como lo es la Vida. No necesitamos complejidades artificiales ni críticas de lo que unos u otros han expuesto a lo largo de la Historia. ¿Quién tiene tanta sabiduría como para poder criticar a los grandes pensadores en nombre de una Verdad que tampoco ha alcanzado? Una cosa es la simple profundidad del Universo y del ser humano —por no introducir el misterio de lo divino— y otra muy distinta es la complicada red de teorías que no llevan a ninguna parte ni tampoco resuelven la ansiedad natural de todos los que necesitamos Filosofía.

La Filosofía ha de ser natural, tanto como lo es todo lo que existe; debe ajustarse a la Naturaleza, no solo como medio ambiente sino en cuanto a las leyes que lo rigen todo, desde Dios a un microbio.

Hoy el problema parece residir en encerrar las ideas bajo claves comprensibles para unos pocos iniciados en la materia. Así la Filosofía se convierte en falsamente esotérica y da la razón a quienes denigran el esoterismo como una forma de ocultismo. Esotérico es todo lo que desconocemos —que es bastante— y el papel de la Filosofía consiste en disminuir progresivamente la oscuridad de la ignorancia para convertirla en la claridad del conocimiento.

Más allá de modas el gran filósofo Platón decía en su obra Parménides: «Es hermoso y divino el ímpetu ardiente que te lanza a las razones de las cosas; pero ejercítate y adiéstrate en estos ejercicios que en apariencia no sirven para nada, y que el vulgo llama palabrería sutil, mientras aún eres joven; de lo contrario, la verdad se te escapará de entre las manos».

No hay nada nuevo bajo el sol… Ni el tiempo que transcurre puede distorsionar este espíritu primordial que nos inclina a la Filosofía y que, cuando se manifiesta, habla a las claras de la juventud de ese espíritu, tenga los años físicos que tenga. Por algo también los griegos clásicos habían descubierto que la «Afrodita de Oro» —o la eterna juventud— late en los corazones que jamás se cierran a los enigmas de la Vida, sino que, antes bien, salen decididos a conquistarlos.

Delia Steinberg Guzmán

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