La Venus de Milo y la Victoria de Samotracia

Obras ambas del período helenístico, guardadas en el Museo del Louvre, en París, resumen en mármol pentélico y de Paros las expresiones corporizadas de dos diosas: Niké y Afrodita. Resumen también dos recónditos misterios que torturan, acompañan o glorifican al hombre desde su aparición en la Tierra: la Guerra y el Amor. En este mundo chato, donde la enanocracia ha reemplazado la guerra por la pelea y el amor por el sexo, las dos imágenes fabulosas nos retrotraen a nuestros ancestros puros y formidables.

La Victoria, torso de mujer envuelta en túnicas plegadas por la humedad y el viento y sostenida por poderosas alas, de pie, en la proa de un navío de piedra, nos habla del triunfo sobre el mal, de gloria y de ascensión en miras de un ideal inegoísta y sublime. El triunfo sobre la oscuridad, la ignorancia y el miedo.

A su lado se siente el fragoroso grito de los remeros ebrios de aventura que bogan a un destino sin puerto, de mar, de viento cruzado por el quejido augural de las gaviotas. Abajo ruge el negro Océanos; arriba ilumina la gloria de Apolo, y Eolo sopla un viento denso y salobre. Nos habla de esa gloria irracional y poderosa que transforma al hombre en Dios, de la expansión del alma en un grito mágico sin palabras, largo e inacabable, de gargantas hinchadas por un canto viejo y monótono, rítmico y perdurable. Es la imagen misma de la muerte, de la disolución en el espacio infinito, de la inmortalidad consciente e irrestringida, sin infiernos ni paraísos.

La Venus es su antítesis y su complemento. Si la Niké es la tensión estática a punto de estallar en el polvo cósmico, la Afrodita es la detención en un instante del movimiento grácil de la gran curva de una ola cuando se rebate sobre sí misma. Su cabeza orgullosa pero cálida se levanta sobre un torso ahíto de vida y esperanza, mientras el pelo cae entre la verticalidad y el movimiento; no está detenido en su cintura, está sorprendido allí. Es Afrodita Citerea y Partenos. Es el amor abrasador y la castidad hecha de orgullo y triunfo sobre lo material y pasajero. Ambas a la vez.

Es la gruta primordial de la Gran Madre Celeste y es la pequeña cavidad que se ampara entre las manos enlazadas de dos enamorados. Es el refugio, es la vida sobre la cual se resume el Alma. A su lado nos sentimos niños poseídos de un amor sin miedos, sin la racionalización, el preanuncio y el recuerdo del goce. Toda piedad, ante sus ojos somos bellos y bienamados. Es el fuego que murmura misterioso mientras fuera cae la nieve. Es el Gran Amparo. Es el espacio curvo y luminoso que nos lleva al reencuentro final de todos, más allá de las despedidas y las muertes.

Siendo tan diferentes, exaltan sin embargo el Alma, hacia fuera la una, y hacia adentro la otra, y en esa distensión crean el sentimiento espiritual de la unión del Ethos y el Estethos. No pueden ser juzgadas ni analizadas por peritos ni expertos; tan solo pueden ser adoradas y vividas. Y siendo para todos, cada cual las ve como propias.

Ninguna de las dos tiene guardias ni vigilantes… ¿Para qué…? Todos tenemos un poquito de Gloria y de Amor en algún rincón interior… Destruirlas sería como destruirse a sí mismo.

Jorge Ángel Livraga, fundador de Nueva Acrópolis

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