Áyax, la tragedia de la vista

Es la tragedia de Sófocles más antigua entre las que conservamos. El autor de tragedias toma prestada la historia del héroe troyano quien, tras la muerte de Aquiles, no recibe las armas[1] de semidiós, como bien las merecía por haber brillado en varias ocasiones en la guerra de Troya debido a su fuerza y valor. Su grandeza heroica está seguida por su osadía sin límites que lo lleva a querer tomar venganza e intenta matar a Odiseo por llevar él las armas de Aquiles y a los Argivas[2] por tomar tal decisión.

Sófocles: dramaturgo griego fue uno de los escritores de tragedia más importante. 496 a.C – 406 a.C

El poeta trágico recrea el mito involucrando a la diosa Atenea, quien, con la intención de castigar el héroe telamonio[3] y evidenciar su superioridad divina, se burla de él y ofusca su vista. Él, envuelto en su locura, mata a un rebaño convencido de estar matando a sus enemigos. Pero, ¿cuál es la causa de la ira de Atenea? ¿Por qué lo castiga cegándolo? Áyax es sin duda un varón valiente, un guerrero fuerte y hábil, no obstante, en dos ocasiones superó los límites de la sensatez humana. En una primera ocasión, al responder con insensatez a los consejos de su padre: cuando Áyax partía de su casa para la guerra de Troya, su padre le aconsejó tener en cuenta siempre a los dioses,  pero el joven respondió con osadía que no los necesitaba. Y en una segunda ocasión, cuando, en plena batalla de Troya, la diosa Atenea se acerca a él para apoyarlo y él rechaza su ayuda con gran arrogancia.

Defensas de las naves de Áyax en la guerra de Troya.

Atenea demuestra que es inevitable el castigo para los insensatos que creen poder sin la ayuda divina y pretenden asemejarse a los dioses. Áyax, como un héroe de barro, se derriba ante Atenea. En ese momento la única salida para el héroe trágico es el suicidio “o hermosamente vivir o hermosamente morir es preciso que haga el bien nacido” (vv. 479-480). El héroe sofocleo está condenado al error y al sufrimiento. Sin embargo, en este momento de máxima desgracia se encuentra el germen de la elevación heroica y la catarsis. Es Odiseo, el mismo héroe cuya victoria provocó la locura de Áyax, quien aporta a la elevación del telamonio.

Suicidio de Áyax obra del francés Nicolás Poussin 1594- 1665

Odiseo recibe la tensión entre dos posiciones antagónicas, entre Atenea y Áyax. El rey itacense compadece al héroe trágico, ya que reconoce lo efímero de la naturaleza humana, sujeta a los cambios, inestable y vacilante entre la grandeza y la caída. Odiseo defiende ante los enfurecidos Argivas el cadáver del héroe trágico: “Yo también lo odiaba, pero solo mientras era noble odiarle.” (v. 1348) y los convence de permitir su entierro. El orden divino queda de nuevo restablecido y se exalta la calidad del héroe telamonio.

Áyax lleva el cuerpo de Aquiles, bajo la protección de los dioses Hermes(a la izquierda) y Atenea (a la derecha) Ánfora de cuello ática- Museo de Louvre

            Es interesante observar en la producción sofoclea el uso sistemático del vocabulario relacionado con la vista. Hay una relación directa entre la percepción por medio del sentido de la vista, la sabiduría y la comprensión. El poder de la visión de los dioses contrasta con la ceguera de Áyax, potenciada a su vez por su furia vengativa. Es posible suponer un valor cognitivo en la capacidad de ver en la cosmovisión griega antigua. Odiseo es el testigo visual en tiempo real de la desgracia a la que puede llevar la insensatez y la desmesura, ya que frente a sus ojos Áyax enfurecido mata al rebaño convencido de que está matando a Odiseo y a los Argivas.

Se presenta la diferencia entre los tres personajes: Atenea puede ver a los dos. Odiseo escucha sin ver a la diosa pero ve a Áyax. Áyax solamente puede escuchar a la diosa y no ve a Odiseo, aun estando frente a él. El héroe itacense es el personaje que recibe la tensión, mediador entre los dos: la divinidad poderosa y el héroe en caída por su desmesura. Su habilidad de ver, junto con su profundo humanismo marcado por la compasión por el sufrimiento del enemigo, exalta la figura moral del hombre sensato que reconoce su lugar en el orden divino y lo acepta siendo consciente de lo efímero de la condición humana.

Una vez muerto, los Árgivas deciden prohibir su enterramiento pero Odiseo, el que fuera su enemigo intercede por Áyax y logra que reciba los honores que corresponden al soldado heróico de aquella larga confrontación. (Teatro Clásico de Merida) Áyax de Sófloces.

¿Cuántas veces nos hemos considerado tan fuertes que pensamos que no necesitamos a nadie? ¿Cuántas veces nos hemos enfurecido porque consideramos que no tenemos algo que nos corresponde? ¿Cuántas veces hemos respondido con arrogancia a consejos de gente amada? Todas esas veces nos identificamos con Áyax, tal vez un niño inmaduro en el cuerpo de un varón fuerte. Por otro lado, Odiseo, símbolo del ser humano por excelencia, también se encuentra dentro de nosotros mismos, por ejemplo, cuando podemos verdaderamente comprender la opinión ajena y opuesta, cuando reconocemos lo efímero de los éxitos y de los fracasos o cuando el sufrimiento ajeno genera en nosotros introspección y humildad en lugar de soberbia e indiferencia. Áyax debe su locura a Odiseo y también a él debe su elevación. Su mayor enemigo al compadecer su sufrimiento se transforma en su salvador.

María Kokolaki


[1] En la antigüedad recibir la armadura de un guerrero tras su muerte es un acto de honor y forma parte de los rituales funerarios. El receptor era el que seguía el muerto en fuerza y valor y de este modo toma su posición en la guerra.

[2] Argivas son los hermanos Agamenón y Menelao. Agamenón es el primer caudillo que dirige las tropas griegas a Troya y Menelao es el esposo abandonado por Helena.

[3]Áyax se identifica como Áyax, el telamonio.

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