La palabra fantasía proviene del griego φαντασία (phantasía), que significa “imagen, apariencia, manifestación” . Deriva de la raíz φαίνω (phaínō), “aparecer, mostrar”. De esta misma raíz proceden palabras como: fenómeno: “lo que aparece”; fantasma: “aparición” y epifanía: “manifestación de lo oculto”.
En contraposición, se encuentra el verbo ἀπεικάζω (apeikázō), vinculado a la imaginación, cuyo significado es: “hacer semejante a una imagen, representar por medio de una imagen, conjeturar por analogía”.
La noción de fantasía se relaciona con imágenes o situaciones que aparecen ante nuestra psiquis. Generalmente, no hay conciencia en la irrupción de las fantasías y, muchas veces, podemos ser víctimas de ellas; tal vez de allí la cercanía semántica y simbólica entre fantasía y fantasma.
La imaginación, por su parte, nos permite, en relación con el mundo simbólico, acceder a realidades que están más allá de lo meramente visible. En palabras de Kant, la imaginación cumple una función trascendental. La verdadera imaginación, entendida como potencia del alma, es fruto del esfuerzo interior y constituye un atributo de la conciencia que puede entrenarse y desarrollarse.
¿Seremos capaces de distinguir, en nuestra vida interior, entre las imágenes que simplemente aparecen y aquellas que elegimos conscientemente como camino de comprensión y sentido?