Desde que soy filósofo juego mejor al fútbol

Hace unos días, charlando sobre cuestiones de la vida cotidiana con un viejo conocido, me contó que le sorprendía que, después de varios años, todavía mantenían regularidad con sus compañeros de juntarse cada semana a jugar al fútbol.

Una de las cosas que captó su atención, fue la mejora significativa de su destreza en este deporte desde que empezó a estudiar filosofía. Tomar contacto con la filosofía a la manera clásica le había hecho abrir los ojos, descubrió que las cosas tienen su lugar, su ritmo y su función. Intentar poner en práctica lo que aprendía, las virtudes y los valores humanos, por ejemplo, generaba efectos en todas las facetas de su vida diaria.

Contaba que sus compañeros ahora lo felicitaban más seguido, ganaban los partidos y había fortalecido la unión con el equipo. Sus compañeros también jugaban mejor ahora. Antes corría detrás de la pelota en cualquier dirección hacia adelante y hacia atrás en la cancha; aparecía en el lateral derecho, pero sacaba con la mano en el izquierdo; de vez en cuando se cruzaba con el arquero rival y, cuando menos se daba cuenta, estaba jugando de defensor; se cansaba en menos de la mitad del tiempo y no podía mantener el ritmo a lo largo del partido.

Normalmente no entendía muy bien cuál era su rol en el equipo y en muchos partidos se sentía desubicado. ¡Claro!, me quedé pensando luego… cualquier cosa desubicada está fuera de su lugar, fuera de tiempo, por lo tanto, no logra conectar con los demás; quizás por eso no se sentía parte del equipo. Además, aquello que no encuentra su rol y su justo lugar no puede serle útil al conjunto. Pero aprendió a parar la pelota y a mirar a sus compañeros antes de dar un pase, a avanzar solo si así convenía y ya no se movía de manera automática y desordenada.

Se dio cuenta de que sus rivales, antes sus enemigos acérrimos que le provocaban enojos desmedidos, peleas y separaciones, estaban en la misma situación que él, pero en el polo opuesto y complementario. ¡Y sí! dice, si no existiera un equipo contrario, ¿existiría el partido? Como el Yin y el Yang de la filosofía china, reflexionaba.

A medida que transcurría la charla iba entrelazando sus reflexiones con lo visto en sus clases, a la vez que iba comprendiendo nuevos aspectos en el mismo deporte…

No se enfrentaba más con el árbitro, ya fuera que las decisiones estuvieran a su favor o en su contra. Y esto me recordó a la conversación entre Sócrates y su amigo Critón en la celda antes de ser ejecutada la sentencia de muerte del primero. Siendo condenado injustamente a tomar la cicuta, alegaba que no podía oponerse a las Leyes de la ciudad, por las que había vivido y las que siempre le habían sido favorables, solo porque una vez no lo fueran. Mi amigo había comprendido que era necesario un agente externo al partido, y en alguna medida imparcial, que hiciera cumplir las normas para que el futbol transcurriera armónicamente.

Después de aceptar la importancia de un director técnico bueno, la conversación finalizó debatiendo si los gritos de la hinchada debían ser escuchados o no, pero no logramos concluir nada. Cada uno siguió su rumbo…

Hasta el día de hoy, al pensar en este deporte, no puedo dejar de preguntarme si el fútbol y la vida son realmente semejantes. Creo que en parte me gusta la idea y parece práctica.

No es ilógico pensar que uno se sienta parte del equipo de la humanidad cuando encuentra su destino, el lugar donde es útil para los demás y en un trabajo que nos representa un crecimiento interior a la vez.

Sabemos que regularmente encontramos compañeros y rivales, ambos jugamos este mismo partido de la vida cotidiana, donde tenemos un tiempo determinado para cumplir el objetivo, donde hay alguien que nos dirige y donde está la naturaleza que impone sus leyes para ser respetadas. ¡Sí!, más allá de los participantes, de los rivales, de todas las ligas que puedan existir y de todos los torneos que uno pueda ganar o no llegar a participar, el fútbol es uno, la vida es una y todos formamos parte de ella.

Franco P. Soffietti

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