
La provisión de agua ha sido un aspecto relevante para toda civilización a través de la historia. Las ciudades romanas no solo no fueron la excepción, sino que el agua era de especial importancia por el uso que hacían de ella, ya sea para consumo, higiene y embellecimiento de las ciudades como, por ejemplo, en las fuentes que hasta hoy en día continúan funcionando en algunas de estas ciudades.
Por las razones mencionadas y el crecimiento de la población en las ciudades del imperio, el aprovisionamiento de agua debía ser abundante, constante y de calidad. Para lograr este objetivo, necesitaban de una fuente de dónde obtenerla, la que no siempre se encontraba en las cercanías. En estos casos, en los que el agua debía recorrer varios kilómetros, los ingenieros romanos idearon los famosos acueductos que comenzaron a construirse durante el siglo III a.C.
El principal desafío era sortear los obstáculos del terreno, trazando la ruta más corta posible y evitando la sedimentación del agua, para que no se contaminara ni se bloqueara el canal que la trasportaba. Para lograrlo establecieron una pendiente mínima que permitiera la circulación del agua y evitara la erosión. Ésta debía estar en un rango de entre 10 a 50 centímetros por kilómetro. Entonces, por ejemplo, si desde el manantial de agua hasta la llegada a la ciudad había una pendiente de 10 metros, el acueducto tendría aproximadamente entre 20 y 100 kilómetros de extensión.
Una vez definida la ruta, se comenzaba por el zanjado, dentro del que se ubicaría el canal por donde circulaba el agua. El suelo se recubría con piedras y por encima con hormigón romano. Luego, se encofraba con piedra y argamasa para impermeabilizar. Por dentro, se colocaba una bóveda de piedra que era la parte que entraba en contacto con el agua y, finalmente, se cubría por completo con tierra o una tapa de la misma piedra.
En su recorrido, el acueducto debía atravesar distintos obstáculos del terreno, por lo que los ingenieros romanos debieron buscar soluciones prácticas para sortearlos. En el caso de encontrarse con una montaña, se hacía un corte, construyendo un túnel que la atravesara de punta a punta. Para construir dentro el acueducto, se realizaban pozos que iban desde la superficie de la montaña hasta el túnel, por dónde accedían los trabajadores, bajaban los materiales y elementos de trabajo y retiraban los excedentes de tierra y roca.

Si lo que debía atravesarse eran desniveles abruptos, contaban con dos alternativas.
La primera era utilizar arcos de medio punto, conformando una especie de puente por sobre el cual se colocaba el canal cubierto por losas de piedra. Estas construcciones son las más emblemáticas y por las que generalmente se reconocen los acueductos. La otra alternativa consistía en usar vasos comunicantes. En este caso, la caída inicial del agua generaba una presión que permitía que subiera en el lado contrario. Para soportar la presión, debían utilizar tuberías de plomo soldadas. Debido a que eran muy costosas en aquel momento, se solía preferir la construcción de arcos para salvar los accidentes del terreno como vemos en algunos tramos de los acueductos que aún quedan en pie.


Uno de los acueductos romanos mejor conservados del mundo es el del valle del río Gard, localizado en el sur de Francia. Es además el acueducto romano más alto del mundo ya que se acerca a los 50 metros de altura. Sobre tres niveles se sitúan un total de 64 arcos que sostienen el canal que llevaba el agua a la histórica ciudad de Nimes, que contaba entonces con más de 20.000 habitantes. Fue construido sobre el año 50 d. C



Finalmente, al arribar a la ciudad, se colocaban pozos decantadores donde caían los pocos sedimentos que pudiera traer el agua y que, además, desaceleraban su velocidad para su ingreso a la red interna de almacenamiento y distribución.
La fortaleza de estas obras fue el reflejo de una búsqueda atemporal, para eso debían soportar los embates del tiempo, de modo que lograran trascender más allá de la vida de sus creadores. Los acueductos romanos no son solo una maravilla de la ingeniería, sino el reflejo de la inteligencia en una obra, un trabajo que proveyó de lo necesario para la vida, el desarrollo y evolución de la humanidad en su tiempo y que nos continúa asombrando, tanto por su excelencia técnica como por su belleza.
Germán Bartolomeo
