La Reencarnación en occidente
Hasta la actualidad la gran mayoría de la gente continúa pensando que la doctrina de la Reencarnación es de origen oriental, hindú para ser más exactos. Esto se debe a que, desde el siglo XIX, la idea de reencarnación llegó al mundo europeo importada desde Oriente. Sin embargo, nunca fue una doctrina ajena al mundo occidental hasta que, lamentablemente, fue relegada al olvido, posiblemente debido a intereses ajenos a la verdadera investigación. Debido a esto, tuvo que ser “reencontrada” yendo al acerbo tradicional del mundo oriental.
Pero ¿realmente perdió occidente esta doctrina de la que hablamos? A esto tenemos que contestar: no del todo. Las Escuelas de Filosofía más importantes y los filósofos más insignes de los últimos 2.600 años mantuvieron viva esta enseñanza para quienes quisieran escucharlos.
Si bien se puede decir que la Reencarnación estaba presente en las antiguas enseñanzas egipcias y que de aquí pudo pasar a Grecia, no podemos olvidar a un casi desconocido Maestro griego: Orfeo; personaje legendario que dio origen a un movimiento religioso conocido como el orfismo. Tal vez sea esta la primera referencia histórica de un Maestro netamente occidental que enseñaba la doctrina de la reencarnación. Siglos después Pitágoras retomará esta enseñanza impartiéndola a los discípulos de su Escuela, pero debemos esperar algunos siglos para encontrar mayor divulgación de la doctrina de la mano del genio de Platón.
En Platón confluyen las enseñanzas órficas y las pitagóricas, así como las egipcias, en una de las más grandes síntesis filosóficas que hayamos conocido. Si la Academia continuó fiel al Maestro, podemos decir que sus doctrinas vivieron al menos hasta el siglo V, en el 529 d.C., fecha en la que se cerró por orden de Justiniano, ¡habiendo perdurado nada menos que, 916 años!
El platonismo fue renovado varias veces desde entonces y con él, la doctrina de la reencarnación continuó formando parte de la filosofía occidental. Insignes filósofos como Plotino, fundador de la Escuela Ecléctica de Alejandría, el cardenal Nicolás de Cusa y uno de los más grandes filósofos del Renacimiento, Giordano Bruno entre otros, enseñaron la Reencarnación.
Un injusto silencio
Al igual que Pitágoras es aclamado como un destacado matemático y a menudo se le menciona como un verdadero científico de la antigüedad, mientras que sus doctrinas esotéricas son olvidadas o consideradas «una debilidad» entre tanta inteligencia, resulta llamativo que, aunque Platón goza de reconocimiento universal como un genio de la filosofía, sean pocos los que lo toman en serio cuando aborda temas como la Atlántida o la Reencarnación. Así, cuando relata sus cautivadores mitos con fines pedagógicos, se le atribuye su genio poético, y, por supuesto, como poeta, puede expresar cualquier cosa hermosa. Sin embargo, ¿quién realmente toma en serio a los poetas?
¿Acaso se supone que sufrían los antiguos una especie de disociación intelectual mostrando gran inteligencia para unas cosas y nada para otras? Puede entenderse que desde el punto de vista religioso hayan sido consideradas creencias “paganas” y, por tanto, falsas, pero es difícil justificar este silencio desde el punto de vista de la investigación histórica y filosófica.
Lo cierto es que la gran mayoría de la gente apenas conoce que este genio griego enseñó de manera clara y para todo el que quisiera leerlo, la doctrina de la Reencarnación.
Reencarnación: ¿creencia, teoría, doctrina o conocimiento?
Al abordar la temática de la reencarnación y el misterio de la inmortalidad del alma, comúnmente se recurre a términos como doctrina, teoría o creencia, pero rara vez se le atribuye la categoría de conocimiento. ¿La razón? Porque no existe una demostración clara y objetiva que respalde estas afirmaciones; así, surgen diversas opiniones que dependen de enseñanzas más o menos confiables o de percepciones subjetivas, y es entonces cuando las denominamos doctrina o creencia, optando por el término teoría si buscamos conferirle la categoría de una posible opción de conocimiento al enigma que estamos explorando.
Es cierto que las palabras creencia o doctrina han evolucionado para significar algo similar a una opinión aceptada como verdadera únicamente por la fe o la autoridad de quien la enseña, reservando la palabra teoría para aquello susceptible de investigación científica. Sin embargo, desde una perspectiva filosófica, en el contexto de la búsqueda de la sabiduría, no existe una gran diferencia entre teoría y doctrina, ya que ambas representan posibles respuestas a lo desconocido y, por ende, son susceptibles de investigación. Ambas, teoría o doctrina, se convierten en creencias cuando nos persuaden de su posible veracidad.
Si evitamos separar excesivamente la religión y la ciencia, y en su lugar consideramos el mundo y sus leyes como un único escenario de investigación desprejuiciada, podríamos ampliar significativamente la perspectiva del conocimiento. ¿Por qué, por ejemplo, tratamos con seriedad las teorías en física, química o matemáticas, pero no hacemos lo mismo con las teorías que abordan el enigma de la muerte, el porqué del dolor o el complejo problema de la felicidad?
Resulta evidente que estamos atrapados en una concepción fragmentada del conocimiento que artificialmente divide la realidad en compartimentos estancos, irreales y de cortos alcances, en lugar de proporcionarnos una visión unificada.
Tal vez haya sido Platón, con su inigualable capacidad dialéctica, quien nos ha mostrado en Occidente un intento de abordar la vida, la muerte, la moral, la estética y la política como una verdadera investigación de las Leyes de la Naturaleza. Y aunque no siempre se nos muestre de manera diáfana la verdad de sus conclusiones, al menos podemos llegar de su mano a aquello que él llama “lo verosímil”, un parecido de la verdad.
¿Qué es la reencarnación?
Puede bastar lo dicho para mostrar que Occidente conoció la Doctrina de la Reencarnación desde antiguo, pero veamos a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de ello.
Para hablar de Reencarnación, primero hay que hablar del Alma y admitir que todo lo existente tiene un aspecto interno que, al menos, es más durable que el cuerpo mortal. Sería, entonces, este principio duradero lo que reencarna. De manera que el ser humano real (su Alma Inmortal), renovaría la vida material cíclicamente, siendo la Reencarnación es una expresión más de la natural Ley de los Ciclos.
Que el Tiempo se mueve en ciclos, es algo innegable para la razón atenta. Comienza la primavera donde termina el invierno, cae el agua que se evapora para volverse a evaporar y caer, renuevan sus hojas los árboles cíclicamente, la piel sus células, la tierra su fertilidad…cuando algo termina, vuelve a comenzar. Platón mismo habla de este movimiento comoen un círculo:
“…Si no hubiera una correspondencia constante en el nacimiento de unas cosas con el de otras como si se moviera en un circulo, sino que la generación fuera en línea recta, tan solo de uno de los términos a su contrario, sino que de nuevo doblara la meta en dirección al otro, ni recorriera el camino en sentido inverso, ¿no te das cuenta de que todas las cosas acabarían por tener la misma forma, experimentar el mismo cambio, y cesarían de producirse?”.
“…si muriera todo lo que participa de la vida y, después de morir, permaneciera lo que está muerto en dicha forma sin volver de nuevo a la vida, ¿no sería de gran necesidad que todo acabara por morir y nada viviera?”
(Fedón, P. 621)
Que la vida en la Naturaleza se mueve cíclicamente en periodos de renovación y desgaste es más que evidente, ¿y no es la vida humana parte de la Naturaleza? ¿No se renovará entonces?
La Inmortalidad del Alma y la Reencarnación
Continuando con el mismo diálogo, es bastante conocido que, en el Fedón, la doctrina platónica hace especial hincapié en la Inmortalidad del Alma y por tanto en su preexistencia antes de encarnar en cuerpos mortales para acabar hablándonos de las reencarnaciones periódicas del alma:
“…Pues existe una antigua tradición, que dice que, llegadas de este mundo al otro las almas, existen allí y de nuevo vuelven acá, naciendo de los muertos. Y si esto es verdad, si de los muertos renacen los vivos, ¿qué otra cosa cabe afirmar, sino que nuestras almas tienen una existencia en el otro mundo? Pues no podrían volver a nacer si no existieran. Y la prueba suficiente de que esto es verdad sería el demostrar de una manera evidente que los vivos no tienen otro origen que los muertos…” (Fedón, p. 619)
Y después de demostrar que los pares de opuestos nacen uno de otro como: frío-calor, débil-fuerte, llega a la conclusión buscada que lo que muere procede de lo que está vivo y por tanto lo que está vivo procede de lo que está muerto:
“Entonces, ¿qué es lo que se produce de lo que vive?
Lo que está muerto -respondió
¿Y que se produce –replicó Sócrates– de lo que está muerto?
Lo que vive; necesario es reconocerlo.
Luego convenimos aquí también que los vivos proceden de los muertos no menos que los muertos de los vivos, y, siendo esto así, parece que hay indicio suficiente de que es necesario que las almas de los muertos existan en alguna parte, de donde vuelven a la vida.”
(Fedón, p. 620 – 621)
Más adelante:
“…si el alma existe previamente y es necesario que, cuando llegue a la vida y nazca, no nazca de otra cosa que de la muerte y del estado de muerte, ¿cómo no va a ser necesario que exista una vez que muera, puesto que tiene que renacer de nuevo?”
(Fedón, P.625)
No es el Fedón el único diálogo donde se refiere Platón a la inmortalidad del alma y a la cíclica vuelta a la vida. Las referencias a estos temas están salpicadas en su obra, unidas a descripciones alegóricas sobre el “más allá” y el proceso de la muerte. Así en el Menón o de la Virtud podemos leer:
“Dicen que el alma humana es inmortal y que unas veces abandona la vida, que es lo que se llama morir, y otras veces entra de nuevo en ella, pero que nunca se destruye y que, por este motivo, hay que llevar en esta vida, hasta el fin, una conducta tan santa como sea posible:
Porque, los que por sus antiguas faltas han pagado a
Perséfone
su rescate, hacia el sol de lo alto, en el año noven,
envía ella de nuevo sus almas,
y, de estas almas, los reyes ilustres,
los hombres poderosos por la fuerza o insignes por la
ciencia se levantan;
y para siempre, como héroes sin mancha, son venerados
entre los mortales
(fragmento atribuido a Píndaro)
…Así pues, para el alma, siendo inmortal, renaciendo a la vida muchas veces…”
(Menón, p. 445 y 446)
Según el escrito, se atribuye a Píndaro y a otros poetas, sacerdotes y sacerdotisas. El poema de Píndaro habla de un ciclo de nueve años que debemos entender no en un sentido literal sino como símbolo de un ciclo, es decir cuando el tiempo de permanecer en el Hades se acaba.
También en el Fedro encontramos referencias a nuestro tema. Es aquí donde Platón habla del alma caída en la materia. Es el alma que ha perdido sus alas, e incapaz de permanecer en el mundo divino ha caído a tierra. Contempla ciclos de miles de años que siguen siendo números simbólicos para expresar grandes ciclos evolutivos.
“…el (hombre) que ha llevado una vida justa obtiene después, en recompensa, una vida mejor, y el que haya llevado una vida injusta, un destino peor, pues al mismo punto de donde cada alma ha partido no vuelve a llegar hasta pasados diez mil años…
Al milésimo año, unas y otras, llegado el momento de sortear y elegir su segunda existencia, eligen cada una la que quiere, y es entonces cuando un alma humana puede llegar a una existencia de animal, y de animal, volver a ser hombre el que alguna vez fue ya hombre…” (Fedro, p. 886)
Resulta bastante claro que Platón está hablando en este párrafo de destino como karma o ley de causa-efecto que lleva al alma a recibir en cada vida lo que ha merecido en la anterior, antes de terminar el ciclo completo de evolución. Pero lo que puede sorprendernos es la afirmación de que las almas humanas pueden llegar a una existencia animal y volver luego a ser hombres. A primera vista daría la sensación de que Platón hablara de que las almas humanas pudieran encarnar en animales, a manera como suele creerse popularmente en la India, por ejemplo, o también que cada alma pudiera elegir libremente la vida que le tocará como algunos afirman actualmente.
Pero, en realidad tal vez podamos interpretar esto de otra manera. No es muy probable que se refiera a que un alma humana tome cuerpo de animal, sino que elegimos como vivir: como animales, preocupados fundamentalmente por la sobrevivencia del cuerpo y sus placeres o como verdaderos seres humanos. Es claro que se dice que: el alma que jamás vio la verdad no llegará a esta figura nuestra, es decir el alma humana puede llegar a una vida degradada, casi animal, pero un alma animal no llegará a ser humana por esta revolución.
Es en la República donde encontramos un famoso mito narrado por Platón, saliendo al paso de aquello que siempre se dice de que: “nadie ha vuelto para contarlo”. Se trata de la supuesta historia de un guerrero dado por muerto pero que volvió a la vida cuando estaba sobre la pira funeraria, es el mito de Er, el armenio. En él Platón describe simbólicamente las puertas entre los dos mundos. El de los muertos y el de los vivos. Entre las almas que vienen hacia la tierra para encarnar se habla de dos tipos que están eligiendo su próxima vida: unas vienen de un mundo celeste y son puras mientras que otras vienen de la tierra. Ambas clases de almas eligen por turno la vida que llevarán en su próxima encarnación:
“He aquí lo que dice la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: Almas efímeras, va a dar comienzo para vosotras una nueva carrera mortal en un cuerpo también portador de la muerte…” (República, p. 841)
Una vez asignadas las suertes, pasan cada una bajo el trono de la Necesidad y se dirigen a la llanura del Olvido junto al río de la Despreocupación. Allí las almas, sedientas, beben el agua del olvido y encarnan sin recordar que ellas mismas son responsables de la vida que les toca.
Pero a Er se le había impedido beber las aguas del olvido y, sin saber cómo, encarnó de nuevo en su cuerpo y, “de pronto, levantando los ojos al cielo, vióse, muy de mañana, yacente sobre la pira.” (R., p. 843)
Es muy posible que Platón, en el mito, cuando habla de elegir la vida que cada alma llevará, haga alusión a que la característica de cada vida está determinada por lo que hemos hecho y decidido vivir en la anterior, de manera que cada uno es responsable de las circunstancias que le toca vivir. Se dice: “…Y no se acusaba de los males en suerte (a sí mismo), sino que inculpaba a la fortuna, a los dioses y a todos antes que así mismo...” (República, p. 842)
En un diálogo supuestamente tan alejado del tema como es El Político o de la Realeza, volvemos a encontrar referencias a la reencarnación.
Este es uno de los diálogos donde Platón trata parte de la Antropogénesis relacionando las diferentes etapas de la humanidad con ciclos de cambios en la tierra. Se refiere a la legendaria época de Oro, bajo el reinado de Cronos, cuando lo hombres eran conducidos por reyes divinos. Allí se dice:
“…cuando el tiempo asignado a todas estas cosas se hubo ya cumplido y llegó la hora en que se había de producir el cambio, exactamente cuando esta raza nacida de la tierra había ya desaparecido en su totalidad, habiendo pagado cada alma su cuenta de reencarnaciones y habiendo vuelto a caer en la tierra como semilla, tantas veces como lo exigiera su propia ley…” (El Político, p. 1.070)
Este acercamiento a las enseñanzas de Platón sobre este tema nos trae el eco de uno de los conocimientos olvidados que el gran filósofo tuvo el valor de presentar una vez a los ojos y oídos de occidente.
Victoria Calle
Bibliografía y citas“Obras completas de Platón”, Aguilar, segunda edición 1981, España.