La Vida después de la Muerte
No existe pueblo que no tenga alguna creencia relacionada con el mito del Paraíso. El Paraíso es el mundo perfecto donde no existen las necesidades, los cambios, ni la muerte. Es un lugar sin Tiempo donde las miserias no tienen cabida. Se identifica siempre con los Orígenes, la Primera Tierra, el Lugar de los Antepasados, el Eje del Mundo, el Árbol de la Vida, la Fuente de la Eterna Juventud y la Inmortalidad.
El Mito del Paraíso
La añoranza del Paraíso está siempre presente como un anhelo del mundo perfecto, mundo del que partimos y al que volveremos algún día.

En los ciclos históricos el Paraíso se relaciona con la Edad de Oro, pero apenas como un momento que se deteriora al paso inexorable del tiempo.
A la misma idea responden otros nombres como la Isla de los Bienaventurados, las Islas Felices, el Jardín de la Hespérides, los Campos Elíseo, El Edén, la Colina Primordial, el Seno de Abraham, el Amenti y el Cielo.
El Paraíso es también el lugar de los dioses como el Asgard germánico o el Swarda de Indra.
La vida sería como una peregrinación con la esperanza de volver al Paraíso Perdido, símbolo de la vida del espíritu puro condenado a encarnar en un mundo de materia imperfecta. Desde este punto de vista la muerte es liberación del espíritu y una posibilidad de retorno al Paraíso.
El retorno al Paraíso tradicionalmente es un camino lleno de dificultades representadas por los combates contra míticos monstruos junto al peligro de extraviarse en el camino.
Siempre la conquista del paraíso representa la última Gran Victoria del héroe, la conquista de la Inmortalidad. Es por esto que en la creencia popular solo a los héroes les es dado llegar al lugar de los Bienaventurados donde residen junto a los dioses, habiéndose convertido ellos mismos en dioses.
La Muerte como Viaje
Todas las tradiciones están de acuerdo en considerar la muerte como un viaje. Los preparativos funerales están llenos de símbolos referentes a la idea de viajar. En Egipto se tratará del sarcófago-barca que navega por la Duat, en otros casos el difunto va transportado

por caballos o carros; tal vez se desplace por sí mismo volando como ave majestuosa o caminará a pie, pero siempre se trata de un viaje.
Al difunto se le preparaba simbólicamente con el “viático” para el viaje, se le proporcionaban viandas e incluso se le dotaba de unas monedas para lo que pudiera precisar. Este término “viático” ha pervivido incluso en la religión católica para indicar el pan consagrado dado al difunto en su momento de muerte. La costumbre griega y romana de poner bajo la legua del difunto la moneda para Caronte, es otra forma del simbólico “viático” para el viaje al más allá.
¿Hacia dónde se dirigía el difunto? La meta del difunto era, evidentemente, el Paraíso, Tierra de los Bienaventurados. Si tenía o no éxito en el periplo, dependería de sus capacidades, fuerza y preparación. Esto se simbolizaba por:
- Señales especiales o contraseñas que identificaban al difunto como perteneciente a un grupo determinado asociado con alguna divinidad de la que se esperaba ayuda en el transito; o sea ser reconocido, bien por los antepasados del clan o por la deidad patronímica.
- Conocimientos dados al difunto sobre el camino que debían transitar describiéndole los inconvenientes y peligros a la vez que se le otorgaban consejos adecuados para sortearlos. Aquí el Mito ejemplar jugaba un papel importante pues la descripción de aquellos héroes que habían logrado superar los obstáculos y llegado a buen puerto era el modelo a seguir. Además del conocimiento del camino, era importante estimular al difunto con la voluntad de victoria. Considerar que el viajero iba a vencer en su meta era el motivo por el que se empleaban coronas de flores o símbolos de victoria como el olivo o la palma, deseándoles con ello la paz tras el esfuerzo.
- No obstante, las ayudas no serían suficientes si el viajero no iba bien pertrechado de un bagaje propio. Sus virtudes y su arrojo eran imprescindibles. El alma tendría que poseer la suficiente fuerza y pureza para enfrentar exitosamente la meta de su importante viaje; y es evidente que estas cualidades debía haberlas ganado en vida a través de un esfuerzo consciente.
- Si el alma no estaba suficientemente preparada podía sucumbir ante uno de los peligros más señalados del camino: la travesía de las aguas. Este paso estaba señalado entre los persas por el famoso puente Chinvat que se cerraba ante el injusto y se ensanchaba para dejar paso al justo, o por el barquero egipcio ante el cual el difunto debía justificarse para ganar su ayuda. Semejante a la travesía de las aguas era el tribunal de Mitra, el de Minos o el de Osiris, ante el cual el alma debía justificar el resultado de su vida anterior. El tribunal daba su sentencia y se establecía la separación de los dos caminos: el de los justos y el de los injustos. El camino hacia el Paraíso quedaba entonces vetado a esto últimos quienes debía proseguir por otras sendas menos gloriosas.
- Los dos caminos no siempre aparecen como una encrucijada o un juicio. En el caso de una tradición Azteca, el alma-colibrí vuela hacia el sol, pero solo aquellas que son suficientemente ligeras y fuertes pueden llegar hasta el sol: las otras, más pesadas, solo pueden llegar hasta la luna. Algo semejante se aprecia en ciertas creencias griegas, en las que solo algunos son capaces de atravesar completamente el mundo de las sombras para llegar al extremo final de los Campos Elíseos, los campos de la luz.
- Para las creencias hinduistas solo aquellos que han logrado en vida un desapego suficiente de los deseos materiales pueden llegar al Devachan (lugar de los dioses), quedando la mayoría en un mundo intermedio llamado Kama Loca o “lugar del deseo”.
- El mismo juicio del alma en Egipto se basaba en comparar el peso del corazón del difunto con la pluma de Maat señora de la verdad-justicia. Solo si el corazón era tan liviano como la pluma se le abría al alma el camino del Amenti. Se habla, entonces, del alma justificada, del justo, epíteto que tiene que ver con la justicia, es decir, el cumplimiento de las leyes. Es claro que cuando los dioses juzgan se trata de las leyes divinas, no de las humanas. Son las leyes superiores que rigen los mundos, del Dharma, como dirían los hindúes. Esta es la vara que mide la pureza del alma para regresar a la pureza de la vida del espíritu.
- Quien no ha podido ser justificado, tarde o temprano emprenderá el camino de vuelta con el fin de lograr mejor cualificación para presentarse al examen del tribunal. Quedará atrapado una vez más en la cárcel material; es decir encarnara de nuevo para ser sometido al fuego de la fragua de la experiencia gobernado por la sabia mano del Karma.
- Es este último suceso el que ha inspirado los tantos Infiernos y Purgatorios que suelen aterrorizar a los creyentes; infiernos a los que además se les ha dado el calificativo de “eternos” como si pudiese existir otro eterno que no sea Dios mismo.


Ya desde antiguo el mundo de las Sombras Homérico, se nos presenta como un lugar terrible e indeseable, pero el poeta ha confundido el estado de las almas con los deshechos del mundo psíquico, verdaderos cementerios donde estos restos se “reciclan” de manera semejante a como lo hacen los restos físicos en la materia terrestre.
Parece evidente que ha habido una decadencia notable de los conocimientos que tuvo el hombre del Mas allá. La materialización del concepto del alma humana hasta hacerla casi inexistente, ha llevado como consecuencia a versiones cada vez más simplista e infantiles que solo han servido para aterrorizar al hombre ante la muerte en lugar de liberarlo de este miedo a la misma.
Victoria Calle