Durante varios siglos y hasta bien entrado el siglo XIX, la visión predominante en la ciencia occidental sobre la Tierra, era que el planeta y sus paisajes permanecían esencialmente inalterados a lo largo del tiempo. En la geología dominaba la idea de un planeta rígido y estático, en estado de contracción. Sin embargo, una vez atravesadas las primeras seis décadas del siglo XX, emerge un nuevo paradigma, la Tectónica de placas, que pretendía explicar la dinámica global del planeta dando lugar al desarrollo de la geología moderna.
La tectónica de placas es una teoría geológica que explica el movimiento y la interacción de grandes placas rígidas que conforman la superficie de la Tierra. Estas placas, que componen la litosfera (la capa más externa y rígida de la Tierra), se desplazan sobre una capa más blanda y viscosa llamada astenósfera. El paradigma de la Tectónica de Placas logró establecerse como el eje vertebral de las Ciencias de la Tierra y uno de sus antecedentes más inmediato fue la teoría llamada deriva continental.

Una idea desubicada: los continentes se mueven
Transcurría el año 1912, cuando el meteorólogo alemán Alfred Wegener (1880-1930) planteaba una serie de hipótesis sobre los desplazamientos de las masas continentales. Las ideas sostenían que los continentes se mueven sobre un manto inferior y que incluso en la antigüedad habían estado unidos formando un supercontinente, la Pangea (pan = todo, gea = Tierra). Estos movimientos telúricos habían tenido origen en la era Mesozoica, hace unos 200 millones de años, cuando este único continente empezó a fragmentarse en bloques más pequeños, que «derivaron» a sus posiciones actuales.
Esta presunción de la deriva continental daba una visión dinámica del planeta generando una gran controversia en los ámbitos científicos debido a su radical oposición a los postulados estáticos profundamente arraigados. La teoría del momento defendía la noción de los continentes como estructuras permanentes muy antiguas, donde las cadenas montañosas se originaban a modo de arrugas en la superficie a medida que el planeta se enfriaba.

Dos años después, Wegener[1] publica El origen de los continentes y los océanos. En este tratado, se establece el esbozo básico sobre la deriva continental. La hipótesis de Wegener, surgió en sus viajes de exploración a Groelandia, al observar la fragmentación del hielo oceánico. Algunas de las observaciones más significativas fueron la presencia de especies fósiles similares en continentes ampliamente separados, semejanzas geomorfológicas y estructurales en ambos márgenes del océano Atlántico, la distribución de cadenas montañosas, evidencias paleoclimáticas y principalmente, el ajuste en la morfología de los bordes de las plataformas continentales sudamericanas y africanas.
Los argumentos vertidos por Wegener en favor de la deriva continental fueron recibidos con escepticismo por los geólogos ingleses, y aunque juzgaron a su teoría como interesante, sostenían que aceptarla hubiera implicado un retroceso en las supuestas certezas previas, por consiguiente, una pérdida de estatus de la geología como ciencia. Sin embargo, Wegener frente a los ataques públicos, supo mantenerse erguido con la firmeza de un visionario.
El talón de Aquiles de la nueva corriente fue la dificultad de encontrar un mecanismo adecuado que explicara el movimiento de estas masas continentales. En 1928, el investigador Frank Taylor, en un intento de salvar esta brecha, propuso que una de las causas del movimiento de las placas, podía deberse al efecto gravitacional de la Luna, que generaba fuerzas mareales y rotacionales sobre la superficie. Pero los mecanismos aducidos tanto por Wegener como por Taylor para explicar la génesis del movimiento no eran suficientes.
“Importa poco lo que pensemos de ella. El futuro la tratará imparcialmente de acuerdo con el principio de que la verdad sobrevive sola”. (Willis, 1928)
La deriva continental no recibió mayor atención hasta la década del 60, cuando una red mundial de sismógrafos desarrollada para estudiar el comportamiento sísmico del planeta, y entre otras cuestiones, definir la localización de terremotos, brindó los registros necesarios para confirmar la existencia de desplazamientos continentales de largo plazo.
El planeta seguía moviéndose

Investigaciones de finales del siglo XIX sugirieron una idea revolucionaria, en la cual los terremotos eran causados por fallas geológicas. El movimiento sísmico de 1906 en San Francisco, Estados Unidos, causado por el desplazamiento de la Falla de San Andrés, corroboró dicha hipótesis. Puntos de control al oeste de la falla, evidenciaron movimientos de varios centímetros hacia el norte. Estos hechos, junto con el aumento de científicos interesados en el asunto, impulsaron el desarrollo de la red sismográfica. Se llegó a la conclusión de que, mientras las placas se desplazan relativamente, las rocas almacenan energía hasta alcanzar la rotura; cuando esto sucede, el material libera la energía acumulada. Este fenómeno puede producir movimientos sísmicos.

La instalación de la red a lo largo y ancho del planeta, permitió plantear una nueva teoría sobre la estructura interna del planeta. Debido a las características de las ondas sísmicas registradas se descubrió que el escudo exterior del planeta se compone de placas sólidas de espesores que varían entre 20 y 60 kilómetros en la superficie y 5 kilómetros en el lecho oceánico flotando en un manto inferior parcialmente plástico. Esto ayudó a que hoy se entienda a la Tierra como una gran masa de roca ígnea semilíquida, con un núcleo sólido de alta densidad seguido de un núcleo más externo de consistencia líquida, rodeado por el manto.
¿Por qué se mueven las placas?
Al finalizar 1963, un grupo de pescadores fue sorprendido por un proceso de hervor violento que se generó en medio del mar, a varias millas de la costa de Islandia. Columnas de humo, vapor y llamas, seguidos por afloramiento de roca negra y lava rojiza daban vida a una isla, un nuevo terreno veía la luz por primera vez. Ese mismo año, un científico canadiense llamado Tuzo Wilson (1908- 1993), sugirió que grandes fallas conectaban los cinturones móviles globales en una red continua que dividía la capa externa de la Tierra en varias «placas rígidas». Luego de casi cuatro siglos de lenta gestación, nuevas pruebas surgían desde las entrañas de la tierra para dar vida a la “Tectónica de placas”, una teoría unificadora en el campo de estudios del planeta Tierra.
La hipótesis de la tectónica de placas venía a postular que la superficie terrestre está compuesta por grandes bloques rígidos, llamados placas, y que éstos se mueven relativamente entre ellos. Se descubrió que la corteza terrestre está dividida en seis grandes placas continentales. Estas pueden moverse lenta y continuamente o pueden ocurrir espasmódicamente y generar terremotos.

La explicación mayormente aceptada sobre la fuente de los movimientos, toma los requerimientos del equilibrio térmico de los materiales interiores de la tierra. Por existir una gran diferencia de temperatura en el manto, ya que el borde inferior está cerca del núcleo y el superior, cerca de la superficie, existen corrientes de convección donde el material asciende y desciende circularmente. La elevación del material, como en las corrientes marinas o en las corrientes de aire, genera el descenso de las capas superiores.
El origen de este calor habría sido una retención de energía desde los tiempos tempranos de formación del planeta, y una gran parte se podría deber a procesos radioactivos del uranio y otros elementos.
Comentarios finales
La Tectónica de Placas, emergida de las sombras de una geología estacionaria y rígida, ha reformulado por completo nuestra comprensión del planeta Tierra. Desde las controvertidas propuestas de Alfred Wegener sobre la deriva continental hasta las revelaciones sísmicas del siglo XX, este paradigma ha superado obstáculos y escepticismo, consolidándose como la teoría fundamental en las Ciencias de la Tierra. La confirmación de que la corteza terrestre está dividida en grandes placas móviles ha ofrecido explicaciones coherentes a fenómenos como terremotos, formación de montañas, y la distribución de fósiles y formaciones geológicas.
Hoy, entendemos a la Tierra como un planeta dinámico y en constante transformación, cuya superficie es un mosaico en movimiento, impulsado por fuerzas profundas y antiguas. Esta comprensión no solo es fundamental para la geología moderna, sino que también resalta la importancia de la adaptabilidad y apertura en la investigación científica, demostrando que incluso las teorías más arraigadas están sujetas a revisión y cambio ante nuevas evidencias y perspectivas. Incluso, es probable que llegue el día en que esta teoría sea descartada y una nueva emerja para aportar mayor claridad.
Según los filósofos de la antigüedad, la Tierra es un gran ser vivo y en el decir de Heráclito:
«El movimiento es el signo de la vida; un flujo constante de cambio es la esencia de la existencia.»
Franco P. Soffietti
Referencias
Benedetto, J. L. (2010). El continente de Gondwana a través del tiempo: Una introducción a la Geología Histórica. Academia Nacional de Ciencias, Córdoba, Argentina. Vol.47, n.2.
Zoback, M. L. (2006). The 1906 earthquake and a century of progress in understanding earthquakes and their hazards. GSA TODAY, 16(4/5),4.
Tarbuck, E. J., Lutgens, F. K., Tasa, D., & Cientficias, A. T. (2005). Ciencias de la Tierra. Madrid: Pearson Educación.
Anguita Virella, F. (1988). Origen e historia de la Tierra. Editorial Rueda, Madrid, pp. 525.
Oakeshott, G. B. (1976). Volcanoes and Earthquakes: Geologic Violence(No. QE521. O24 1976.).
Taylor, F. B. (1928). Sliding continents and tidal and rotational forces. In Theory of Continental Drift. Tulsa, Oklahoma, U.S.A: The American Association of Petroleum Geologists.
Wegener, A. (1966). The origin of continents and oceans. Courier Corporation. Sans, Wanda; Nolasco, Miguel y Soffietti Franco (2018). ¿Dónde estamos parados? Trabajo final no publicado del doctorado en Ciencias de l
[1] Paradójicamente el meteorólogo que ayudó a entender cómo se compone el interior de la tierra y sus movimientos por equilibrio térmico, murió congelado en una expedición a Groenlandia.