Avavalokiteshvara, el Misericordioso, bodhisatva del amor y la compasión suprema sobre los hombres, es una de las figuras más veneradas y significativas dentro del budismo Mahāyāna. Su nombre combina «avalokita» (mirar hacia abajo, contemplar) e «īśvāra» (Señor), lo que puede interpretarse como «el señor que mira hacia abajo» o «el que escucha los lamentos del mundo» según otras lecturas.
La leyenda de Avalokiteshvara:
Cuenta la leyenda tibetana que Avalokiteshvara hizo un voto sagrado ante los budas: “No alcanzaré el estado de buda final hasta que todos los seres sean liberados del sufrimiento”.
Entonces comenzó su misión. Durante eras incontables ayudó a liberar millones de seres del ciclo del samsara (reencarnación). Pero un día, al mirar de nuevo al mundo, vio que seguía lleno de dolor, violencia y desesperación. El sufrimiento parecía inagotable. Su corazón roto por la compasión se fragmentó en mil pedazos. Ante esto, el Budha Amitabha, su guía y protector, reconstruyó a Avalokiteshvara, dándole mil brazos y once cabezas para que pudiera escuchar y ayudar a todos los seres. Cada mano tiene un ojo, símbolo de la sabiduría que guía la acción compasiva.
Esta leyenda es una expresión profunda del sufrimiento compasivo: su corazón es tan sensible al dolor ajeno que llega a romperse, y sin embargo, renace fortalecido, con más posibilidades para sanar el mundo.
Para los practicantes de la meditación, Avalokiteśvāra aparece como una visión, una presencia luminosa que abraza en momentos de desesperanza. Tiene numerosas manifestaciones y se le representa en diversas formas y estilos. En algunos textos, incluso se le considera la fuente de todas las deidades hindúes. Su forma puede ser masculina o femenina, con mil brazos o en silueta simple. En la India, se representa como una figura masculina adornada con joyas, de apariencia real. Pero al llegar a China, su compasión da origen a Kuānyīn, la «diosa de la misericordia», una figura maternal, cercana, protectora. En Japón es conocida como Kannon, en Tibet como Chenrezig y en el sudeste asiático tiene diversas formas locales.

Cada cultura proyecta en Avalokiteśvāra su propia comprensión de la compasión: en la India, es un sabio real; en China, una madre amorosa; en el Tíbet, un protector místico; y en el corazón de cada practicante, una llama que no se apaga.
Podría considerarse a Avalokiteśvāra como un puente entre lo humano y lo divino, entre el sufrimiento y la redención. Su historia mítica nos habla del dolor universal, pero también de la capacidad infinita de amar más allá del propio sufrimiento.
En un mundo que a menudo olvida la escucha profunda, Avalokiteśvāra es un símbolo que contempla los lamentos y sufrimientos del mundo, ofreciendo su corazón de mil brazos a todo aquel que necesite sostén. Comprender su historia es acercarse al corazón del budismo, pero también al corazón humano, donde la compasión verdadera siempre encuentra su morada.