Mitos y Narraciones sobre el Más Allá: Paisajes del Inframundo

El viaje emprendido por el difunto transcurre en una geografía simbólica del submundo. Si bien en las fuentes más antiguas no se encuentra la idea de lo subterráneo, sino más bien el concepto de una ascensión vertical hacia lo celeste, posteriormente se ha descrito de diferentes maneras el paisaje del otro mundo.

Elementos infaltables serán siempre “las puertas”, generalmente situadas hacia occidente, en simas, cimas o en lugares especialmente señalados por la tradición.

En las creencias populares de la antigua Grecia existieron varias “puertas de los infiernos”. Una de estas supuestas puertas del mundo subterráneo helénico se hallaba cerca de la ciudad de Efira donde el río Aqueronte desembocaba en un pantanoso lago de malsanas emanaciones después de recorrer una comarca salvaje en la que desaparecía subterráneamente a intervalos.

Como cabe suponer, las puertas de tan importante lugar han de tener sus guardianes que impidan entrar a aquellos que aún no están muertos. Muy conocido era el perro Cerbero (Cancerbero) al que se le suponía con dos o más cabezas. Todos los héroes que tratan de penetrar vivos en los Infiernos, han de vérselas primero con este terrible guardián. Orfeo, por ejemplo, logra encantarle con su música, mientras Heracles se valdrá de la fuerza para someterle. Aunque la asociación del perro con el más allá es bastante universal ya que la encontramos en el Mediterráneo, en Asia y hasta en América precolombina, la entrada de los Infiernos sumeria se pintaba diferente. Gilgamesh se encontrará con dos Escorpiones que guardan las Puertas de Occidente, quienes le permiten el paso al reconocer su parte divina.

El agua es también un elemento principal de la geografía del otro mundo. El agua, en forma de río, laguna o mar, forma parte de casi todas las tradiciones. El difunto ha de pasar siempre este paso húmedo hasta la otra orilla. Por suerte suele contar con ayuda para esta travesía; podrá hacerla en la barca de Caronte, montado sobre el perro bermejo de los Aztecas o atravesar a pie sobre el puente Chinvat de los persas. No obstante, este paso no es exactamente gratuito; hay que presentar algún pago: unas monedas o las buenas obras de una vida pura, sin lo cual la travesía no será posible.

Las tablillas funerarias atribuidas a los órficos describen dos fuentes:

“A la izquierda de la Casa de Hades hallarás una fuente,
y erguido a su lado un ciprés blanco.
No te acerques a esta fuente,
Sino que otra hallarás, que del Lago de la Memoria
brota con aguas frescas, ante la cual hay guardianes.

………………………..”
(Lámina de Petelia, sur de Italia, del siglo IV-III a.C.)

Pero tal vez la más completa descripción del Hades según lo entendían los griegos, sea la que aporta Platón en el Fedón. Ante la proximidad de la muerte, Sócrates hace un repaso a sus acompañantes de esta geografía subterránea.

Se suponía que había cuatro ríos importantes que rodeaban, serpenteando, la Tierra. El Océano y el Aqueronte eran dos corrientes opuestas que encerraban otros dos ríos: el Cócito cuyas aguas eran de un frío azul profundo y el Piriflegetonte, impetuoso río de fuego. El Aqueronte, pasando bajo tierra, formaba la laguna Aquerusíade donde iban la mayoría de los muertos después de pasar por el juicio de Minos, permaneciendo allí un tiempo hasta su próxima encarnación. Allí, dice Platón, se purifican y recogen las recompensas de sus acciones conforme a sus méritos. Aquellos que fueron muy malvados no tienen tanta suerte y son arrojados al Tártaro, la sima más profunda del mundo, donde desembocan y nacen  todas las corrientes. Al cabo de un año serán arrojados desde el Tártaro hacia el Cócito o el Pirifligetonte que los llevará a la laguna Aquerusíade. Si obtienen el perdón de aquellos a quienes ofendieron, podrán ser rescatados y purificados en las aguas. Sin embargo, aquellos que sobresalen por su justicia y bondad pueden escapar de estas prisiones para residir en la “Tierra Verdadera” por toda la eternidad. Este lugar puede identificarse con una tierra luminosa, un cielo, situado más “arriba” que la tierra de los vivos ya que esta última es a semejanza de profundidades donde no llegaría bien la luz del sol. La laguna Aquerusíade simboliza, por tanto, las “aguas de purificación”. 

 Vemos que el sentido de las aguas es la purificación del difunto. Se trata de un “lavado” del alma que llega con las impurezas propias de su estadía en la materia, los desechos de la actividad del alma encarnada que han de eliminarse como el polvo del camino que lleva el viajero, para penetrar en la casa de la regeneración y del espíritu.

Parece evidente que aquellos que eran arrastrados hasta el Tártaro precisaban de una purificación más profunda que el sencillo lavado en las aguas del Aqueronte por lo que debían descender hasta las aguas más primordiales de la Estigia y, tal vez, ser también purificados por el fuego de la corriente del Pirifligetonte. Hay suciedades que el agua sola no puede quitar; se precisa a veces quemar los desechos. Es probable que en esta idea tengan su origen los fuegos de los purgatorios e infiernos de las religiones más contemporáneas. Pero tanto el agua como el fuego, disuelven o calcinan lo temporal, dejando indemne lo esencial, semilla de una nueva vida.

La morada del Mundo Invisible puede sernos presentada de manera simple o sumamente estratificada. La mayor parte de las tradiciones optan por hacer 7 o 9 divisiones. Los zoroastrianos hablan de los 7 Cielos y los 7 Infiernos, mientras que los chinos lo hacen de 9, subdivididos, a su vez, en 9 niveles cada uno. Los Mayas optaron por los 13 Cielos y los 9 Infiernos si bien aclaran que son los tres primeros los más relacionados con los hombres.

La estratificación de la Morada del Más Allá indica algo importante: que el destino de las almas puede ser muy variado, lo que implica un sentido de justicia muy puntilloso y personalizado.

Resulta interesante que los Aztecas nos indicaran las características de sus “cielos”. Por ejemplo: al primero van las almas de los niños y está regido por Xotchipilli, el florido dios de la primavera y el renacimiento; mientras que el segundo, el Tlalocan, cielo de agua, regido por Tlaloc, dios del agua atmosférica, es donde iban la mayoría de los hombres. El tercer cielo es la Casa del Sol, lugar donde descansan los guerreros muertos en combate y las mujeres que murieron en el parto, cosa bastante más meritoria para los Aztecas que morir de simple vejez o enfermedad.

El mundo de la duat egipcia aparece dividido en 12 secciones que corresponden a momentos en el proceso del viaje a través de las 12 horas nocturnas. La duat es el lugar de la regeneración ya que se entraba viejo y gastado para salir joven otra vez. También en la duat existían regeneración por el agua y por el fuego. ~

Victoria Calle

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