Bibliosofía: El principito

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Los vientos de agosto fueron llevándose el invierno para darle paso a la primavera y en esta oportunidad, les presentamos “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry.

          Tras haber sufrido un accidente aéreo, un piloto cuyos conocimientos de geografía le habían ayudado a orientarse en las noches de extravío, tiene que realizar un aterrizaje forzoso en pleno desierto. “Más aislado que un náufrago en medio del océano”, nuestro piloto nos recuerda al sufridor griego Ulises, pero en épocas modernas.

          Mientras dormía, una voz lo despierta y “como golpeado por un rayo”, se pone de pie. Al frente se encontraba un pequeño príncipe, que al igual que nuestro piloto, había caído del cielo. Este joven protector de una tierra pequeña y lejana, le contará la historia de su viaje por el universo.

          El punto de partida de la travesía había sido su hogar, un pequeño planeta -el asteroide B 612- que, como el alma humana, estaba sometido a los baobabs y los volcanes, que amenazaban con hacerlo estallar; pero que en el seno de esta tierra crecían las rosas. Una rosa en particular, fue el motivo por el que nuestro joven príncipe comienza su viaje.

          En la travesía conoció seis planetas habitados por curiosos personajes: un rey bondadoso y sabio, pero sin súbditos; un vanidoso que creía ser el centro de atención de todo el universo, pero nunca veía ni escuchaba a nadie. También se encontró con un bebedor, un contador de estrellas, un humilde farolero con un gran sentido del servicio, pero una vida mecánica y finalmente, se encontrará con un geógrafo, que escribía dónde se hallaban los mares y las montañas sin haber salido de su despacho.

          El séptimo planeta en el que aterriza es la Tierra. En este se encontró con una serpiente que se comunicaba enigmáticamente; atravesó un rosedal que lo dejó confundido, pues creía que su rosa era única en el universo. Luego se hará amigo de un zorro que le enseña sobre la magia de los lazos y los ritos que renuevan la vida continuamente, hasta que se encuentra al aviador caído en el desierto.

          Al octavo día de haberse conocido piloto y príncipe, ya sin agua, salieron al desierto en busca de una fuente, recordando que “lo que embellece al desierto es que esconde un pozo en cualquier parte”, pero imposible es encontrarlo si no se lo busca. Una vez que lo hallaron y tomaron de sus aguas, el Principito retorna hacia su flor en las estrellas, guardando para siempre la enseñanza de su amigo zorro: <<sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos>>.

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