Leyendas de la región Chaco-santiagueña: El origen del Maní

Cuentan las ancianas criollas, que, en tiempos muy remotos, existía en estas regiones de tierras sueltas y fértiles, una pareja de brujos indios que tenían una hija muy bonita a la que llamaron Kûyén. Por esos mismos pagos, en su toldo vivía una pobre mujer con su único hijo llamado Elal. Como eran demasiado pobres, la madre le dijo a Elal: “hijo mío, yo pronto moriré, si te quedas aquí, tu compartirás el mismo destino que yo. No tenemos alimento y morirás de hambre”.[1]

Con profunda tristeza, Elal no tuvo otra opción que marcharse de su casa en busca de una buena vida y una buena fortuna. Anduvo y anduvo, recorrió tierras aledañas, hasta que llegó a la ruka de una pareja de hechiceros, padres de una hermosa indiecita.

Elal pidió trabajo y el viejo de mirada astuta y temible apariencia le respondió:

-Mañana, cuando amanezca, tendrás que limpiar todo el terreno de estos yuyos, porque en unos días lo carpiremos y sembraremos. Si a la noche, no está todo limpio como ordené, te arrepentirás.

Dicho esto, le colocó el machete en las manos. El laborioso y manso Elal, lucho contra las malezas, pero la hoja del machete estaba sin filo y no cortaba.

Por la tarde, entro a la choza para contarle a la indiecita lo mal que le había ido en el trabajo. La encontró arreglando unas bolsitas hechas con redecillas de hierbas que contenían hermosas piedras de color rojo.

Cuando la chica lo escuchó narrar sus peripecias, lo invitó a cenar y le dijo: “Come ahora y luego duerme. Yo te ayudaré, pero nada les digas a mis padres de esto. No deben saber de mi ayuda”.

Cuando la luna estaba en su máximo esplendor, el muchacho despertó y vio que el campo estaba limpio como por encanto. A la mañana siguiente, la pareja de ancianos hechiceros llegó luego de sus acostumbradas travesías nocturnas y se sorprendieron al ver el campo limpio, sin ningún yuyo, listo para ser sembrado. La pareja murmuró unas palabras y luego le dijo a Elal:

Dichos y no dichos del sur: ELAL se enamora (leyenda tehuelche)
Representación de Elal

– Ahora ve a dormir. Cuando el sol salga, cortarás todos los árboles que crecen junto al río con esta hacha. Si no lo logras, te arrepentirás. – Le echó una mirada fulminante y luego, junto a su esposa se fueron a contar las piedras rojas de cada una de las bolsitas que había arreglado su hija en su ausencia.  Tal vez fueran su tesoro y quizás de ellas obtendría su manutención, pensó Elal.

A la mañana siguiente, el muchacho salió a trabajar, pero tal fue su sorpresa, al percatarse de que su hacha de palo y no de piedra; y por mucho que golpeo los árboles, no los derribó.  Así que, nuevamente, en su desesperación, acudió nuevamente a la muchacha. Ella le preparó una deliciosa comida y le pidió que fuera a dormir. Al despertar por la noche, se encontró nuevamente con el campo desmontado prolijamente.

Al llegar los brujos, su furia fue inmensa al observar que la tarea había sido llevada a cabo con éxito una vez más como por arte de magia, y no podían seguir aprovechándose de su trabajo.  Tenían la sospecha de que Elal recibía ayuda de alguien o que quizás también tuviera dones de brujo.

Elal y la indiecita, vieron que no podían seguir soportando la maldad de los brujos, decidieron huir juntos, ya que, de la solidaridad, había nacido el amor. A la mañana siguiente, antes de que el sol alcanzara su brillo total, la pareja tomó las bolsitas con las piedras rojas y corrieron alejándose del lugar, para ser libres y tener una vida tranquila y feliz. Sin embargo, los brujos se percataron de esta acción, comenzaron a lanzar hechizos y maldiciones junto con danzas para desatar la furia de los vientos.

El viento sopló y sopló desatando un terrible ciclón.  Parecía que todos los vientos se hubieran juntado para dar lugar a un fenómeno terrible, arrasando con todo lo que se les atravesaba en su camino, sepultando animales y plantas. La infortunada pareja corrió y corrió, pero no pudieron huir de los terribles vientos, ambos cayeron abrazados al suelo, cubiertos por una capa de barro, y en medio de ellos quedaron las piedras rojas que estaban en las redes. Al poco tiempo, cambio el clima y vinieron las lluvias que duraron días. Pronto, el panorama cambio rotundamente dejando ver un nuevo paisaje verde, luminoso y lleno de alegría.

De la joven pareja de enamorados, nació una planta pequeña y frondosa, de flores amarillas. Sus frutos se escondían bajo la tierra, cubierta por una curiosa cáscara en forma de red, que adentro alojaba semillas rojas. Con el tiempo, esta planta se reprodujo de forma abundante, asegurando el alimento para todos los habitantes del lugar, quienes comenzaron a tostar sus frutos antes de comerlos. Al pasar los años, otra gente que provenía más allá del mar, exprimió las semillas, obteniendo así aceite.


[1] Los pueblos que poblaron la región Chaco-Salteña fueron los: Chané, Chiriguanos, Wichis-Matacos, Wichis-Nivaklés, Wichis-Chulupis, Guaycurues (Tobas), Comechingones, Sanavirones, Tonocotés, Lules.

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