Filosofía y… ¿voluntariado ecológico?

Por estos días y desde hace casi cinco siglos, la filosofía es entendida como algo complicado, como una disciplina poco concreta, de muchas palabras y pocas acciones; como algo que apunta a la identificación de problemas del momento más que a una búsqueda de soluciones atemporales. Quizás por esta razón comprender la íntima relación que existe entre la filosofía a la manera clásica y el voluntariado, particularmente orientado a la conservación, cuidado y mantenimiento del medio ambiente, no parece ser tan fácil en la actualidad.

Para tratar de acercarnos es necesario introducirnos al significado original de la filosofía a la manera clásica que propone Nueva Acrópolis. La filosofía, entendida según el concepto mencionado por Pitágoras en el siglo VI a.C., es el amor a la sabiduría, la fuerza interior presente en mayor o menor intensidad dentro de cada ser humano que lo lleva a investigar las causas profundas de la naturaleza.

Esa tendencia interior que guía la búsqueda de respuestas a las inquietudes inherentes a la humanidad nunca fue entendida como una cuestión sólo teórica y lógica. Volver a encontrarse con la sabiduría presente en cada uno, pero olvidada, requiere que los pensamientos, las emociones y las acciones se pongan en funcionamiento de manera coordinada y armónica.

Estos tres pilares del comportamiento humano deben corresponderse entre ellos y estar guiados por los valores atemporales, por aquello capaz de concebir mujeres y hombres, por aquello que está más allá de los ciclos del tiempo y de las dimensiones del espacio, y que busca desarrollar las virtudes que permiten al individuo desarrollarse en sociedad. Si las acciones, las emociones y los pensamientos no van de la mano, la personalidad se vuelve incoherente, desordenada y desequilibrada; la personalidad se convierte en una bicicleta con ruedas cuadradas que no permite llegar a ningún lado.

Bien uno podría preguntarse: ¿cómo lograr esta coherencia? Si nos inspiramos en los sabios y filósofos clásicos, podemos responder a esta pregunta diciendo que la coherencia se logra a través de la experiencia. Se pueden conocer muy bien todas las teorías, pero hasta que no se experimentan y se logra extraer vivencias de ellas, la persona no logra ponerse en movimiento hacia esa sabiduría anhelada. De forma similar, hasta que no ocurren una serie de procesos la ostra no puede transformar un grano de arena en perla.

La filosofía a la manera de los clásicos era fundamentalmente práctica, consistía en hacer cotidianamente aquello con lo que uno se identificaba sinceramente y en intentar discernir de manera apropiada lo que depende de uno de lo que no; era el camino que abría las puertas a la comprensión de la vida y de las leyes regentes en la personalidad, en las sociedades y en la naturaleza.

Antiguamente los filósofos clásicos, tanto de oriente como de occidente, concebían al universo como un gran Macrocosmos interconectado íntimamente a cada uno de sus componentes (percepción que la ciencia moderna está comenzando a aceptar actualmente). En este esquema unificado de la naturaleza, concebida como un único organismo vivo, cada ser humano era un microcosmos a imagen y semejanza del universo completo, solo que a diferente escala. Así una célula y el sistema solar podían concebirse como elementos fractales, diferentes en tamaño, pero análogos en su esencia.

Siguiendo estas claves, la interpretación de las leyes de la naturaleza ayudaba a los seres humanos a comprender sus propias conductas tanto a nivel personal como a nivel de sociedad. Comprender al universo y sus ciclos, conocer el pasado y observar el presente, permitía orientar el rumbo de la vida individual y del estado de manera justa, armónica y coherente con el cosmos.

Estas últimas características hoy son difíciles de hallar, ya que nos encontramos, tanto global como localmente, con grandes problemas de convivencia. Vivimos rodeados de personas e intercomunicados a miles de kilómetros de distancia, pero nos ahoga la soledad; es mucho lo que se habla y opina y poco lo que se dice; es poco lo que se dialoga y muchos los monólogos que se dan en paralelo.

Este olvido de cómo desarrollar la convivencia se da tanto en la naturaleza propia como en la naturaleza exterior. No sabemos vivir en concordancia con las demás personas porque no sabemos convivir con nosotros mismos y, consecuentemente, no sabemos vivir sin destruir al planeta. Pasamos nuestros días en un constante dolor, sufrimos por apegarnos a él y queremos satisfacerlo buscando preservar la identidad de cada uno, mientras que sólo nos identificamos con nuestros deseos más bajos, con la satisfacción de todo tipo de placeres del cuerpo, con la acumulación de dinero y con el anhelo de fama y reconocimiento.

En vez de sentirnos humanos, cercanos, cálidos, fraternos, tenemos miedo de relacionarnos; desarrollamos una especie de cascarón de egoísmo que nos impide ver más allá de nuestra propia burbuja y esto deriva en que no podamos sentirnos parte de algo que esté por fuera de nosotros mismos; no nos sentimos parte de un organismo mayor y no nos responsabilizamos con nada más. Por lo tanto, no podemos sentir que a la vez somos la sociedad y la naturaleza. Por eso cuando no somos íntegros, cuando nos sentimos incompletos, somos también parte directa del problema ecológico. Confucio decía que para mejorar un estado, cada uno de sus integrantes tiene que mejorarse a sí mismo y lo mismo podemos pensar con el medio ambiente.

En esta renovada edad media que transitamos también olvidamos que además de los placeres del cuerpo, existen los del alma, aquellos que convierten el dolor en plenitud, que se alcanzan mediante la responsabilidad de conocerse a uno mismo y de poner en práctica nuestras habilidades al servicio de la comunidad y de la naturaleza. Esta eudemonía o felicidad, que envuelve a la personalidad cuando vivimos los valores atemporales e intentamos incansablemente desarrollar las virtudes, también parece inalcanzable para nuestras aletargadas memorias.

¿Y el voluntariado? Los antiguos filósofos concebían que la fuerza más elevada, capaz de ser canalizada por mujeres y hombres, era la fuerza de voluntad. Virtud fundamental para emprender el camino hacia la Sabiduría y poner en práctica lo aprendido. Esta fuerza de voluntad se manifiesta y es visible cuando nuestras acciones son motivadas por fines sinceros, inegoístas y en pos del bien de la humanidad y de la convivencia en el universo.

El voluntariado, la fuerza de voluntad puesta en acción, es un modo de practicar los valores atemporales, aquellos que nos caracterizan y unifican como seres humanos (la generosidad, la humildad, la paciencia, la tolerancia) y de desarrollar paulatina y continuamente la virtud. El voluntariado rompe con la separatividad y con el egoísmo porque, como decía el fundador de Nueva Acrópolis, Jorge Ángel Livraga, “las palabras separan, las acciones unen”.

La búsqueda de la preservación, el vencer el tiempo, el acercarse a lo atemporal y a lo ideal es propio de la naturaleza humana. Sentirnos íntegros nosotros mismos, sentir que nos integramos con la sociedad, con la cultura y con la naturaleza, por responsabilizarnos con ellas, es preservarlas. La naturaleza humana proviene de la naturaleza universal. Preservar el ecosistema es preservar nuestras raíces, pero para eso es necesario conocerlas y aquí la filosofía a la manera clásica es clave.

Podemos combatir el egoísmo, que es la base de muchos problemas del mundo, con el ejemplo. Podemos aprender a ser ecológicos, a convivir con la naturaleza, en la medida que aprendamos a convivir con nosotros mismos, sin perder de vista que ambas convivencias son las dos caras de la misma moneda. Somos capaces de lograrlo ahora porque antiguamente fuimos capaces de hacerlo y, justamente para esto, es necesario el voluntariado.

Franco P. Soffietti

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