UTOPÍA

Corría el año 1516, cuando disculpándose por la demora, Tomas Moro se pone en contacto con Pedro Egidio, para enviarle un pequeño libro, donde relata las conversaciones que ambos hubieran tenido con Rafael Hitlodeo, un antiguo viajero, filósofo continuador de los clásicos como Platón y conocedor, por lo mucho que había andado, de los comportamientos en sociedad de los seres humanos de diferentes culturas, de todas sus aventuras, la organización de una isla en particular centró el diálogo.

Rafael les cuenta experiencias personales sobre lo poco escuchado y atendidos que eran los filósofos en las cortes monárquicas de finales de la edad media, para luego pasar a relatarles sus experiencias en la isla de Utopía. Esta particular isla estaba organizada en una especie de co-fraternidad entre 54 ciudades, las cuales convivían con tal coherencia y armonía, que hablar de una sola ciudad alcanzaba para entender a las demás.

Los utópicos, conocedores y respetuosos de las leyes naturales, de los valores atemporales y del desarrollo pleno entre mujeres y hombres, creían que la naturaleza ordenaba una vida feliz, alcanzada a través de nuestras obras desinteresadas y defendían la virtud como vivir según sus enseñanzas.

Entre otras cuestiones fundacionales como sus pocas, pero efectivas leyes, el trato con otras naciones extranjeras, las religiones y su sistema de gobierno, destacaba el conocimiento de los placeres del cuerpo y los placeres del espíritu, siendo éstos últimos alcanzados a través del desarrollo de las virtudes, para lo cual -y de esta forma se explica por qué la salud ocupaba el primer lugar entre los placeres ofrecidos por el cuerpo-, era necesario una personalidad armónica.

Inspirado probablemente en La República y en los relatos de los recientes viajes europeos hacia América, Moro relata un estado ideal dónde verdaderos estados conviviendo en armonía tenían como su mayor felicidad, aquella que se alcanza al contemplar la verdad, un estado de filósofos, aquellos buscadores incansables de lo verdadero.

El nombre de aquel “no lugar”, la isla de Utopía (del latín u=no, topos=lugar), nos legó el adjetivo hoy utilizado para aquellas empresas inalcanzables, imposibles de lograr. Confucio decía que un estado va a ser mejor, en la medida que cada uno de sus miembros sea mejor, y para eso es necesario conocerse a uno mismo, en la medida que se exploran las leyes naturales y se ponen en práctica los valores atemporales.

Desde Nueva Acrópolis creemos que acercarse a esta Utopía es posible a través de la Filosofía, la Cultura y el Voluntariado. ¿Vos crees que es posible lograrlo?

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