TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA

En tiempos donde la desorientación personal se ve reflejada en una profunda pérdida de valores humanos y desconcierto social, uno podría preguntarse si la humanidad siempre se encontró con dificultades para discernir un rumbo o si existieron momentos donde las sociedades compartían cierto sentido común.

Podríamos buscar respuestas en alguna de las numerosas y variadas sociedades actuales con las que hoy, por formar parte de un mundo globalizado, tenemos contacto. Pero la mayor parte de estos grupos humanos están guiados por el egoísmo y el materialismo. Nos bastan los ejemplos recientes para observar que este camino, además de no llevar a las personas a ningún tipo de desarrollo verdaderamente humano, es causa de hambrunas, muertes, pobreza, mayores incertidumbres y desconfianza. Lamentablemente hoy no podemos confiar en los sistemas globalizados por sentirnos defraudados, pero no lo podemos hacer, principalmente, porque tampoco confiamos en nosotros mismos.

Ante una situación mundial de muchos medios de comunicación, muchas palabras, pero poco diálogo; de mujeres y hombres que se precian más por lo que dicen que por lo que hacen, la investigación nos lleva más atrás en el tiempo, como una posibilidad, a las épocas de desarrollo de nuestra cultura occidental.

La búsqueda nos acerca a una civilización donde era delito darle mayor importancia a los bienes personales que a los colectivos, donde la acción en pos del bien común era el mayor honor que uno podía alcanzar: la investigación nos lleva a Roma.

Coliseo romano hoy

Vale destacar que no es al imperio de sangre y arena como se lo promociona desde hace más de mil años al que haré referencia. No es al trato insalubre de esclavos ni al estado desbordado de corrupción y separatividad del que hoy tenemos imagen el que abordaré. Apelaré esta vez lector, al filósofo que reviste tu personalidad, a la capacidad ecléctica de poder discernir lo mejor y lo bueno de toda situación, ya que es una habilidad que todos en potencia podemos practicar.

Al profundizar en las raíces de este imperio, notamos, por un lado, que Roma encuentra su origen mitológico en Rómulo y Remo, descendientes de Eneas, un troyano hijo de Afrodita que logra sobrevivir a la guerra de Troya, relatada por Homero en la Ilíada. De este foco los romanos toman el sentido de la guerra como una lucha interior y exterior entre los deseos y las pasiones que animalizan a mujeres y hombres y entre las virtudes que nos ennoblecen, como la valentía y el servicio, por ejemplo.

Luperca amantando a Rómulo y Remo. Oleo realizado por el pintor flamenco Peter Paul Rubens (1615-1616) Museos Capitolinos- Roma (Arriba)
Luperca amamantando a los gemelos Rómulo y Remo – escultura- Museo Capitolinos – Roma (Abajo)

Por otro lado, la civilización romana hereda de Alejandro Magno la posibilidad de expansión del espíritu helénico, ampliamente demostrada por este líder proveniente de Macedonia. No hablamos de conquista como un abastecimiento de territorios en pos de una ganancia material o de utilización de los recursos naturales. Esta expansión buscaba el fortalecimiento entre las personas, más allá de las distinciones de etnias, razas, colores y religiones.

Alejandro Magno fundación de Alejandría- pintura de Plácido Constanzi (1736 – 1737)
Mosaico de Issos (también conocido como Mosaico de Alejandro Magno) Museo Arqueológico Nacional de Nápoles- Italia.

La idea de Roma conformó un estado que encontraba la esencia humana más allá de las formas. Dedicar las horas de vida de cada persona a un ideal de fraternidad entre distintos pueblos, fue la manera más honorable de vivir que hallaron.

No estaba en la agenda del imperio el desarrollo puramente intelectual. Tomaron de sus precursores griegos conceptos tales como lo Bello, lo Bueno, lo Justo y lo Verdadero y lo manifestaron a través del arte y de la política. En síntesis, tomaron el concepto de lo ideal y lo plasmaron a gran escala.

Los griegos a quienes admiraban habían fortalecido su organización social a través de las polis o ciudades-estado, núcleos relativamente independientes que no tenían relación significativa con otras ciudades de características similares, tales como Atenas y Esparta. Roma descubrió que a través de la unión armónica entre distintos pueblos se potenciaba el desarrollo práctico de una vida coherente. 

Para lograr el crecimiento que mostró este imperio fue necesaria la implementación de nuevas técnicas y métodos constructivos que permitieran materializar la cultura, trascender el tiempo y convertirse en civilización. Obras de ingeniería sanitaria, hidráulica, civil, mecánica y de arquitectura hicieron posible la articulación y el crecimiento natural de distintos núcleos urbanos. 

Dos mil años después podemos encontrar acueductos en pie, túneles, diques y numerosos tipos de edificios institucionales. Muchas de las iglesias y catedrales que hoy se erigen en los países latinos tienen en sus entrañas templos dedicados a Mitra, culto que con el paso de los años pasaría al plano de la herejía. Aún hoy en Europa se conservan gran parte de los trazados de rutas y carreteras originales del imperio. Hasta las unidades de medida eran pragmáticas; lo que hoy conocemos como milla, equivalente a 1600 metros, eran mil pasos de los soldados romanos[1].

Tabula Peutingeriana: es un itinerario que muestra la red de carreteras del Imperio Romani. Una de las copias se encuentra en la Biblioteca Nacional de Austria.

Lograron mantener la coherencia y la unidad en el tiempo y el espacio gracias a dos aspectos muy característicos: la comunicación y la practicidad. Todo el imperio estaba comunicado por carreteras que partían desde Roma y a ella volvían. Todos los romanos hablaban el mismo idioma, el latín. Un lenguaje lo suficientemente eficaz como para sentar las bases de los idiomas que hoy se hablan en gran parte de los países occidentales. 

El otro rasgo romano fundamental fue el pragmatismo con el que vivían. Esta practicidad, al encontrarse con la búsqueda de desarrollo humano y con los valores atemporales, fue llamada moral. Moral, del latín “mores”, significa costumbre y este término en Roma abrazaba aquellas conductas habituales que, al ser compartidas, llevaban a los “ciudadanos del mundo”[2] hacia el bien común. Fue la moral lo que les permitió acercarse a lo eterno, la dirección y el sentido del imperio, la respuesta al ¿para qué? y al ¿hacia dónde? Ya que, en palabras del filósofo Séneca:

“Ningún viento es favorable para aquel que no sabe a qué puerto se dirige”.

En este momento donde se olvidó lo trascendente, donde se desvanecen los ideales y se desconoce el rumbo a tomar individual y colectivamente, recordar que existieron tiempos de claridad en las ideas y capacidad de concretarlas, se vuelve necesario y hasta urgente. Recordar tiempos en que la tecnología favorecía la unión entre pueblos y personas, y no el desarrollo de vidas mecánicas y facilismos burgueses, no es mirar el pasado con melancolía, sino con ansias de encontrar ejemplos prácticos. Al igual que en sus tiempos de auge, hoy todos los caminos conducen a Roma.

Franco P. Soffietti


[1] El paso promedio de las personas es de 80 centímetros, un paso completo son 1.60 metros; mil pasos: 1600 metros.

[2] Aquellas personas que hablaban latín y compartían los ideales romanos eran llamados “ciudadanos del mundo” sin importar ningún tipo de distinción. Este concepto fue una de las veces en que la fraternidad logró plasmarse en la historia.

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