Tres aspectos fundamentales para entender las civilizaciones americanas

Los seres humanos al reunirse y conformar culturas y civilizaciones desarrollan maneras particulares de comprender la vida. Así cada pueblo tiene una alienación propia, un modo de acercarse al cosmos, de interpretar las leyes de la naturaleza, organizarse socialmente y preguntarse qué es el ser humano, de dónde viene y a dónde va. Hoy, para intentar acercarnos a las culturas antiguas -cuyos principios difieren de los nuestros- es necesario intentar quitarnos los lentes con que miramos el mundo para penetrar las capas superficiales de la historia y acercarnos a la esencia humana que cada civilización encarnó.

          Al investigar ecléctica y comparativamente los pueblos americanos, principalmente en Centro América y a lo largo de la Cordillera de los Andes, es llamativo encontrar que existen elementos culturares comunes. Existen mitos, símbolos, conceptos filosóficos y formas de organización social que coinciden en esencia y en forma. Por esto se habla de una mentalidad y una cosmovisión americana compartida o panamericana.

          Para comprender una cultura es importante y fundamental, adaptarse en las posibilidades de cada uno, a la mentalidad y manera de ver y experimentar el mundo que esa cultura alcanzó.  Es importante destacar que estos pueblos en América, como muchos de los pueblos antiguos, eran panteístas: veían a Dios en todas las cosas. La divinidad estaba presente en toda la manifestación y era su causa.

Chac-Mool desde el Templo de los Guerreros contemplando la pirámide. Chichén Itzá, México

          Entre los conceptos compartidos, existen tres que nos permitirán estudiar a las culturas americanas y entender sus rasgos característicos.



La tierra

          A diferencia de las culturas judeocristianos, la Tierra representa para los americanos lo mismo que el cielo: el concepto Pachamama, el origen del Cosmos, lo espiritual. Todo nace de la tierra y vuelve a ella al morir. De modo que las figuras acostadas y los templos subterráneos representan la unión y el re-encuentro con el origen primordial y no los principios materiales inferiores.

          Entre los mayas, toltecas y aztecas, por ejemplo, esta noción puede verse en los hombres-jaguares. El jaguar simbolizaba al Sol durante la noche. El guerrero jaguar era aquel que compartía la misma lucha que el Sol contra las tinieblas, pero en un nivel de acción humano.

          También en estas civilizaciones vamos a encontrar la misma idea en la figura de Chac-mool. Esta figura antropomórfica simboliza la unión del cielo con la tierra. Sostenido horizontalmente por la superficie terrestre y recibiendo al Cielo en su ombligo mira al frente. Se nutre de las leyes del cosmos para darles vida en este plano intermedio al que hace frente. Chac-mool, en posición receptiva, es el hombre maravillado por lo divino; la condición humana frente a lo celeste.

1) Hombre Jaguar – Museno Nacional de Arqueología de Guatemala. 2) Chac-Mool – Museo Nacional de Antropología de México

          Entre los restos arqueológicos mayas se encontró por debajo del Templo de las Inscripciones en Palenque, la tumba del Señor de Pakal. Este gobernante es representado como dios del maíz, árbol del mundo y centro del universo. La tapa del sarcófago estaba tallada con una imagen semejante en lo simbólico a Chac-mool; un hombre apoyado sobre la superficie terrestre por debajo el inframundo. De su ombligo nace el árbol de la vida coronado por el quetzal: ave cuya representación es análoga al fénix occidental y alcanza el cielo. Además, los restos del gobernante habían sido cubiertos de cinabrio, cuyo color rojo representa el oriente, la dirección por la que el Sol renace cada mañana. El Señor de Pakal, con aspectos emblemáticos que nos recuerda al egipcio dios Osiris, fue aquel gobernante que unificó los planos del ser y del existir para renacer a la vida eterna. Las dimensiones del sarcófago son tales, que no podría haber sido traído desde el exterior, pues no atravesaría los pasillos y portales; es probable que en primer lugar se haya tallado la estructura en primer lugar y luego construido el templo por encima.

1) Estela tallada en la tapa del sarcófago. 2) Máscara del Señor de Pakal. 3) Templo de las inscripciones en Palenque. 4) Tumba del Señor de Pakal.

          En el complejo arqueológico de Chavín de Huántar, ubicado 460 km al norte de Lima, en Perú, existen actualmente las ruinas de “El Castillo”. Este templo era un centro ritual dedicado al jaguar; un laberinto subterráneo constituido por una compleja red de caminos y galerías interiores de piedra, iluminados únicamente por la luz del Sol que penetraba por ductos especiales. Cuentan las tradiciones que, en determinados momentos del año, en el interior de la construcción, el viento producía sonidos semejantes al rugido del jaguar. El culto al jaguar de los incas provino de esta cultura. En el corazón del laberinto, en el centro profundo del castillo, se encuentra el “Lanzón”: una estructura monolítica de 4,54 m. de alto con la cosmovisión de la cultura chavín tallada sobre su superficie. De manera semejante a lo ocurrido con la tumba del Señor de Pakal, se hace inconcebible la idea de que la estructura monolítica haya sido introducida desde afuera del templo. La compleja arquitectura del lugar hace pensar que en primer lugar se talló el lanzón y posteriormente se construyó el laberinto alrededor del mismo, que es su centro.

1) “El Castillo” de Chavín. 2) El lanzón en el centro del laberinto. 3) Recorrido del laberinto.


Inmortalidad del alma

          Entre las tradiciones americanas, coincidente con otras culturas del mundo, el ser humano era comprendido como la síntesis de dos elementos de naturalezas contrapuestas: espíritu y materia. El primero, compartido con los dioses, es eterno, trascendente y permanece inmutable a través de los ciclos de la vida y la muerte; ciclos que el Señor de Pakal habría superado, como mencionamos anteriormente. La materia, de la cual el cuerpo físico es su expresión más concreta, es mutable y se transforma continuamente: nace y muere. Estas dos naturalezas están en un constante enfrentamiento y es el alma el elemento intermediario, encargado de armonizarlas.

          El alma estaría enraizada y originada en el espíritu, se dividiría sin fragmentarse hasta penetrar la materia y permitir que en ella se impregne la vida. El alma era vista como el eslabón que unificaba el ser y el existir. Por su naturaleza etérea, podría comunicarse con los espíritus de los antepasados y de los elementales[1] de los ríos, vientos, lluvias, etc., que creían dominar.

          Este tercer elemento propiamente humano, por surgir de la tierra y buscar el cielo, era simbolizado con seres alados: el colibrí y el águila o cóndor en los Andes. Es interesante destacar las características de estos animales simbólicos que los americanos encontraban en el alma.

          El colibrí, a pesar de su tamaño, resulta ser una de las aves más dominantes en la manera de defender su territorio y tiene fuerza suficiente para volar ágilmente grandes distancias; cerca de la superficie y alto en el cielo. Es la única ave capaz de dominar las siete direcciones del espacio: arriba-abajo, derecha-izquierda, adelante-atrás y tiene la capacidad de mantenerse en el centro y permanecer volando en el mismo punto.

          Las almas especiales de seres humanos heroicos -como los mejores guerreros que a la vez se convertían en gobernantes- eran representadas como águilas o cóndores. Estas eran las aves que volaban más cerca del Sol y que alcanzaban mayor visión de la superficie. Las águilas, además de ver en lo general, tienen la capacidad de observar el detalle.

1) Estatua azteca de un guerrero águila. 2) Estatua del Inca acompañado del cóndor, el puma y la serpiente.

          Al morir, el alma del ser humano convertida en colibrí emprendía un vuelo hacia el Sol para fundirse con Lo Uno: fuente de luz, calor y vida. Si la fuerza del aleteo no era suficiente para alcanzarlo, volvía a la tierra, se encarnaba nuevamente en un ser humano y a través de las nuevas experiencias y el desarrollo de la conciencia, fortalecía sus alas y volvía a intentarlo una vez más al morir nuevamente.


La guerra

          El tercer concepto fundamental para entender a estas culturas americanas es el de la guerra que, en primer lugar, es interior. En la mentalidad guerrera, semejante a los japoneses samuráis, o entre otros, a los espartanos, el hombre lucha consigo mismo una batalla interior entre lo eterno y lo pasajero. La guerra representa el continuo conflicto entre el ser y el existir. Y esta lucha no tendría sentido, si el alma no fuera inmortal.

          Así como en India estaba la figura emblemática de Arjuna, el arquero que representaba la casta de los guerreros, o en Grecia y Roma la figura del héroe, en América estaba el Inca o el Quetzalcóatl.

1) Inca Pachacutec con el Sol en el pecho, tres plumas en la frente y la lanza emplumada en Cusco, Perú. 2) Representación de cacique americano coronado de plumas. 3) Quetzalcóatl en piedra, Templo homónimo en Teotihuacán, México.

          Este último, más cercano a los dioses que a los hombres, simbolizaba la serpiente (cóatl) emplumada (quetzal). La serpiente representaba la materia que se transforma, muta y perece; mientras que las plumas, al igual que muchas culturas del mundo, representaban el espíritu; lo eterno e inmortal cuyo símbolo más cercano es el Sol. Quetzalcóatl era aquel ser humano que había conquistado la conciencia de lo atemporal elevando su personalidad hacia el ser inmutable. Quetzalcóatl entre los aztecas o Kukulkán entre los mayas fue el gobernante mitológico de los tiempos de oro. Este simbolismo puede verse en las cabezas emplumadas de caciques y chamanes de Norteamérica o en las plumas que embelesan la lanza del inca.

Inca señalando al Sol

          El Inca también representaba al ser humano intermediario entre el pueblo y los dioses. Así como el alma unifica el cuerpo y el espíritu en el hombre, el gobernante unificaba lo manifestado con lo divino en la sociedad. Semejante a los faraones en Egipto, sintetizaba el poder religioso y administrativo del imperio. Y esto era posible porque las civilizaciones, mientras más cerca están de su cénit, mayor unidad encuentran entre la religión, la ciencia, el arte y la política, en torno a la sabiduría.

          El inca configuraba el arquetipo del guerrero. Era el Sol en la tierra, el centro de la sociedad: iluminaba, daba vitalidad, mantenía el orden, llegaba a todos y estaba siempre presente, aunque indirectamente. Por eso estaba representado por el oro y rayos en la cabeza. Era el mejor gobernante por ser el que más se gobernaba a sí mismo habiendo triunfado sobre la materia.

          La guerra interior hacía florecer la vida virtuosa, el honor y la dignidad. Entre los aztecas, una de las deidades principales, Huitzilopochtli, era el dios de la Guerra Florida: “la actividad continua de la victoria que hace florecer el Alma” como expresa José Carlos Fernández en su artículo: La filosofía de los pueblos del Sol. Huitzilopochtli es la senda de la Guerra mágica, de la conquista interior como camino para asemejarse a lo divino.

Huitzilopóchtli

          La idea del guerrero estaba relacionada con la doble lucha interior-exterior. Una guerra que se concreta en el mundo manifestado pero nace en lo profundo de uno mismo. El campo de batalla de esta lucha interior es el alma; en ella se libran las batallas contra los deseos y los miedos personales que opacan el brillo del ser.

          En síntesis, mujeres y hombres trascienden a través de la guerra interior su naturaleza material para alcanzar la dimensión de lo divino fortaleciendo las alas del alma. El símbolo por excelencia de este proceso de transformación es la serpiente emplumada. Es el camino que simboliza Quetzalcóatl o el inca: la elevación de la conciencia desde lo concreto a lo divino.


Comentarios finales

          Aprender a dejar de lado, aunque sea por un momento, las alienaciones particulares que constituyen a nuestras sociedades, nos permite apreciar la cosmovisión con que las civilizaciones clásicas enfrentaban la vida. Nos posibilita profundizar en las distintas formas para encontrar la esencia humana subyacente y que parece ser única. Así también podríamos rescatar lo mejor que cada una de estas culturas legó a la humanidad y ponerlo en práctica hoy.

El texto forma parte del estudio de las culturas americanas en el curso de filosofía comparada de oriente y occidente que se dicta en las cátedras de Nueva Acrópolis Córdoba.


[1] Los elementales, también conocidos como espíritus elementales o genios de la naturaleza, son un tipo de seres vivos relacionados con los elementos de la naturaleza. Si bien son invisibles al ojo humano, según tradiciones de numerosos pueblos, se hacen perceptibles bajo ciertas condiciones especiales.

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