La doctrina de Jenófanes sobre Dios

Resumen del Capítulo III del libro La teología de los primeros filósofos griegos de W. Jaeger

Werner Jaeger

Werner Wilhelm Jaeger (Lobberich, Alemania; 30 de julio de 1888 – Boston, Estados Unidos; 19 de octubre de 1961) fue un filólogo clásico germano-estadounidense, exiliado en los Estados Unidos, especialista en la obra de Aristóteles. Es reconocido por ser autor de Paideia. Estudió en su ciudad natal y en el Gymnasium Thomaeum de Kempen; luego pasó a la Universidad de Marburgo. Se doctoró en la Universidad Humboldt de Berlín en 1911 con una tesis sobre la Metafísica de Aristóteles, supervisada por Hermann Alexander Diels. Además de Diels, fue alumno de Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff, Eduard Norden, Johannes Vahlen y el filósofo Adolf Lasson. Con solo veintiséis años asume en 1914 la cátedra de filología clásica en la Universidad de Basilea, misma cátedra que desde 1869 a 1879 había ocupado Friedrich Nietzsche. Durante sus años de docencia e investigación en Berlín, tuvo entre sus estudiantes a Richard Harder, Viktor Pöschl, Wolfgang Schadewaldt, Friedrich Solmsen y Richard Walzer (fuente: wikipedia).


En la introducción del artículo, el autor considera que la clasificación geográfica entre la escuela jónica e itálica, si bien no es injustificada, no obstante es superficial. El hecho que Jenófanes, Pitágoras y Parménides desarrollaron su actividad en la región itálica no dice mucho sobre sus antecedentes intelectuales que según Jaeger se determinan mucho más por el fondo ancestral de sus personalidades. Los tres tienen estrecho contacto con la filosofía jónica de la naturaleza y aportan en el desarrollo en diferentes orientaciones de las ideas fundamentales de esta.

Ilustración de la Escuela Jónica

          Jenófanes es el primer filósofo cuya personalidad podemos conocer. Las personalidades de los filósofos físicos más antiguos se pierden entre anécdotas y se oscurecen por las hazañas intelectuales de los mismos. Jenófanes obtuvo fama por su lucha a favor de la filosofía. En los poemas que hemos conservado se presenta siempre como un apasionado guerrero de la causa de la filosofía. Presentó en forma poética sus puntos de vista sobre diversos temas filosóficos. En esa época era común recitar en público y, según Diógenes Laercio, él mismo recitaba sus poemas. La novedad que introduce es que sus poemas trataban temas tales: la naturaleza de los dioses, fenómenos naturales, el origen de las cosas, la verdad, la duda, la falsa autoridad, entre otros.

          El poema que revela el carácter personal de la obra de Jenófanes es conocido como silloi, poemas de carácter satírico escritos en dístico elegiaco. Jaeger defiende la tesis que estos tomaron la forma de puros hexámetros. En oposición a la larga tradición que atribuye los fragmentos hexamétricos de contenido filosófico a una obra perdida y didáctica Sobre la Naturaleza, el autor propone, junto a Burnet, que dicho poema didáctico no existió jamás. No conservamos fragmentos de contenido puramente filosófico. Existen indicios de unas discusiones de fenómenos y problemas naturales en los silloi. En estos Jenófanes criticaba los puntos de vista de otros filósofos y poetas. La tradición peripatética no lo incluye a los filósofos φυσικοί. Aristóteles califica su pensamiento un “tanto primitivo” y Teofrasto lo excluye de su obra sobre las teorías de los filósofos naturales ya que le parecía que pertenecía a otra categoría de pensadores[1]. Entonces, ¿qué tipo de hombre era? El autor defiende que Jenófanes no era un rapsoda peregrino a la manera de Ion platónico. Sería incoherente ya que la principal competencia del rapsoda era la de mantener el prestigio de Homero. No obstante, es precisamente esto lo que con más ímpetu ataca Jenófanes en sus fragmentos. Es, sin duda,  un revolucionario intelectual de su época que se plantó ante la tradición intelectual y moral dominante y su representante más señalado, Homero. Para Jenófanes se había declarado abiertamente el antagonismo entre el nuevo pensar filosófico y el viejo mundo del mito. Este conflicto era ya inevitable y el mundo del mito era para Jenófanes el punto de su oposición.

Retrato de Jenófanes

          El problema de dios es central para Jenófanes. Primero entre los filósofos se opone a la mentalidad dominante declarando: “Un único dios, máximo entre dioses y hombres, en nada semejante a los mortales ni en forma (corporal) ni en pensamiento.” (Jenóf. B 23). El nuevo pensar filosófico encuentra naturalmente nuevos enigmas que son más difíciles a los que da respuestas. Señala que, incluso cuando se ve la verdad, este saber no da nunca a quien lo posee completa certeza; sobre las más altas cuestiones tiene siempre que estar presente la duda: “Y seguramente ningún hombre vio lo cierto ni habrá uno que lo haya visto acerca de los dioses y de cuanto yo digo acerca de todas las cosas; en efecto, aunque casualmente dijera en máximo grado algo perfecto, sin embargo él mismo no lo sabe. Mas la opinión ha sido otorgada a todos” (Jenóf. B 34). Esta resignación está lejos del absoluto escepticismo de la posterioridad. Para Jenófanes una cosa es segura: que el espíritu humano es un medio limitado para comprender la infinita unidad que gobierna todo, aquello que los filósofos reconocieron como principio de todas las cosas. Otra cuestión importante es la de la μορφή de lo divino que fue siempre considerable para la filosofía griega. El dios de Jenófanes no carece totalmente de forma, sin embargo expresa sus puntos de vista sobre la forma divina en términos negativos: se limita a abrir el camino hacia una nueva concepción filosófica negando que la forma de dios es humana. Es más que humano, “máximo entre dioses y hombres”. Está afirmando que hay más dioses además de Dios Uno. Jaeger aclara que sería erróneo concluir fácilmente que estos dioses son los antropomórficos de la épica y que se alinean en el mismo nivel con el Dios Uno. Conviene más pensar en la sentencia de Tales, de que todas las cosas están llenas de dioses, o en la doctrina de Anaximandro sobre el fundamento originario divino y los innumerables dioses. Aunque no tendríamos razón alguna para atribuir a Jenófanes ningún dogma específico de esta índole. En todo caso, el Dios Uno que todo lo abraza es enormemente superior a todas estas otras fuerzas divinas menores.

          Escribe que dios “Todo entero ve, todo entero piensa y todo entero oye” (Jenóf. B 24). Dios no depende de los sentidos ni de nada comparable. No obstante, el Dios de Jenófanes está propuesto como un ser consciente, personal, hecho que lo distingue de lo que Anaximandro llama divino. Una vez más Jenófanes critica la representación homérica: “Mas siempre permanece en sí mismo, sin moverse, y no es apropiado que él se traslade unas veces por aquí, otras por allá” (Jenóf. B 26). En la épica, la velocidad de los dioses está concebida como una señal de su poder. Jenófanes, en cambio, requiere que su Dios sea inmóvil, este es para él un signo de la más alta dignidad: “no es apropiado que él se traslade”. La absoluta calma e inmovilidad de Dios nos lleva inevitablemente a una diferente concepción de su manera de operar: “Pero sin fatiga mueve todas las cosas con el pensamiento de su mente” (Jenóf. B 25).  Omnipotencia y reposo son cualidades de dios con las que nos encontramos en siglos posteriores. Asimismo, recordamos el motor inmóvil de Aristóteles, idea que tiene realmente, según Jaeger, su origen en Jenófanes.

          Sosteniendo su crítica hacia el antropomorfismo traslada el problema en el ámbito de la ética donde declara que: “Homero y Hesíodo atribuyeron a los dioses todo cuanto entre los hombres es digno de censura y vituperio: robar, cometer adulterio y engañarse unos a otros” (Jenóf. B 11).  También defiende la no generación de los dioses, idea ya propuesta por Anaximandro en la caracterización de su apeiron como lo sin principio ni fin. Un concepto importante en la teología de Jenófanes es el universalismo religioso; con este pone fin en las propuestas de formas imaginarias de dioses con características etnológicas[2]. Según el autor, el universalismo religioso comenzó en el mundo occidental con los filósofos griegos quienes buscaron abstraer filosóficamente los atributos y cualidades divinos.

Parménides en la pintura «La escuela de Atenas»

          Indudablemente, las declaraciones de Jenófanes suponen la propuesta cosmológica de Anaximandro, no obstante contienen algo propio. Jaeger propone que la concepción acerca de lo Divino de Anaximandro es una especulación sobre la idea de un principio absoluto con sus atributos de ilimitación y de la no generación. Jenófanes no se apoya en pruebas lógicas ni en argumentos realmente filosóficos. La fuente de su teología es un sentimiento de veneración ante la sublimidad de lo Divino. Es un sentimiento de reverencia que según Jaeger lleva a Jenófanes a negar las insuficiencias y limitaciones de los dioses de la religión tradicional. Por eso se puede entenderse Jenófanes solamente como teólogo. Los limites antropomórficos de los dioses homéricos y sus falencias morales son incompatibles con la elevación moral y la naturaleza esencial de lo Divino.

          La crítica jenofánica determinó la manera que Eurípides trata los dioses en sus tragedias así como las recomendaciones de Platón acerca del uso educativo de los mitos en La República. La doctrina de Jenófanes es la base del discurso del estoico en el diálogo ciceriano De natura deorum. La distinción estoica entre teología mítica y teología filosófica, que llegó hasta San Agustín por intermedio de Varrón, remonta decididamente a Jenófanes. Así como la crítica que hace San Agustín de los dioses de los poetas paganos. Posteriormente, los griegos introducen una categoría teológica para referirse “a lo que armoniza con la naturaleza divina”: τό θεοπρεπές. El autor del tratado Sobre lo Sublime rechaza a los dioses homéricos porque no llegan a la altura de sus ideales de verdadera sublimidad. La concepción del Dios Uno de Jenófanes ha despertado el interés de los filósofos monistas al ser Jenófanes el primero, según Aristóteles, en enseñar la unidad del sumo principio. Asimismo, su concepción parece tener una estrecha relación con la teoría del Ser Uno de Parménides y por consiguiente con la filosofía de los eléatas. No obstante, Jaeger propone que el autor del tratado Sobre Jenófanes no es digno de confianza, según él, insertó al Dios de Jenófanes en la ontología de Parménides. La originalidad de Parménides está claramente argumentada por la revolucionaria obra de Karl Reinhardt sobre Parménides. El autor insiste que las fuentes que debemos seguir para comprender a Jenófanes deben ser sus fragmentos y lo que Aristóteles y Teofrasto han escrito acerca de su obra y nada más.

          Jenófanes nunca fue un filósofo del tipo de Parménides y menos aún un rapsoda peregrino. Participó activamente en el pensamiento filosófico de su tiempo que todavía no abarcaba las doctrinas eleáticas, sino simplemente la filosofía jónica sobre la φύσις. En su época el pensamiento filosófico venía a perturbar la vieja y dominante religión. Él, negando los atributos limitadores e insuficientes de los dioses homéricos, y conmovido por un sentimiento de piedad, insistió en un nuevo y más puro concepto de la naturaleza divina: el Dios Uno.

María Kokolaki


[1] Arist. Metaf. A 5, 986b 18 llama a Jenófanes el primer monista (ο πρωτος ενισας), pero niega la existencia, en el pensamiento de Jenófanes, de toda especificación lógica de la naturaleza de este «Uno» tal como la hecha por Parménides o Μeliso. Jenófanes habló de lo Uno, dice Aristóteles, mirando al ouranos entero (esto es, el universo visible). Teofrasto en sus Phys. opin, citadas por Simplicio In Arist. Phys. 22, 22 s. (Jenóf. A 31), dice que Jenófanes creía en un solo principio, pero Teofrasto no piensa (igual que Aristóteles) que esta manera de ver deba clasificarse entre las pertenecientes, en absoluto, a la historia natural.

[2]Los etíopes (afirman que sus dioses son) de nariz chata y negros, y los tracios, de ojos claros y pelirrojos” (Jenóf. B 16). 

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