La Teogonía (II): Los primeros seres, hijos del Cielo, de la Tierra, de las Aguas y de la Noche

Continuando con esta serie de artículos dedicados a La Teogonía, del poeta griego Hesíodo, el Cosmos comenzaba a gestarse. Del Caos había surgido Gea, el Tártaro y Eros, la fuerza unificadora del Cosmos. Para que puedan comprender un poco más de este maravilloso tema, les recomendamos volver a leer La Teogonía I: el nacimiento del cosmos. A continuación, los invitamos a revisar el surgimiento de las nuevas generaciones.

Los hijos de Gea y Urano, los titanes

“Gea alumbró primero al estrellado Urano (Οὐρανός) con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses”. Su nombre, en griego clásico, se relaciona con aquello que cubre y protege, pero también con la lluvia y la fertilidad. Si Gea era la materia fértil, Urano es la semilla, primer impulso de vida, que verá la vida en la tierra. Es la voluntad divina que quiere manifestarse y como lluvia caerá desde el cielo, dando vida a los titanes y luego estos a los dioses olímpicos, para que los dioses traigan al ser humano a la manifestación.

Gea sola, sin intervención de Urano, “también dio a luz a las grandes Montañas, deliciosa morada de diosas, las Ninfas que habitan en los boscosos montes. Ella igualmente parió al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto (mar embravecido), sin mediar el grato comercio”.

“Luego, acostada con Urano, alumbró a Océano de profundas corrientes”, representación de las aguas en todo su esplendor, aquellas que abrazan y llenan los causes de Gea en todos los planos; a Ceo (Inteligencia), a Crío (el impulso del carnero), a Hiperión (“El que camina las alturas”), a Jápeto, a Tea, aquella de “donde proviene la luz”, a Rea, quien regiría sobre los partos, a Temis, diosa de la Ley de la Naturaleza, la Justicia divina; a Mnemósine, deidad de la memoria y madre de las Musas, a Febe de áurea corona, símbolo del brillo del intelecto y abuela de Artemisa y Apolo; y a la amable Tetis. “Después de ellos nació el más joven, Cronos, el tiempo, de mente retorcida, el más terrible de los hijos (…)”.

Estos tendrán poder sobre fuerzas elementales y primordiales del cosmos: la posibilidad de llegar y penetrar todos los espacios, el impulso primordial de dar vida y la ayuda necesaria para traer la vida. También la Inteligencia y el brillo que el intelecto genera, la memoria y el tiempo que darán un sentido y una dirección a la creación, la amabilidad (o dignidad de ser amado) que moverá el mundo y una Ley que los encausará a todos. El universo aún no se manifestó, pero se van sentando los cimientos cósmicos.

Gea dio a luz además a los tres Cíclopes de soberbio espíritu: Brontes (el que truena), a Estéropes (el que da el rayo) y al violento Arges[1] (el que brilla), que regalaron a Zeus el trueno y le fabricaron el rayo. “Éstos en lo demás eran semejantes a los dioses, [pero en medio de su frente había un solo ojo]. El vigor, la fuerza y los recursos presidían sus actos”.

Representación del Cíclope Polifemo en La Odisea.

El tercer grupo de hijos serán los enormes y violentos hecatónquiros, de cien brazos y cincuenta cabezas, cuyo nombre no debe pronunciarse: Coto, Briareo (fuerte, relacionado con brío y con la fuerza del carnero) y Giges (gigante), monstruosos engendros. Una fuerza terriblemente poderosa se albergaba en sus enormes cuerpos. Estos seres tienen la particularidad de haber estado siempre en el Tártaro encerrados por Urano, hasta que Zeus los liberó luego de la Titanomaquía, pero los mantuvo allí como guardianes.

Todos los hijos nacidos de Gea y Urano, eran retenidos por este último, ocultos en el interior de su madre. La Tierra, a punto de reventar, urdió una artimaña, creó una enorme hoz y buscó en sus hijos una venganza para el Cielo Estrellado. Ante el temor de los demás, Cronos, el más joven, aceptó la petición. Cronos cortó los genitales de su padre y los arrojó sobre su hombro. De las gotas de sangre que regaron la tierra, nacieron las Erinias (las culpas), los Gigantes y a las Ninfas Melias. Sus genitales cayeron en el Ponto (el mar embravecido) y de la espuma marina que generaron, nació Afrodita (de afro = espuma). Ella estará acompañada de Eros y de Hímero (la personificación del deseo) “(…) y el lote que recibió esta diosa fueron las intimidades, las sonrisas, los engaños, el dulce placer, el amor y la dulzura”.

Como menciona Laura Winckler[2]: “Uranos, en la sencillez de su fuerza primitiva, no conoce más actividad que la procreadora. Extendido sobre toda Gaia, la cubre por completo en una interminable noche de incesante efusión. Este amor y constante desbordamiento, convierte a Uranos en aquel que “esconde a Gaia”, “esconde a sus hijos en el lugar mismo donde los concibió”, es decir, en el seno de Gaia, quien gime ahogada en sus profundidades por el fardo de su progenitura.

Este acto de violencia tendrá consecuencias cósmicas decisivas. Alejará por siempre al Cielo de la Tierra y lo fijará en la cima del mundo, como el techo del edificio cósmico. Uranos ya nunca más se unirá a Gaia para producir seres primordiales. El espacio se abre y este desgarramiento le permite a la diversidad de los seres tomar forma y encontrar su lugar en el espacio y en el tiempo. El mundo se puebla y se organiza; la génesis se ha desbloqueado”.

El tiempo (Cronos), corta y separa la tierra y el cielo, de manera semejante a Shu, cuando separa a Geb y Nut en Egipto o Pan-Ku en China. El tiempo genera la primera dualidad del cosmos; ahora lo masculino y lo femenino serán las fuerzas opuestas que, de sus juegos nacerán las siguientes etapas del mundo. Sin esta rebelión de hijos contra padres, sin esta sucesión divina, el universo se hubiera visto impedido de su desarrollo evolutivo. Así los uránidas derrocan a su padre, continúan la labor de perfeccionamiento cósmico y se ganan un nombre: “A estos dioses su padre, el poderoso Urano, les dio el nombre de Titanes aplicando tal insulto a los hijos que él mismo engendró”.

Los descendientes de la Noche

Hesíodo continúa relatando que: “Del Caos surgieron Érebo (oscuridad) y la negra Noche (Nyx). De la Noche a su vez nacieron el Éter (cielo ardiente) y la luz del Día (Hemera), a los que alumbró preñada en contacto amoroso con Érebo. Parió la Noche al maldito Moros (destino mortal de los seres vivos), a la negra Ker (muerte violenta) y a Tánato (la suave muerte); parió también a Hipnos (dios del sueño) y engendró la tribu de los Sueños (Óniros)”.

Tapiz flamenco Las Tres Moiras,1520.

La noche y la oscuridad han sido elementos misteriosos y profundos en todas las tradiciones clásicas. En este punto Hesíodo sugiere la respuesta de una gran pregunta filosófica (que malinterpretada puede tener graves consecuencias): la noche es quien da vida al día; de la oscuridad surge la luz ardiente. Así en Egipto, gracias a Seth (dios relacionado hoy con el mal) Osiris llega a ser renacido en la “vida eterna”; por la aparición del malvado Tezcatlipoca, Quetzalcóatl vuelve a su origen en Venus; por las trabas del mentiroso y astuto Loki, los dioses nórdicos se consagran como tales. Del olvido viene el recuerdo, de la ignorancia la sabiduría. Hesíodo relata la dirección con que parece marchar el cosmos y la conciencia humana. De la noche también surgirán el destino, la muerte y el sueño; pues estos son hermanos.

Pero, para la Noche ser agente del Día, tendrá otros hijos, que en una reflexión superficiales podrían ser considerados como “malvados”: “Luego la oscura Noche, dio a luz sin acostarse con nadie a la Burla (Momos), al doloroso Lamento y a las Hespérides (el atardecer). Parió igualmente a las Moiras (repartidoras del destino) y las Keres, vengadoras implacables: a Cloto (hilandera), a Láquesis (la que otorga suerte) y a Atropo (la que no gira, la inexorable) que conceden a los mortales, cuando nacen, la posesión del bien y del mal y persiguen los delitos de hombres y dioses. También alumbró a Némesis (deidad que simboliza la justicia retributiva y en una clave, la venganza), azote para los hombres mortales. Después de ella tuvo al Engaño, la Ternura y la funesta Vejez, y engendró a la astuta Eris (diosa de la discordia).”

La discordia entre los hombres se gesta en la noche, entendida como la ignorancia, como el olvido de lo sagrado y la pérdida de valores y de ella nacen numerosos pesares: “por su parte la maldita Eris parió a la dolorosa Fatiga, al Olvido, al Hambre y los Dolores que causan llanto, a los Combates, Guerras, Matanzas, Masacres, Odios, Mentiras, Discursos, Ambigüedades, al Desorden y la Destrucción, compañeros inseparables, y al Juramento, el que más dolores proporciona a los hombres de la tierra siempre que alguno perjura voluntariamente.”

Deidades relacionadas con el mar y las aguas

Las deidades relacionadas con el mar, según algunos traductores como A. Pérez Jiménez y A. Martínez Díez, estarían relacionadas con características del Mar Egeo y “favores” naturales que requerirían los marineros para completar sus transacciones mercantiles con éxito. Tal vez tengan parte de certeza, aunque, en un nivel humano, podrían relacionarse con las pruebas que el mar, símbolo del mundo desconocido (de los aspectos inconscientes de la psyché humana) regido por Poseidón, ponía a los héroes que se atrevieran a atravesar las grandes aguas.

El Ponto, personificación del oleaje del mar y quien era hijo únicamente de Gea, engendró al sincero y veraz Nereo. “A este le llaman Viejo, porque, infalible y benévolo, no se le ocultan las leyes divinas, sino que conoce justos y sabios designios”. Podemos reconocer antiguas referencias a la sabiduría oculta en el mar, a la que el valiente se adentra a través de peligrosas aventuras. “Luego engendró, amancebado con Gea, al enorme Taumante (el maravilloso), al arrogante Forcis, al monstruo marino Ceto de hermosas mejillas y Euribia, la violenta, que alberga en su pecho corazón de acero”.

Vasija antigua con la imagen pintada de Nereo.

De la unión de Nereo y Doris, la “generosidad del mar”, surgirían las cincuenta nereidas. Aunque el número sea extenso, las nereidas simbolizan “favores” divinos que el mar ofrecía y que a la vez son virtudes que conquistan los héroes que se adentran a este mundo inconsciente. De entre ellas destacaremos a: Ploto (La naviera), Eucranta (La que corona el fin), Sao (Salvadora), Eudora (La que da prosperidad), Galena (La calma), Toa (La rápida), Agave (La resplandeciente), Pánope (La que todo lo ve), Cimódoca (La que recibe las olas), Cimatolega (Que calma el oleaje), Leágora (La de suave palabra), Evágora (Elocuente), Laomedea (Que cuida del pueblo), Polínoa (La que mucho entiende), Autónoa (La que se entiende a sí misma), Lisiánasa (Señora de la libertad), Evam a (Rica en ganado) Eupompa (De feliz viaje), Temisto (Observadora de las leyes divinas), Prónoa (Previsora), Nemertes (La sin tacha).

Serán también descendientes de Nereo y de sus hijos, “la veloz Iris, las Harpías Aelo (Viento tempestuoso) y Ocípeta (Vuelo rápido), que con sus rápidas alas compiten con las ráfagas de los vientos (…)”. Las Grayas, personificaciones de la vejez eterna; ellas eran Temor, Horror y Alarma. Las Gorgonas que viven al otro lado del ilustre Océano, en el confín del mundo hacia la noche, cerca del Jardín de las Hespérides: Esteno (fuerte), Euríala (viaje extenso) y la Medusa (guardiana) desventurada; ésta era mortal.

Górgona con su hijo Pegaso, siglo VII a.C.

Medusa y Poseidón serán los padres de Crisaor y Pegaso, que nacerán cuando Perseo corta la cabeza de la mortal gorgona. “Otro monstruo extraordinario, tuvo Medusa en una cóncava gruta: la divina y astuta Equidna (serpiente), mitad ninfa de ojos vivos y hermosas mejillas, mitad en cambio monstruosa y terrible serpiente, enorme, jaspeada y sanguinaria, bajo las entrañas de la venerable tierra. Los hijos de Equidna junto al temible Tifón (humo) fueron el perro Ortro (ocaso), Cerbero (Abigarrado) y la Hidra (serpiente acuática) de Lerna. La Hidra a su vez, dio a luz a Quimera (animal fabuloso); tres eran sus cabezas: una de león con ojos encendidos, otra de cabra y la tercera de violento dragón. También, junto con Orto, parió a la Esfinge y al león de Nemea. Todos monstruos protectores, alimentados por Hera”. Según otras versiones, Tifón y Equidna engendrarían también al Águila de Prometeo.

Sabiduría, generosidad, vientos, terrores, viajes largos y dificultades, parece ser la compleja estirpe que deriva desde el mismo Ponto. El mar, lo desconocido, las pruebas y la búsqueda de la sabiduría son sintetizadas en estas deidades marinas, cuyas generaciones últimas se caracterizan por ser monstruos o criaturas directamente relacionadas a los héroes, por ser los que les ponen las pruebas. La sabiduría es protegida por “monstruos” y solo el dominio de estos, llevarán al hombre valiente a las profundidades y de su enfrentamiento tendrán “obsequios”, como es el caso de Pegaso para Perseo.

En el próximo y último artículo, nos detendremos en las nuevas generaciones y sus enfrentamientos. Así nos encontraremos con los titanes, sus uniones y el nacimiento de la humanidad.

Franco P. Soffietti


[1] Su nombre está relacionado con ἀργός = brillante, reluciente y con ἄργυρος = plata, de donde deriva también el nombre de Argentina.

[2] En su artículo: “Uranus y Gaia. El mito de la Creación en la antigua Grecia”

Un comentario en “La Teogonía (II): Los primeros seres, hijos del Cielo, de la Tierra, de las Aguas y de la Noche

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