La Teogonía (III): El nacimiento de la humanidad y la Titanomaquía

Finalmente les presentamos la última entrega de esta serie de artículos dedicados al poema La Teogonía de Hesíodo. Desde que se generó el Cosmos y el nacimiento de los seres divinos, el poeta griego de alguna manera relata el movimiento expansivo del universo, desde la nada, hasta su completitud. En esta oportunidad, el artículo está centrado en el nacimiento de la humanidad a partir de dioses y titanes; en la gran batalla por el poder del Cielo, conocida como Titanomaquía; así como el relato sobre la descendencia de Zeus, luego de establecido el orden cósmico.[1] Aqui les compartimos el link para que puedan leer nuevamente las primeras ediciones:

La Teogonía (I): El nacimiento del Cosmos
La Teogonía (II): Los primeros seres, hijos del Cielo, de la Tierra, de las Aguas y de la Noche


Las uniones de titanes

Los titanes son los hijos de Gea y Urano. Estos representan, en una clave de interpretación, fuerzas o principios naturales primitivos, semejantes a los gigantes de la mitología nórdica. Hesíodo continúa La Teogonía relatando las uniones entre titanes, oceánidas y demás seres existentes “hasta ese momento”. La unión o casamiento entre seres es una acción muy especial para culturas y civilizaciones y se muestra en las mitologías como una labor divina. De este juego entre fuerzas naturales, la unión representa la síntesis de las mismas, la integración de elementos distintos que se resumen en nuevas fuerzas, en nuevos seres con lotes de actividad más específicamente diferenciados. De estas uniones es posible destacar las siguientes:

Tetis con el Océano parió a los voraginosos Ríos. A lo largo de los ríos que recorren el mundo, nacidos de la Ley divina y del Océano que llega hasta los confines, se muestra de alguna manera, cómo la justicia de la naturaleza corre por el mundo alcanzando todos los rincones. De esta pareja titánica también surgirá una sagrada estirpe de hijas que se encargan, junto con Apolo y los Ríos, de la crianza de los hombres; por ejemplo, Electra, Doris, Europa, Asia, Calipso o Estigia, la más sagrada de todas, por ser quien toma los juramentos de los dioses; honor concedido por acudir al llamado de Zeus para la guerra contra los Titanes.

De Tea, “el origen divino de la luz” y de Hiperión, “el que camina los cielos”, nacerán Helios -el Sol-, Selene -la Luna- y Eos, la aurora que alumbra a los seres terrestres y a los dioses.

La unión de la nereida Euribia (fuerza violenta) y Crío (impulso ariano), darán vida al poderoso Astreo, a Palas y a Perses que se distinguió entre todos por su sabiduría. Con Astreo, Eos parió a los impetuosos vientos divinos: Céfiro, Bóreas y el Noto; al lucero Eósforo, a las brillantes estrellas y a todo cuanto corona el cielo.

Representación de los dioses de la guerra que enfrentaron los Titanes.

Estigia, hija del Océano con Palas dieron vida a cuatro hermanos: Celo, Nike, Cratos y Bía. Los cuatro fueron y siguen siendo distinguidos entre dioses y hombres, ya que forman parte del séquito de Zeus. No existe lugar alguno ni camino donde no gobierne el dios mediante estos. Ellos simbolizan al fervor, la victoria, el poder[2] y la fuerza, respectivamente.

Cuando Ceo, la Inteligencia y Febe, el brillo que la Inteligencia genera, se unificaron, nació Leto, quien será madre de Apolo y Artemisa. Leto era reconocida por su benevolencia y amabilidad.

“Rea, entregada a Cronos, tuvo famosos hijos: Hestia, Hera, Hades que reside bajo la tierra con implacable corazón, el resonante Poseidón y al prudente Zeus, padre de dioses y hombres, por cuyo trueno tiembla la anchurosa tierra”.[3]

De manera semejante a como Urano retenía a sus hijos en la oscuridad de Gea, los cronidas sufrirán semejante suerte. El rey Cronos irá tragando a sus hijos a medida que nacen, pues era su destino sucumbir en mano de uno de ellos y quería evitarlo. Rea, en esta oportunidad, generó un engaño. Cuando nació Zeus, en lugar de entregarle a su hijo para que fuera tragado, Rea le entregó una piedra a Cronos y mandó al menor de sus hijos a Licto para que se criara protegido por los hombres y alimentado por la cabra Amaltea.

Zeus creció y por su habilidad y fuerza, venció a su padre Cronos. Luego liberó a sus hermanos, a sus tíos Cíclopes del Tártaro, quienes le van a regalar, como agradecimiento, el trueno, el rayo y el relámpago. De esta manera comienza una transición en el poder del cosmos; se acerca la Titanomaquía, la nueva lucha entre generaciones.



El nacimiento de nuestra humanidad

El titán Jápeto y la Oceánida Clímene tuvieron cuatro hijos: Atlas, Menetio, Prometeo y Epimeteo. Atlas, luego de la guerra será enviado a sostener el mundo y Menetio será vencido por Zeus. Prometeo y Epimeteo estarán directamente vinculados al nacimiento del ser humano como tal.

Pintura de Prometeo y Epimeteo ante Pandora.

Prometeo, “el previsor”, será el encargado de robar el fuego sagrado de los dioses y entregarlo a la humanidad y por eso será castigado. Zeus lo condena a estar encadenado y con un águila comiendo su hígado durante el día; mas, como era inmortal, su hígado crecía durante la noche. Tal condena terminaría cuando el héroe Heracles lo liberase.

Como consecuencia de que el ser humano tuviera el fuego de los dioses en su poder, Zeus manda a Hefestos a crear a Pandora -la primera mujer- y se la regalan a Epimeteo, “el que reflexiona tarde”. Engañado este último, quien había sido advertido por Prometeo de no recibir regalo alguno de los dioses, se casará con Pandora y de su famosa “caja” saldrán todos los males. Pirra, hija de esta pareja junto a Deucalión, hijo de Prometeo, tendrán a Helén, el primer ser humano de la cultura helénica.

Así entre Prometeo y Epimeteo darán vida a la generación de los hombres mortales. La capacidad de reflexionar temprano, acercaría al ser humano a los dioses; la capacidad de reflexionar tarde, lo llevaría a los males. Aquí comienza la edad de hierro y en esta etapa, los humanos nos desarrollamos entre estos dos extremos.



La Titanomaquía

Ya hacía más de diez años que luchaban los titanes y los hijos de Cronos, sin que se pudiera ver una solución a la contienda. Entonces Zeus los alimentó con ambrosía, despertando la pasión en sus pechos y dijo:

«¡Escuchadme, ilustres hijos de Gea y Urano, para que os diga lo que me dicta el corazón en mi pecho! Por largo tiempo ya enfrentados unos con otros, luchamos todos los días por la victoria y el poder los dioses Titanes y los que nacimos de Cronos. Pero mostrad vosotros vuestra terrible fuerza e invencibles brazos contra los Titanes en funesta lucha, recordando nuestra dulce amistad y cómo después de tantos tormentos bajo dolorosa cadena, de nuevo vinisteis a la luz saliendo de la oscura tiniebla por decisión nuestra.»

“Provocaron aquel día una lucha terrible todos. Entonces aquéllos, Coto, Briareo y Giges insaciable de lucha, en la vanguardia provocaron un violento combate. Trescientas rocas lanzaban sin respiro con sus poderosas manos y cubrieron por completo con estos proyectiles a los Titanes. Los enviaron bajo la anchurosa tierra y los ataron entre inexorables cadenas después de vencerlos con sus brazos, aunque eran audaces, tan hondos bajo la tierra como lejos está el cielo de la tierra; [esa distancia hay desde la tierra hasta el tenebroso Tártaro].

Luego que los dioses bienaventurados terminaron sus fatigas y por la fuerza decidieron con los Titanes sus privilegios, ya entonces por indicación de Gea animaron a Zeus Olímpico de amplia mirada para que reinara y fuera soberano de los Inmortales. Y él les distribuyó bien las dignidades”.

Imagen de la guerra de los Titanes

Luego de la batalla y de que Zeus tomara el gobierno del cielo, se repartieron los “lotes” de acción de cada uno de los dioses y titanes que habían colaborado. Estas deidades creadoras y dadoras de bienes tendrán bajo su responsabilidad el mantenimiento del mundo creado y la ejecución de la justicia natural, para que el universo avance en la dirección correcta. Estos dioses no crean montañas, ríos, vientos o rayos; su tarea cósmica no es la de dar nuevos elementos a la naturaleza, pues ya lo habían hecho sus precursores. Estos dioses velarán por el acorde funcionamiento de lo que ya existe.



Hijos de Zeus

Una vez que Zeus fue rey de dioses, tomó como primera esposa a Metis, Oceánida de la prudencia y, cuando faltaba poco para que naciera el fruto de esta unión: Atenea, Zeus se tragó a la madre. Luego nacería Atenea de ojos glaucos de la cabeza de Zeus, diosa de la Sabiduría y la guerra. La mitología nos muestra en este punto, que, cuando la Voluntad (Zeus) tiene en su seno la Prudencia divina, nace la Sabiduría. Y esto fue lo primero que el rey celeste hizo, tal vez como una clave para que el gobierno fuera justo gracias a la prudencia que lo aconseja desde su interior.

En segundo lugar, junto a Temis, deidad de la Ley divina, parió a las Horas, Eunomía (legislación), Dike (Justicia), la floreciente Eirene (Paz) y a las Moiras, a quienes Zeus otorgó la distinción de repartir los destinos de mortales e inmortales. Ahora los frutos de la Voluntad divina unificada con la Ley natural, serán los encargados de la repartición del cosmos, de ubicar cada cosa en su lugar para cumplir con el propósito de la evolución.

Con la Oceánida Eurínome, de encantadora belleza, tendrán las tres Gracias: Aglaya (Belleza), Eufrósine (Alegría) y la Talía (Abundancia). Junto a Deméter, engendrarán a Perséfone, quien luego será reina del inframundo y en este momento, en unión con Mnemósine, nacieron las nueve Musas.

Con la amable Leto tuvieron a Apolo, dios de la armonía y de la claridad y a la flechadora Artemisa, diosa de los bosques y gran ayudante en los partos. Y así la Voluntad, junto a la hija de la Inteligencia, darán a la luz a la claridad y la armonía, simbolizadas en Apolo; mientras que su hermana será una importante deidad que ayuda a traer a la luz la nueva vida: la claridad y la nueva vida son hermanas gemelas.

En último lugar tomó por esposa a la floreciente Hera, diosa del compromiso y el matrimonio. De esta divina pareja nacieron Hebe (Juventud), Ares (Guerra) e Ilitía (Partos). Hera, por su parte, dio a luz, sin trato amoroso, a Hefesto, hábil herrero que destaca entre todos los descendientes de Urano por la destreza de sus manos.

A su vez, Ares con Afrodita concibieron a los temibles Miedo (Fobos) y Terror (Deimos) y también a Harmonía. Recordándonos Hesíodo que, cuando el amor y la lucha se unifican, luego del miedo y del terror que esto pueda provocar, nace la armonía.

También de Zeus, la atlántide Maya parió al ilustre Hermes, mensajero de los dioses. Y el Cronida, junto a la mortal Sémele -hija de Harmonía-, dio a luz al muy risueño Dionisio (dios del entusiasmo), pues parece ser que no existe la posibilidad de tener a dios en el interior de uno (entusiasmo), sin antes existir la armonía. En la mitología griega, Zeus fue padre también de numerosos héroes, aunque en la Teogonía, Hesíodo solo menciona el nacimiento del fornido Heracles, a quien engendró con la mortal Alcmena.

El poeta terminará la obra relatando aquellas uniones entre dioses y de diosas con seres humanos, que darán nacimiento a linajes semidivinos de reyes que poblaron el mundo para gobernar con justicia y llevar todas estas virtudes y leyes divinas a la vida humana.



Reflexiones finales

Hesíodo nos muestra el orden del Cosmos; nos presenta una posible secuencia de fuerzas, deidades y labores. La mitología expresa un proceso progresivo desde el Caos hasta el orden perfecto, cuando la justicia divina de Zeus reside en el corazón de reyes y estos gobiernan coherentemente.

La naturaleza no se crea perfecta, sino que eternamente se perfecciona. En primer lugar, se logra un “modelo en bruto”, representado por los titanes. No bruto por carecer de armonía o belleza, sino por el nivel de refinamiento; los titanes son gigantes, sus fuerzas son grandes y aparecen en una etapa primordial, donde las partes del cosmos están en proceso de diferenciación. Luego el cosmos se va perfeccionando, en manos de las fuerzas de los dioses creadores y “dadores de bienes”. Este perfeccionamiento implica “lotes” cada vez más definidos.

Finalmente llega el turno del ser humano para continuar con este proceso evolutivo. En su poder ya está el fuego. Los reyes, inspirados por Nike o por Cratos, conocen las leyes; los poetas se conectan con lo sagrado por medio de las Musas haciendo llegar este impulso divino al pueblo; los artesanos y constructores por Hefesto y los agricultores tendrán a Deméter que los guíe.

Esta etapa humana se centra, no tanto en la configuración del ambiente natural, pues el ser humano no tiene poder sobre sus circunstancias externas, sino que continúa la obra de titanes y dioses perfeccionándose a sí mismo y las sociedades en que conviven; purificando sus decisiones, que si están en su poder.

Entre los cambios de mando hay una guerra con el paso de las generaciones, una lucha del futuro contra el pasado. Así lo vemos entre los titanes y Urano; entre dioses olímpicos y titanes y luego, entre héroes y dioses. Finalmente, el aspecto de esta continua guerra de sucesiones divinas, llega al punto en que el ser humano -el filósofo-, batalla contra sus aspectos animales y perecederos, para lograr que sus aspectos sutiles y divinos alcancen la victoria, conquistándose a sí mismo.

Nada en el universo surge de la nada, el cosmos no nace perfecto, todo es parte de un proceso evolutivo, que lleva tiempo, trabajo y experiencia. El universo se va perfeccionando a sí mismo y el ser humano también, siendo así un agente activo del cosmos.

La Teogonía comienza en el rebaño que pastorea Hesíodo al pie del Helicón y termina con el nacimiento de héroes y reyes divinos. Un camino que unifica el olvido con el heroísmo, mediado por las Musas, divinidades de la memoria. El Cosmos comienza en una etapa de vacío y concluye en los reyes vástagos de Zeus y en los héroes que alcanzan el Olimpo, cuyos corazones estarán completos de lo divino. Tal vez Hesíodo nos esté relatando de manera mitológica y poética, el sendero del desarrollo humano que, por mantenerse la unidad primordial, es el mismo camino con que se desenvuelve el Universo en su eterna evolución.

Franco P. Soffietti


[1] El trabajo está basado en el poema “Teogonía” de Hesíodo, Ed. Gredos 1978.

[2] El aristócrata de Platón, proviene de aristos- = el mejor y -Cratos = poder.

[3] Es curioso que Hesíodo no menciona a Deméter, una importante deidad relacionada a los misterios de Eleusis.

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