Lao Tsé y Confucio, el Yin y el Yang de la Filosofía China (II)

Como se mencionaba en el artículo anterior, el político-filósofo Confucio y el místico Lao Tsé habrían tenido contacto cuando el primero regresaba a su estado natal, en Lu, luego de visitar la capital del Imperio Celeste…

Lao Tsé es un personaje perteneciente más al mito que a la historia. La tradición recogida nos cuenta que nació alrededor del año 604 a.C. en el estado de Chow, de una virgen que tenía 161 años al momento de dar a luz y que lo gestó misteriosamente durante 81 años. Lao Tsé, cuyo nombre significa “Viejo Sabio”, nació anciano canoso y lleno de arrugas, símbolo de sabiduría y su nacimiento fue predicho por tres dragones.

Sobre el origen de sus enseñanzas poco se conoce, aunque existen registros de que fuera responsable de los archivos reales de su estado natal, puesto al que renunció para dedicar su vida al retiro. En el camino a su destino, antes de cruzar la frontera del estado, un oficial, advertido por una premonición, pidió a este sabio que transmitiera sus ideas y enseñanzas; entendiendo Lao Tsé que, escribiendo un libro para él, lo escribía para toda la humanidad, accedió. Esta obra, fue el Tao Te King.

La palabra Tao, tiene el significado de “camino”, “sendero” o “vía”, semejante al Dhammapada budista, al cual se traduce como “La Senda de la Ley”. Para Lao Tsé, el Tao comprende todo lo que es y lo que existe; es la forma sin forma, lo oscuro y lo luminoso, aquello que contiene todos los opuestos. El Tao sería el principio y fin de todos los seres, de donde partieron y a donde deben volver, pero a la vez, constituiría el camino para regresar a este punto de unidad, el camino de regreso al hogar del que hablan cuentos y mitos.

Habría un Tao esencial, perfecto y trascendente, donde reside la causa primera, que a la vez es innombrable; la ley eterna que aglutina a todas las leyes naturales. El Tao es innombrable, y sobre él no se puede hablar, ya que, al mencionarlo, deja de ser y pierde su esencia absoluta para convertirse en una palabra. Pero, esta esencia  existiría en todo lo manifestado, siendo la “madre” de todas las cosas, presente en cada una de las creaciones. Así el Tao sería una roca cayendo, la fuerza de gravedad que la atrae al suelo y el observador del fenómeno, pero también sería la causa de cada uno de estos elementos.

El Tao esencial es vacío, inmóvil e infinito, mas todo lo que existe está sujeto a la continua mutación, lo único permanente y constante en el mundo sensible sería el cambio perpetuo. Lo que se construía debía desaparecer, lo que nacía también moría necesariamente. El ser humano, decía este sabio, debía encontrarse en el Tao y expresarlo; acción que se lograba más por una suerte de epifanía, que, por un desarrollo con tal fin, como un éxtasis o una iluminación, análogo a la contemplación de la que muchos siglos después hablaría Plotino. La ética para Lao Tsé, era la manifestación del Tao, la recta acción de la que hablara Buda.

Así, para Confucio, uno de los extremos en esta imaginaria línea de la filosofía china, el deber del ser humano, residía en despertar la ética y dejar vivir en uno los valores atemporales, para de esta forma contribuir al orden, la justicia y la armonía en los pueblos; el ser ético fructificaba en una sociedad equilibrada y organizada según la naturaleza, lo que permitía construir civilizaciones y vivir perpetuando los ideales más elevados de unión, de descubrimiento y de desarrollo, ideales de humanidad. Por contrapartida,Lao Tsé sostenía que era en la esencia donde había que hacer foco, ya que el Tao manifestado estaba sujeto a mutar constantemente.

Para el Sabio Viejo, en su enigmática y sintética manera de entender la esencia y la creación, el individuo conciente debía encontrarse en el Tao, despertar la intuición y vivir de tal forma que lo divino pudiera encontrar reflejo en la personalidad y descender a ésta. Mientras que, para Confucio, expresándolo racionalmente y de modo clarificador, el destino humano estaba esencialmente ligado a vivir una vida en el desarrollo de las virtudes manifestándolas en la sociedad con el fin de despertar el humanismo y la armonía en el pueblo, construirse y vencerse a uno mismo para vencer al tiempo.

Pero como todos los extremos y los opuestos sólo son aparentes si se logra voltear la mirada y observar con los ojos del alma, como la dualidad es característica de lo sensible y no de lo ideal, estos filósofos que presentaron doctrinas tan diferentes, conforman el yin y el yang de la filosofía China.

Cuando los extremos encuentran un centro sobre el cual girar, un eje sobre el cual sostenerse y elevarse, la creación se pone en movimiento; el Tao engendra y la virtud nutre (Tao Te King, capítulo LI). Cuando las fuerzas iguales y opuestas se equilibran dinámica y armónicamente, lo que es y lo que existe se unifica. En este Yin-Yang, el centro y eje reside en el ser humano; es nuestra la capacidad y la responsabilidad de elevarnos desde la materia hasta el espíritu, para permitir que lo trascendente descienda a cada uno; de encontrar el sentido e impulsarnos en nuestra existencia para alcanzar lo sagrado, de unificar nuestra personalidad con lo eterno que reside en cada uno. Es nuestro el deber de armonizar los aparentes extremos opuestos, ponerlos en movimiento y darle vida a un mundo mejor.

Franco P. Soffietti

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