El rey Arturo y el surgimiento del mito

En el siglo VIII a.C., el poeta Homero apareció en Grecia cantando sucesos que habían ocurrido al menos cuatro siglos antes de su época. La guerra de Troya en La Ilíada y los sufrimientos de Ulises en La Odisea sentaron las bases de la cultura helénica.

Los romanos consideraron a Grecia como su “madre” por lo que este espíritu helenístico dio soporte, en parte, al imperio romano. Si seguimos avanzando en el tiempo, la actual cultura “occidental” deriva directamente de Roma y, aunque a grandes rasgos abarca a Europa y América, en el actual período de globalización todo el planeta la comparte. Homero, inspirado por las Musas[1], se encuentra en los cimientos más profundos del presente momento humano.

De manera semejante, luego de haber atravesado alrededor de 500 años en boca de los bardos[2], a partir del siglo X y hasta el XV, poetas europeos comenzaron a escribir relatos referidos a un personaje bretón, que habría defendido y unificado a pueblos fragmentados que recibían constantes ataques de grupos sajones en el siglo V.

De los escritos mencionados se puede descifrar una primera instancia “histórica” donde encontramos, alrededor del año 850, la llamada Historia Brittonum, cuyo autor Nennius permanece oculto tras los velos del misterio. En esta obra se describen sucesos acaecidos por el año 500 en Gran Bretaña.

Homero, mármol copia romana de un original helenístico del siglo II a.C

Alrededor del año 1000, en un compendio de crónicas cambro-latinas procedentes de un texto compilado de diversas fuentes que menciona sucesos en Irlanda, Inglaterra, Escocia y Gales, entre otros, llamado los Annales Cambriae, reaparece el rey Arturo, ahora con un simbolismo explícito asociado a Jesús. Por ejemplo, lo muestra cargando una cruz durante tres días y tres noches previo a la victoria contra los sajones. En este compendio aparecen Merlín, como místico y sabio maestro de Arturo, y el antagónico hijo-sobrino Mordred (Medraut en la historia), enemigo que hiriere letalmente a Arturo en la batalla.

Arturo y Merlin

En la narración se hace mención a un sajón llamado Vortigern en lucha constante con los pueblos bretones para permanecer en el territorio. Los pueblos asentados en la isla eran una síntesis de celtas que antiguamente ocupaban el sector y de legiones romanas que habían llegado al lugar cruzando el Canal de la Mancha. Cuando el Imperio romano se fragmenta, el contacto con el continente europeo también se desintegra y este pueblo queda huérfano de líderes, en lucha constante por descubrir una renovada identidad.

Así como un cuerpo sano no permite que agentes externos o alteraciones internas rompan con su salud y solamente enferman cuando la corrupción aparece en alguna de sus células, de manera análoga, estos grupos sajones aprovecharon el momento de debilidad británico para atacar. Luego de numerosos intentos, en la batalla de Monte Badon (Mont Badonicus), la victoria final es alcanzada por el ejército bretón al mando de Ambrosio Aureliano, quien encuentra la muerte luego de liderar 12 batallas triunfales. Este personaje luego sería asociado a Arturo. El número 12 está asociado a los signos zodiacales y a las horas del día, entre otros, denotando un simbolismo solar en este héroe; lo vemos también en los 12 trabajos de Heracles en Grecia, por ejemplo.

Batalla del Monte Badon. Arturo enarbolando la imagen de la Virgen

Algunos años más tardes, en 1136, el clérigo Geoffrey de Monmouth escribe la Historia de los Reyes Británicos donde, en 12 libros, expresa las vidas de los líderes britanos en el transcurso de dos mil años. En este relato, Arturo aparece como el defensor de los británicos y creador de un vasto imperio; también aparecen algunos de los hechos icónicos del mito. Aparece Uther Pendragon, como padre de Arturo, el mago Merlín, la reina Ginebra y la batalla final en Camlann. Luego de su herida irrecuperable, Arturo es llevado a la isla de Avalon, donde sana y vive eternamente, esperando la próxima vez que el desorden y el caos surjan entre los pueblos, para volver a restaurar la armonía. Aquí pasa Arturo o Arthur, a convertirse en “El rey que fue y volverá” sembrando la esperanza en el interior de cada ser humano que se identifique con la búsqueda de lo justo, lo bueno, lo bello y lo verdadero.

El rey Uther e Ygrsine entregando a Arturo al Mago Merlín.

Es quizás en estos dos últimos escritos, donde la historia y el mito comienzan a entrelazarse para darle paso a la identidad simbólica europea de la Alta Edad Media. Es destacable recordar que todos los grandes personajes de la historia de la humanidad que hoy nos llegan sufren una transmutación simbólica y sus relatos biográficos difícilmente se pueden separar de lo arquetípico. Por ejemplo, Lao Tsé, en China, nació de una madre virgen de 161 años que lo gestó durante 72 u 81 años, según la fuente. A partir de aquí, el desarrollo literario, junto a las tradiciones folclóricas orales, se ve envuelto en el misticismo dando pie al nacimiento de un mito.

Una nueva síntesis puede encontrarse en la serie de escritos conocidos como Les Romans de Chrétien de Troyes aparecidas en el siglo XII. En estas novelas, que ya no tienen carácter histórico, se consolida el ideal de la caballería. Los caballeros, jóvenes de espíritu que buscaban un mundo mejor a través de mejorarse ellos mismos mediante el desarrollo de las virtudes caballerescas, en pos del bien común, lograban encarnar el amor cortés e ideal a una dama, así como el Quijote con su amada Dulcinea del Toboso. Este amor, más se parece al platónico, en cuanto búsqueda de la sabiduría ante la búsqueda del contacto físico. El caballero era armado con su propia voluntad, simbolizada por la espada y potenciada por el amor de una dama.

Lancelot y Ginebra.

El caballero y la dama que se habían acercado al dominio de sus personalidades, logrando canalizar la buena voluntad, ahora emprenden una búsqueda ya no terrestre, sino espiritual. Y es en esta etapa que aparece el Grial y su búsqueda; una copa de origen celta -el caldero mágico- cuyo contenido es capaz de satisfacer los deseos más profundos de quien la encuentre.

Con el avance de los relatos también aparecen nuevos simbolismos. Merlín que había ordenado a Arturo la construcción de una tabla redonda, donde se sentaría el rey junto a sus 12 caballeros más nobles (algunas versiones hablan de un número mayor de caballeros sentados), buscaba que los guerreros pudieran experimentar la igualdad en esencia que compartían como seres humanos, más allá de las diferencias en sus personas.

La mesa redonda y sus caballeros más nobles.

En Camelot, reino lleno de prodigios y materia prima para la experiencia, donde aquel que buscara en su corazón ser armado caballero encontraba mil aventuras, la Tabla Redonda tenía como centro al Grial, que en un momento desaparece y los caballeros emprenden la búsqueda más venturosa de sus vidas a su encuentro. En esta segunda etapa “espiritual” del mito, Arturo se mantiene pasivo en la escena; ahora ya no es el impulso conquistador, sino el eje que provee sostén al mito.

Lo que en un momento fue la dama para los caballeros ahora se complementa en el grial y sus espadas se blanden por el contenido místico del histórico cáliz. Y aunque sólo tres son los caballeros que logran encontrarlo, toma relevancia el papel de Lancelot, quien traiciona la búsqueda, traiciona a Arturo, divide en dos bandos a los caballeros, da vida a la guerra entre ellos y huye. Aquí, nuevamente se menciona la muerte del simbólico rey en manos de su confidente y discípulo Mordred.

Muerte del rey Arturo

Los relatos artúricos fueron evolucionando junto con la sociedad europea, principalmente en Inglaterra, Francia y Alemania, y es llamativo observar el modo en que ocurrió. Así podemos encontrar el simbolismo de Arturo encarnado en Enrique II de Inglaterra (1133 – 1189) y su corte de la dinastía Plantagenet, en Felipe II de Francia (1165 – 1223) y en Federico I (1122 – 1190) conocido como Barbarroja en el Sacro Imperio romano, actual Alemania. Estos tres reyes lograron unificar y dar identidad al continente europeo.

Un par de siglos después, en el año 1485, es publicado el libro La Muerte de Arturo, escrito por Sir Tom Malory. En esta obra realiza una síntesis de los relatos ingleses y franceses, agregando algunas cuestiones particulares. La historia nuevamente relata la unión alcanzada, la traición y el sucesivo derrumbe del reino justo que se había construido en Camelot, respetando a las necesarias leyes naturales de creación-destrucción, de vida y muerte.

La Troya relatada por Homero se mantuvo en el plano del mito, forjando culturas, civilizaciones y viendo sus decesos, hasta el siglo XIX cuando Schliemann la descubre bajo tierra. Muchos se preguntan si el rey Arturo existió en realidad o si solo pertenece al mundo de los símbolos; hasta el momento no se han encontrado pruebas suficientes para negar o aceptar la existencia física de tal personaje y de las maravillosas aventuras acaecidas, mas en la realidad psicológica de los pueblos, Arturo está por regresar nuevamente.

El Rey Arturo pintura romántica de Charles Ernest.

Cuando el mundo se ve sujeto al caos y al desorden es necesario que Arturo aparezca entre los hombres para devolverles la dirección y el sentido humano; cuando, por él inspirados los caballeros logran la conquista más importante: el dominio de sí mismos, una búsqueda espiritual surge. El reencuentro con el Grial, el recuerdo de la Sabiduría que cada uno debe descubrir en su interior[3], ahora es emprendido con Arturo como eje inmóvil, como centro motor.

La búsqueda del santo grial

Cuando al menos uno de los caballeros se hizo con el sagrado contenido del cáliz y lo trae nuevamente al reino, Arturo ya no tiene razón de ser en este mundo, y a través de la muerte de su personalidad perecedera, alcanza la inmortalidad en el seno del Ser. Arturo y el Grial no pueden convivir: cuando la armonía se alcanza, ahora es tarea de los caballeros mantenerla a través de nuevas damas y caballeros que puedan sostener los ideales de unión, de perfeccionamiento continuo y del profundo conocimiento de las leyes naturales.

Los tiempos en los que vivimos no están alejados de la Edad Media europea; en esencia son equivalentes, en forma varían un poco, aunque no demasiado. Si Arturo es “El rey que fue y volverá” quizás sea momento de despertar las virtudes latentes en el interior de cada uno de nosotros, alzar hacia el sol el filo de la voluntad, tomar nuestras victorias personales como escudo y el recuerdo como insignia, para construir la Ciudad Alta, la Acrópolis, la fortaleza de Camelot en lo más profundo de nuestro ser y que Arturo vuelva a vivir en el mundo.

Franco P. Soffietti


[1] Deidades femeninas guardianas de la memoria de la humanidad.

[2] Personajes que recorrían los pueblos y castillos transmitiendo los mitos y las historias populares con el objetivo de que no se perdieran y mantener la tradición.

[3] Según las enseñanzas del filósofo griego Sócrates, cada persona nace con la Sabiduría completa en su interior, pero la olvida; es a través de la educación filosófica que uno la puede recordar.

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