
Existe una idea profundamente arraigada en el mundo moderno: la creencia de que la humanidad ha alcanzado hoy el punto más alto de su evolución y que continúa avanzando de manera constante. El desarrollo tecnológico, los avances en medicina y genética, la velocidad de las comunicaciones y el comercio a escala global, entre otros aspectos, nos llevan a pensar que vivimos en la época más avanzada de la historia.
Sin embargo, no pasa un solo día sin que volvamos la mirada hacia el pasado con asombro.
Todavía hoy los ingenieros estudian maravillados las obras romanas, preguntándose cómo fue posible construir caminos, puentes y acueductos cuya durabilidad desafía el paso de los siglos. Arquitectos y artistas siguen descubriendo relaciones geométricas y simbólicas en los templos de Egipto, Grecia o India, cuya armonía parece inspirarse en las mismas proporciones que observamos en la naturaleza. Los astrónomos contemplan con respeto la precisión de antiguos calendarios elaborados sin instrumentos modernos.
La Antigüedad muchas veces nos deja la incómoda sospecha de que hubo conocimientos, capacidades humanas o formas de comprensión que todavía no terminamos de entender completamente.
En este punto surgen preguntas inevitables. ¿Conocemos realmente todo el desarrollo alcanzado por las civilizaciones del pasado o aún permanecen ocultas maravillas que ni siquiera imaginamos? Y si el mundo actual representa la cúspide de la evolución humana, ¿por qué continúan existiendo desigualdades, corrupción e injusticias? ¿Por qué, a pesar del progreso material, aumentan el vacío interior, la ansiedad y la pérdida de sentido? ¿Puede medirse la evolución de una civilización únicamente por sus conquistas materiales? ¿Qué es lo que nos falta para alcanzar una verdadera armonía?
Cuando observamos con admiración las obras de las antiguas civilizaciones, rara vez nos detenemos a pensar en la condición invisible que las hizo posibles. ¿Para qué fueron construidas? ¿Qué ideales motivaban a quienes las levantaron? Quizás allí encontremos alguna respuesta.
La historia parece mostrarnos que las ideas efímeras producen obras efímeras. Por ello, las obras que han perdurado miles de años difícilmente hayan surgido de aspiraciones pasajeras. Es razonable pensar que ninguna sociedad puede sostener durante siglos proyectos de semejante magnitud sin una profunda unidad interior y sin una visión trascendente compartida del sentido de la existencia. Un proyecto capaz de atravesar generaciones debe hundir sus raíces en ideales atemporales que trascienden los intereses particulares.
El estudio filosófico de la historia revela que detrás de cada gran civilización existía algo más poderoso que la mera técnica. Existía una determinada visión del mundo y del ser humano. Había una comprensión compartida acerca de lo valioso, lo noble y lo digno de ser vivido. Un horizonte espiritual que otorgaba sentido a los esfuerzos individuales y permitía orientar las energías de millones de personas hacia objetivos superiores.
Las grandes conquistas del pasado no fueron solamente materiales; fueron, ante todo, conquistas de valores humanos inspirados en lo divino.
El verdadero “milagro” de Egipto no reside únicamente en la construcción de las pirámides, sino en la capacidad de una civilización para mantener durante milenios una concepción sagrada de la vida y de la muerte. La grandeza de Grecia no se encuentra solo en sus templos o en sus descubrimientos matemáticos, sino también en la búsqueda de la verdad, la belleza y la virtud. Roma no fue extraordinaria únicamente por sus legiones o sus caminos, sino por haber desarrollado una idea de orden y ciudadanía capaz de integrar pueblos diversos bajo una estructura común.
Resulta difícil negar que desarrollaron la capacidad de movilizar enormes esfuerzos colectivos y de proyectarse mucho más allá de la vida de una sola generación. Por eso las obras antiguas todavía nos conmueven. No fueron concebidas únicamente para ser útiles o eficientes. Fueron, en gran medida, expresiones materiales de una búsqueda de significado y de una aspiración divina.
El ser humano moderno ha descubierto maravillas materiales, pero ha perdido claridad respecto del sentido de su propia existencia. Tenemos gran capacidad de producir alimentos, sin embargo, aún abunda el hambre en el mundo. Disponemos de tecnologías que nos permiten estar conectados instantáneamente con cualquier parte del mundo, pero tenemos muy pocas cosas para decir. Nos rodeamos de bienes materiales, mientras crecen el vacío existencial y la dificultad para encontrar propósito.
Quizás el problema no sea la tecnología en sí misma, sino la ausencia de ideales capaces de orientarla hacia fines verdaderamente humanos.
Las antiguas civilizaciones cometieron errores y tuvieron limitaciones, como toda obra humana. Pero también comprendieron que una sociedad alcanza su verdadera grandeza cuando existe un Bien Común que trasciende los intereses particulares.
Más allá de las diferencias entre culturas, existía la intuición de que el ser humano debía perfeccionarse a sí mismo, colaborar en una obra colectiva que lo superaba y desarrollar su dimensión espiritual.
Por eso, quizás, las ruinas antiguas todavía tienen tanto que decirnos. No hablan de un pasado muerto. Hablan de una esperanza humana. Nos recuerdan que las mayores conquistas de la historia no nacieron únicamente de la inteligencia técnica, sino de la capacidad de unir voluntades en torno a ideales compartidos.
Las grandes conquistas del pasado no fueron únicamente las piedras que todavía permanecen en pie, sino los valores que permitieron a generaciones enteras sentirse parte de una obra superior.
Tal vez las grandes conquistas del futuro no dependan únicamente de tecnologías más sofisticadas, sino de nuestra capacidad de recuperar la unión alrededor de un ideal trascendente por encima de las diferencias. ~
Ignacio del Monte
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