¿De dónde venimos los americanos?

Pirámide de Tikal (Yax Mutal), Guatemala

Es llamativo pensar, según se cree hoy, que personajes con arcos y flechas de madera, con hachas de piedra, corriendo semidesnudos por la selva, hubieran podido crear construcciones que sobrevivieran al inexorable paso del tiempo, al cual habían logrado interpretar y predecir a través de complejos sistemas de numeración y calendarios astronómicos más exactos que el gregoriano, el que hoy se utiliza casi en todo mundo occidental.

Estamos acostumbrados a definir al continente americano como el nuevo continente, e “indios” a los habitantes del momento cercano al año 1500 de nuestra época, basados en la visión moderna europea. De tal modo es así que los científicos han gastado toneladas de tinta para argumentar el origen de los americanos tomando siempre como obviedad que en algún momento este continente fue habitado por extranjeros. Pero, es preciso preguntarse: ¿De dónde venimos los americanos? ¿Vinimos de algún lado o siempre estuvimos sobre estas tierras? ¿El territorio siempre se mantuvo igual o cambió al trascurrir del tiempo?

En esta búsqueda de intentar conocer cuáles son los -no tan nuevos- orígenes de estas culturas, el filósofo argentino Jorge Ángel Livraga en una conferencia dictada en Madrid, España en el año 1974 y titulada: “Antiguas Civilizaciones en América” dice: “Tratemos de utilizar el sentido común. Si quisiéramos conocer el origen de alguna organización, lo correcto sería preguntar a sus creadores o continuadores más cercanos, quienes a pesar de su alienación particular al respecto- podrían aportar más datos acerca de si mismos que alguna otra persona exterior al organismo. De la misma manera, lo más correcto es preguntar a esos mismos pueblos cual ha sido su origen o cuáles son sus tradiciones al respecto. Trataremos de hacer un resumen de ellas…”.

Al preguntar a los pueblos sobre sus orígenes y tradiciones, ellos cuentan que lo que se conoce sobre sus culturas son restos de antiguas, muy antiguas civilizaciones. Cuentan que las tierras y mares no eran como hoy se conocen, lo que permite pensar que perduraron a través de grandes cambios geológicos conocidos hoy por la ciencia, dotando a estos pueblos de una antigüedad difícil de imaginar.

Viaje de los aztecas desde Aztlán. Códice Boturini, siglo XVI

Cuentan que las primeras poblaciones provenían desde la dirección en la que el sol se asoma, de un territorio llamado “Aztlán”, cuyo origen geográfico y etimológico muestra similitudes con la Atlántida mencionada por Platón en su diálogo Critias. Este origen foráneo puede verse también en los mitos de Quetzalcóatl; en la Isla de Pascua, donde una tradición cuenta que, al llegar desde pueblos lejanos, Manú Antara encontró antiguos monumentos ya existentes y construyó nuevos.  A su vez, tradiciones egipcias también contaban sobre un continente donde habían florecido grandes civilizaciones; en los Puranas hindúes aparecen referencias sobre una isla llamada “Lanka”, ubicada en lo que hoy es el océano atlántico, donde algunas características son comunes a las encontradas en tradiciones incaicas. Otras similitudes se encuentran también en pueblos japoneses, chinos, africanos y americanos.

En palabras de Jorge Ángel Livraga, fundador de Nueva Acrópolis: “Todas estas tradiciones, que pueden ser atribuidas a la imaginación de los pueblos primitivos, tienen una cualidad muy especial: la coincidencia(…). Podríamos suponer que esos pueblos antiguos se relacionaron y que la tradición pasó de unos a otros (…). O, que en el fondo de cada tradición existe algo así como un pedestal de verdad”.

Construcciones incaicas sobre fundaciones más antiguas

Si, para ayudarnos en esta búsqueda de los orígenes americanos, nos remontáramos a descubrimientos arqueológicos, veríamos que los mayores logros en Egipto, por ejemplo, se dieron en las primeras dinastías. En América la situación es análoga, si se observa con ojos de filósofo. En Cuzco, por citar una ciudad conocida mundialmente, y similar a lo que ocurre en grandes ciudades europeas, hoy persisten iglesias y construcciones administrativas reconstruidas sobre templos y edificios antiguos ya existentes por los nuevos habitantes, en este caso por los españoles. Al bajar un poco la mirada, se observa que sus fundaciones construidas por incas, son de bloques de piedra de dimensiones mucho mayores a los ladrillos. Pero si continuamos en este camino descendente con la mirada, hacia los cimientos más profundos, nos volvemos a encontrar con bloques de magnitudes cada vez mayores en dimensión, peso y en edad. Esta trascendencia en lo constructivo difícilmente podría haberse alcanzado sin un desarrollo del mismo nivel en la ciencia, en la religión, en el arte y en la capacidad de organizarse socialmente: en la cultura en general.

Pareciera ser que las tradiciones mencionadas, que en su mayoría llegaron oralmente hasta nuestros días, en las que se ve la coincidencia de un lejano origen en el tiempo y el espacio en las culturas americanas, toma forma al rastrear en sus construcciones y en los restos de civilización que hoy se dejan ver. Estos sobrevivieron en la profundidad y es ahí donde los encontramos; ¿será que lo trascendente siempre se encuentra en lo profundo? Las culturas que dejan obras y que trascienden el tiempo se convierten en civilizaciones y al origen de estas civilizaciones americanas hoy nos acercamos por encontrarlas en las profundidades; quizás esto sea un reflejo de la profundidad con la que vivían, y hoy nos puedan servir de ejemplo.

El texto forma parte del estudio de las culturas americanas en el curso de filosofía comparada de oriente y occidente que se dicta en las cátedras de Nueva Acrópolis Córdoba.

Nueva Acrópolis Córdoba.

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