Eudaimonía, la felicidad tanto anhelada como olvidada


“El Joven entre la Virtud y el Vicio” del pintor italiano Paolo Veronés

Suele mencionarse en distintos ámbitos que los sucesos históricos se repiten con el correr de los años, dándonos una idea de la ciclicidad del tiempo. Así como hay épocas donde las artes, las ciencias, las virtudes humanas en general están a la luz del día, como en el Renacimiento por ejemplo, también hay tiempos en que esto se invierte. Éstas épocas, que podríamos llamar oscuras, por la falta de claridad generalizada, son siempre precedidas y también sucedidas por épocas más brillantes. A las etapas entre dos picos elevados, por ser valles en la historia de la humanidad, se las llama edades medias y es común en las edades medias, que la gente olvide. Es en estos tiempos que las personas pierden el contacto con sus raíces, ignoran sus orígenes y olvidan sus principios.

Algunos filósofos de la historia nos hablan de que esta etapa del tiempo, si uno observa en profundidad, es un reflejo de la edad media anterior, aquella sucedida entre el siglo IV y el siglo XV d.C., siendo análoga en esencia y polarizada en sus formas.

Pareciera que este olvido, por ser generalizado, también afecta a las palabras y a los términos que empleamos y cómo lo hacemos, generando una percepción distorsionada de los significados. Uno de estos conceptos, tan anhelado como olvidado, es el concepto de eudaimonía. Este término fue traducido como felicidad en muchos casos.

Desde tiempos en que la cultura occidental comienza a gestarse, la felicidad en las personas parece que se puede referir a cuatro aspectos fundamentales, que al día de hoy se mantienen.

Una de las bases de esta felicidad está relacionada con la inercia, con la “ley” del menor esfuerzo, buscando que las cosas sean rápidas y fáciles, que no demanden gran trabajo y traigan aparejado grandes resultados.

También se muestran felices aquellos que orientan sus acciones hacia la obtención y acumulación de dinero e infelices aquellos que no alcanzan esta meta. El ser querido, el buscar constantemente reconocimiento y alcanzar cierto poder, también genera en las personas la sensación de ser felices.

El olvido, característica fundamental de los tiempos en que la virtud se encuentra en un valle y el egoísmo en picos elevados, lleva a las personas al desconocimiento, a olvidar las causas y los principios, trayendo aparejado como consecuencia el tener que convivir con el miedo. Por lo general, el origen de los miedos reside en lo desconocido. Sócratres decía que uno nace con la sabiduría en su interior, pero olvida; por lo que desconocer y olvidar no parecieran ser cuestiones separadas.

De la misma manera en que el tallo de una planta al ser cortado de sus raíces se seca, el ser humano cuando se desconecta de su esencia, siente dolor.

Al enfrentarse a lo desconocido, el temor aparece y las personas necesitamos obtener seguridad de algún modo; quizás en búsqueda de esa seguridad es que uno se aferra a las cuestiones que más a mano están, que más fácil y rápido se alcanzan, que mueren con el paso del tiempo, como los honores, las riquezas, la figura, entre otras cuestiones de las que hablaba el filósofo estoico Epicteto, por ejemplo.

Aquello que recurrentemente es mencionado y buscado como felicidad parece ser a lo que las personas se aferran por brindarles seguridad ante algún temor y de esta forma palear el dolor. Pero, ¿siempre fue el mismo el concepto de felicidad?

Aristóteles, en un intento de responder a esta pregunta, comenzaba sus reflexiones indagando qué era el bien para los seres humanos. Él decía que el fin de las acciones de mujeres y hombres es el bien. Pero este bien para un zapatero, sería hacer buenos zapatos; para un gobernante, sería gobernar bien. Por lo tanto, habría un bien diferente para cada persona.

Profundizando en esta dirección, se preguntó si existía algún bien que comprendiera a todas las personas, que las abrazara a todas y llegó a la conclusión de que el bien común a los seres humanos, es la felicidad.

Esto aún no alcanzaba a completar la empresa, ya que por ejemplo, la felicidad para algunas personas, podía ser descansar bajo la sombra de un árbol y no moverse, vivir una vida estática; pero a esta característica de quedarse en un lugar fijo, los humanos la compartimos con los vegetales, por lo que no le era propia. También existía gente que vivía para satisfacer sus deseos y pasiones; pero nuevamente esto era compartido con los animales.

Entonces, ¿cuál era el bien común y propio de los seres humanos?

La felicidad común a mujeres y hombres, era la vida del alma conforme a la razón, aquello que denominó como eudaimonía. Eudaimonía proviene del griego antiguo y está compuesto por “eu” (que significa bueno, correcto), “daimón” (espíritu). Éste concepto representaba el mayor bienestar humano, la “plenitud del ser”, el cual era objeto de la filosofía práctica.

La eudaimonía, para Aristóteles, residía en el desarrollo de la virtud, lo que equivalía a decir, el desarrollo de la recta razón. La virtud y su práctica traían la plenitud.

En el hombre esta recta razón se alcanzaba en la medida en que uno era ético y ésto descansaba en lograr coherencia entre pensamientos, sentimientos y acciones, cuando a la vez, los tres planos estuvieran orientadas hacia los valores atemporales, hacia las conductas que nos unen como seres humanos.

El bien compartido propio de la naturaleza humana,
aquel que guiaba a la felicidad, era el desarrollo de la virtud, la vida del alma conforme a la recta razón.

La razón, que tanta preponderancia toma por nuestros días, es para Kant, filósofo del siglo XVIII, el órgano que guía la conducta del ser humano hacia el mundo, y como tal, por ser característica humana,  responde a una necesidad, tiene un fin y es de utilidad para el desarrollo natural de la humanidad. Pero también tiene sus limitaciones.

De esta forma, fundamentar el entendimiento y la práctica de la vida solamente en lo racional, nos llevaría a una vida limitada; aunque una vida irracional tampoco sería humana. El justo medio y su correcta práctica era crucial en el encuentro con la felicidad.

La vida virtuosa se alcanzaba luego de una lucha entre dos extremos que podían encontrarse en todo tipo de situaciones; ante cualquier virtud que uno quisiera desarrollar se iba a enfrentar con un posible exceso y un posible defecto; debía encontrarse el medio entre los dos extremos, también entendidos como vicios, y actuar acorde a éste.

Así, alguien que practicara la valentía, en un exceso se volvería una persona temeraria, pero en defecto, sería una persona cobarde. Era el justo medio, a través del cual la virtud podía desarrollarse.

Una noción semejante encontramos en India, cuando se mencionan las tres gunas, las tres cualidades de las cosas que existen: Tamas o  la acción sin conciencia e inerte; Rajas o la acción meramente pasional y Satwa, la recta acción. Este recto andar, a través del cual Buda mostraba que se puede superar el apego para alcanzar lo trascendental en la vida, no tiene marcada diferencia con lo expuesto en Grecia por este discípulo de Platón.

Las virtudes están estrechamente relacionadas con los valores atemporales, aquellas conductas propias de los seres humanos que podemos encontrar en todas las culturas de todos los tiempos, como el respeto, la humildad y la sinceridad, entre muchas otras. Los valores atemporales, fueron, son y serán las bases para alcanzar la convivencia y la concordia entre los individuos de un estado, para lograr una civilización armónica y que la humanidad encuentre su propia felicidad.

La virtud que englobaba a todas las demás, y que Aristóteles ubicaba cercana a la sabiduría era la prudencia, la capacidad de discernir el justo medio, la justicia en sí, en toda circunstancia.

La eudaimonía acarreada por una vida en torno a las virtudes, era algo que no venía dado con el nacimiento. A las virtudes había que conquistarlas. Por lo que esta plenitud se alcanzaba a través de un largo camino de aprendizajes, de aciertos y desaciertos, a través de una práctica constante. Requería que la práctica de la recta acción, de razonar recta y verticalmente, se convirtiera en un hábito. Entendía Aristóteles, que las personas no nacíamos humanas, si no que había que aprender a serlo.

Así como se llega a ser excelente músico luego de horas y días de práctica y exposición, a ser buen humano se llega luego de una vida en búsqueda del justo medio, del desarrollo de la virtud, de aquello que lo acercara a lo divino.

Pero el ser humano, por ser hijo de dioses y mortales, por tener también naturaleza animal, siempre tiende a los vicios. La inercia y los deseos dentro de cada uno, lo llevan a vivir en alguno de los extremos, por lo que volver a centrarse y encontrar el equilibrio armónico del justo medio, requiere de una fuerza externa que lo encamine nuevamente. Esta fuerza externa y la mayor fuerza que puede alcanzar el ser humano, es la voluntad.

La virtud sólo se alcanza de los actos voluntarios, a través de la buena voluntad diría Kant. Al poner en práctica la buena voluntad, uno se convertía en una persona moral y actuaba por deber, en armonía y concordancia con las leyes de la naturaleza, que atañen a cada ser humano y a la humanidad en su conjunto. Así se alcanzaba el bien común, contribuyendo por medio de la felicidad propia, a la de todos. La intención sincera, repetida e inacabable, es el motor de la felicidad.

Si algo podemos tomar sintéticamente y de manera práctica, es que la felicidad no se encuentra sino, dentro nuestro. Como decía el emperador filósofo Marco Aurelio:


Hace falta muy poco para tener una vida feliz; está todo dentro de ti, en tu forma de pensar”.

Esta eudaimonía,se alcanza a través de lograr que el desarrollo de las virtudes se vuelva un hábito, con la buena voluntad como eje y la recta razón como medio. La felicidad no está en una meta más concreta ni más humana que la puesta en práctica de los valores atemporales.

Esta plenitud se alcanza en la lucha hacia la conquista de uno mismo y, al estar el campo de batalla en el interior humano, la felicidad trasciende las circunstancias, las épocas, el lugar y las condiciones donde uno nació.

Alcanzar la felicidad es una necesidad y un deber que está en camino al olvido, si es que no fue olvidado ya. Vivir una vida feliz y plena, es necesario porque la puesta en práctica de los valores atemporales, logrando la convivencia y la concordia entre los seres humanos es necesario. Aprender a ser humanos es necesario y no lo podemos obviar.

El desarrollo de la virtud es una necesidad imperiosa porque la eudaimonía es una necesidad, no sólo para cada uno, sino para toda la humanidad. Así como los jóvenes atenienses iban a seguir siendo devorados cada año por el minotauro si el valiente Teseo, no entraba al laberinto, lo enfrentaba y lo derrotaba por ser este su deber, de la misma manera ser felices es deber y responsabilidad de cada uno de nosotros, de la decisión personal depende que todos podamos lograrlo y así, en la medida en que cada uno comience a recordar, atravesar como humanidad esta edad media.

Franco P. Soffietti

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