Los últimos momentos de Sócrates

“Sobre el alma” es el subtítulo que se dio en la antigüedad al dialogo platónico Fedón que se sitúa en la celda donde Sócrates junto con un grupo de discípulos, mientras espera la ejecución de su condena, está dialogando sobre la inmortalidad del alma. Una vez más Platón vivifica sus enseñanzas filosóficas y sin más nos brinda la descripción de la muerte ejemplar, digna y coherente de un filósofo que vive hasta su último momento como tal. “La vida del filósofo es una continua áskesis (ejercicio) de morir”, afirma Luis Gil en la introducción del dicho diálogo.

Fedón de Elis se encuentra con Esquérates, un pitagórico de Fliunto, quien le solicita contarle los últimos días de Sócrates antes de beber la cicuta. Fedón, así como cuenta él mismo, estuvo presente junto con trece discípulos más, en los días desde el juicio hasta el final del maestro; estuvieron en total catorce discípulos. Sin embargo en los sucesos narrados del diálogo aparecen con un rol activo, además de Sócrates, cinco personajes: Apolodoro, Cebes, Simmias, Criton y el servidor de los Once; ese último fue quien dio el veneno al sabio. Trascurrió más tiempo de lo común, desde la sentencia hasta la muerte, pues se dio la casualidad de coincidir con las celebraciones del dios Apolo en Delos, mientras las cuales están prohibidas las ejecuciones de muerte.

Sócrates en sus últimos días estaba componiendo en versos las fábulas de Esopo respondiendo a la sorpresa de Cebes que la coincidencia con las celebraciones de Apolo que postergó el día de su muerte, lo hizo reflexionar si tanto tiempo había interpretado mal la visión de sus sueños que le ordenaba hacer música. Él interpretaba la filosofía como la música más excelsa y por eso en toda su vida se ocupó de ella. A continuación Sócrates explica a Simmias que el filósofo debe estar dispuesto a morir pero no hacerse violencia a si mismo, pues esto no es lícito.

Se plantean argumentos sobre la inmortalidad del alma comenzando (a) sobre el origen de los contrarios (69e-72e). Según Sócrates todas las cosas tienen un contrario que precisamente en él encuentran su origen. Algo crece porque antes era pequeño, algo se debilitó porque era fuerte, etc. En consecuencia el morir se produce de estar vivo y el vivir de estar muerto. Sócrates continúa (b) repitiendo la enseñanza de la reminiscencia (72e-77c) que se ha presentado en el dialogo Menón: el conocimiento es una anamnesis, un recordar de las cosas ya sabidas en tiempos anteriores. Cebes y Simmias están de acuerdo con Sócrates pero le indican que se ha demostrado la mitad del objetivo: se comprende la pre-existencia del alma pero no su post mortem existencia. (c) Tampoco la combinación de los dos argumentos anteriores (77c-d) resultan convencer a los dos discípulos cuyas almas como las de los niños se asustan de esos temas, así como ellos mismos admiten. (d) Sócrates abordará el tema desde otro punto de vista (77d-84b): El alma tiene más afinidad con las ideas que el cuerpo. Es inmortal, indisoluble, inteligible, uniforme e inmutable. El alma del filósofo que ha ejercitado una vida recta y virtuosa se ha purificado de tal modo que al morir marcha a morar con los dioses. Por lo contrario el alma de los apegados en las costumbres y vicios se mantiene impura y tiende a reencarnar inmediatamente en formas de vidas inferiores (teoría de la palingenesia).

Un largo silencio se introduce ingeniosamente llamando a la reflexión tanto a los protagonistas como al lector y resulta una manera literariamente eficaz para dividir el diálogo en dos mitades.

En la segunda mitad se discuten las objeciones de Simmias y Cebes. Los dos discípulos son exhortados por Sócrates a formular sus dudas enseñando que la rápida e ingenua aceptación de los argumentos puede conducir a la falta de comprensión y al escepticismo. Luego la contestación apolínea en sus dudas, Sócrates los conduce al argumento fundamental sobre la inmortalidad del alma y al mito escatológico de este diálogo.

Reafirmando la enseñanza de la teoría de las ideas se establece que una cosa no puede participar en la esencia, en la cosa-en-sí contraria, porque si fuera así perdería su esencia (cuestión tautológica). De acuerdo con eso el alma, una vez muerto el cuerpo, debe perecer o alejarse. Pero no puede perecer porque es esencial para ella participar en la Vida. Así que el alma se aleja hacia el más allá…

A continuación Sócrates describe el viaje del alma hacia el mas allá. El alma justa está preparada y está llevada a la morada de los dioses. Pero no es así para el alma injusta que sufre dificultades para llegar a su lugar. En este momento nos ofrece una geografía mítica. Nosotros no habitamos en la superficie de la tierra, relata, sino en una de sus muchas cavidades. Entre nosotros y la verdadera superficie hay aire. Lo llamamos “cielo” pero más correcto es llamar cielo el éter que existe por sobre la superficie. Esta tierra es la “verdadera tierra”; ahí las cosas existen en su máxima pureza y perfección. No sucede lo mismo con las cosas que existen en nuestra superficie porque se encuentran en el fondo de un abismo. Allá todo es bello, incluso el clima. Sus habitantes están sanos y puros y tienen contacto con los dioses. Por debajo de las cavidades que habitamos hay muchos ríos de agua, de fuego o de barro que confluyen hacia el Tártaro. Sócrates describe a Océano, Aqueronte, Piriflegetonte y Cocito. Los tres últimos llegan al lago donde se realiza la purificación. Hay pecados que son curables, otros que se pueden curar si los victimas los perdonen y otros que son incurables.

Concluyendo el relato mítico, así como el mismo dialogo, Sócrates una vez más exhorta a sus discípulos de ocuparse a vivir filosóficamente. Se describen los últimos detalles de la preparación de este viaje al más allá que Sócrates realiza con máxima serenidad y calma asegurándose hasta el final de cumplir con sus obligaciones con lo sagrado.

Luic Brisson sostiene que en Platón el término mitos (μύθος) designa un discurso inverificable y no argumentativo, características que se emergen del término logos (λόγος) que se declara un discurso verificable y argumentativo. Corresponde a los poetas fabricar los mitos y a los filósofos usar el logos como instrumento de persuasión y argumentación.

El mito conserva el discurso que una colectividad ha reservado en su memoria y ha trasmitido oralmente de generación en generación. Representa una realidad inaccesible e inverificable. Sin embargo su valor radica en su utilidad en el plano de ética y de política. Es por eso que Platón reconoce la utilidad de los mitos como instrumentos de la persuasión para los filósofos (ética) y gobernadores (política).

“El mito está destinado a modelar o a modificar de manera más o menos espectacular el comportamiento del alma de aquellos que le prestan oído.”
(pg 184, Luic Brisson, Platón, las palabras y los mitos)

En la búsqueda de la veracidad de los mitos platónicos y específicamente del mito escatológico mencionado en Fedón, Sócrates advierte: “Claro que no será propio del hombre sensato empeñarse en sostener que dichas cosas son tal como las he descrito; (…) es algo por lo cual vale la pena que se arriesgue él que crea que es así. En efecto el riesgo es hermoso;” (Fedón 114d).

Joseph Pieper afirma que se trata de la verdad del lenguaje simbólico atribuido a la imaginación poética. Según este autor los mitos escatológicos en Platón convencen basándose en la certeza de la fe empleando el termino πειθεσθαι: dejarse persuadir, someterse, estar convencido, confiar en.

La filosofía en la línea cronológica del tiempo remplazó la mitología, afirmarían los más aristotélicos y en este hecho se fundamentó el gran paso hacia el progreso humano. Valdría la pena reflexionar si es que la filosofía, sin quitar protagonismo al logos (la mente), resistió y resiste siempre guardando e iluminando con la luz de la eterna sabiduría el camino de los filósofos que la practican. Esta misma luz cuyas luciérnagas son los mitos.

María Kokolaki

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