Bhagavad Gita: Enseñanzas de la India Milenaria

Aunque seguramente todos escuchamos alguna vez sobre las grandes hazañas de los héroes grecolatinos, y tal vez hasta estudiamos algún fragmento de la Ilíada o la Odisea durante nuestros años escolares, los héroes míticos de otras culturas, en general, nos resultan bastante desconocidos. Por eso, en el artículo de hoy vamos a hablar sobre una de las obras más importantes de la India Milenaria, el Bhagavad Gita, y de algunas de sus principales enseñanzas.

Lo primero que debemos tomar en cuenta acerca del Bhagavad Gita es que es un texto que está cargado de simbolismo y, por lo tanto, para llegar a comprenderlo en profundidad es necesario analizarlo bajo ciertas claves simbólicas, más allá de su aspecto literario o de sus detalles legendarios. Su nombre en sánscrito, Bhagavad Gita, significa “Canto del Señor”. Y esto ya nos plantea cierta perspectiva para abordarlo: es un libro que contiene enseñanzas.

En realidad, el Bhagavad Gita forma parte de una epopeya mucho más extensa llamada Mahabharata. Una de las características principales de las narraciones épicas es, precisamente, que relatan grandes gestas heroicas, hazañas legendarias e importantes batallas. Así pues, es justamente una gran guerra lo que va a constituir el escenario de la obra.

Krishna y Arjuna en plena batalla. Créditos.

Lo interesante aquí, sin embargo, es que no es una guerra entre desconocidos. No es una batalla entre soldados al azar, no se trata de una matanza entre personajes anónimos. En esta historia en particular, el enfrentamiento es entre miembros de una misma familia. Son personas que se conocen y que crecieron juntas: son hermanos, primos, tíos y sobrinos. Pero ahora, están a punto de matarse entre sí.

Entonces, la pregunta lógica es ¿por qué? ¿Cuál es el motivo de esta guerra que está enfrentando a miembros de una misma tribú? La respuesta es que pelean por el dominio sobre Hastinapura, la “Ciudad de los Elefantes Blancos”.

Como mencionamos antes, el Bhagavad Gita es un texto simbólico, y por ello, los nombres de las cosas y los pequeños detalles no son azarosos, sino que hay que analizarlos bajo una perspectiva simbólica. En este caso, no es ninguna casualidad que la ciudad en disputa sea la Ciudad de los Elefantes. Para la India, el elefante es un animal que representa la Sabiduría porque se trata de un animal que, a pesar de su gran tamaño y aparente torpeza, en realidad es muy dócil y cuidadoso. Tiene las orejas grandes, lo cual indica una excelente capacidad de escucha y tiene los ojos muy pequeños, indicando que no se deja llevar por las engañosas visiones del mundo material. Además es un animal muy fuerte, y cuando escucha el llamado de su manada no hay nada que pueda detenerlo para llegar a ella. Así pues, por una relación de analogía, los hindúes eligieron al elefante como símbolo del sabio.

Entonces, en realidad lo que estos dos bandos se están disputando, entendido simbólicamente,  es el gobierno sobre la Sabiduría, la conquista de la Sabiduría.

Pero, aunque los dos grupos combatientes sean parte de una misma familia, hay algunas diferencias notables entre ellos. Y, para llegar a comprender el vasto simbolismo del texto, es necesario hacer una breve caracterización de ellos:

Por un lado está el ejército de los kurus o kuravas, de los cuales se nos dice que son cien, extremadamente ruidosos y agresivos, imposibles de pasar por alto. Ellos son los que están gobernando Hastinapura al momento de la batalla, pero sólo porque usurparon el trono injustamente. En una clave simbólica, representan a nuestra parte más instintiva, la parte más “animal” que existe en nosotros, con sus aspectos positivos y negativos, y con todas sus exigencias y reclamos constantes de atención. Son aquellas características que no son exclusivamente humanas, sino que compartimos también con el reino animal: la fuerza física, la energía vital, las emociones, nuestros gustos y disgustos, y también nuestros defectos, nuestras carencias, aquello que nos falta.

Por el otro lado, se encuentran los pandavas que son solamente cinco. Pero son cinco semidioses: cada uno de ellos hijo de un distinto dios hindú y de una princesa mortal. Y, por lo tanto, representan a aquella parte “divina” en nosotros, nuestra mejor parte. Son nuestras virtudes y fortalezas, nuestra consciencia superior. Y son quienes deberían estar gobernando Hastinapura por derecho porque, sin lugar a dudas, la Ciudad de la Sabiduría debería estar regida por nuestra mejor parte, pero los pandavas fueron exiliados por los kuravas…

Los cinco Pandavas junto a Draupadi. Dominio público.

El Bhagavad Gita comienza, en realidad, cuando Arjuna, uno de los pandavas, se coloca en medio del campo de batalla y se cuestiona si debería luchar o no.

Porque allí, justo entre los dos ejércitos formados, es capaz de ver las caras de todos. Y, por supuesto, los reconoce a todos, tanto a los pandavas como a los kuravas: son sus hermanos, sus primos, sus amigos, sus maestros. La gente con la que creció, personajes que siempre han estado a su lado. Y entonces duda. ¿Cómo podría matar a su propia familia? ¿A aquellos que lo han acompañado toda su vida, que forman parte de él y a quienes tiene cariño?

Ante esta situación tan conflictiva, Arjuna decide que lo mejor que puede hacer es no pelear y arroja sus armas. Prefiere, incluso, morir en batalla que enfrentarse a sus parientes: “Aunque ellos deseen matarme, yo no quiero matarlos a ellos”- dice Arjuna apenado

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Recordemos ahora que estamos hablando de un texto simbólico: Arjuna, en realidad, nos está representando a todos nosotros, como seres humanos en nuestra batalla cotidiana contra nosotros mismos, nuestra guerra interior. Todos, alguna vez, nos hemos propuesto algún proyecto de superación personal. Todos aspiramos a ser mejores cada día, y, si lo hemos intentado de verdad, sabemos que conlleva mucho esfuerzo y sacrificio. Sabemos que no es un trabajo sencillo, y a menudo nos desalentamos ante los obstáculos y queremos renunciar.

Arjuna entre los dos bandos. Créditos.

Eso es Arjuna, cada ser humano caracterizado por su mente racional que duda. En sus manos está la posibilidad de conquistar la Sabiduría, pero no se atreve a destruir a los kuravas, es decir a sus propios defectos, carencias y vicios. Pero, de no hacerlo, los kuravas lo destruirán a él mismo.

Todos hemos estado en su lugar en algún momento, hemos dudado sobre qué hacer, aún cuando en el fondo sabemos cuál es la decisión correcta, y hemos arrojado las armas dándonos por vencidos ante nosotros mismos.

Porque, retomando el sentido figurado del texto, son “nuestra familia”. Muchas veces, aquellos defectos nos han acompañado durante tanto tiempo que llegamos a tomarles cariño. Incluso sabiendo que no son buenos para nosotros y que quieren destruirnos, nos cuesta encontrar el valor para enfrentarnos a ellos. Esa es la situación en la que se encuentra Arjuna, y es la misma situación en la que nos hallamos todos los humanos: es necesario tomar una decisión. Es necesario que Hastinapura esté bajo el gobierno de los personajes adecuados.

Afortunadamente, Arjuna no está solo. Junto a él, en el medio de la batalla, se encuentra Krishna. Este personaje es el auriga de Arjuna, es decir, aquel que dirige su vehículo. Y, en un nivel simbólico, representa a la figura del Maestro. Es a Krishna a quien Arjuna pide consejo cuando decide no pelear. Y es Krishna quien, con una paciencia infinita, le explica por qué debe hacerlo.

Krishna es nuestra propia Voz Interna, nuestra consciencia de lo superior, aquella que nos guía y que, si se lo permitimos, nos ayudará a esclarecer el camino.

Así pues, allí está la clave: aprender a escuchar a quienes saben, a quien nos ayuda a discernir lo que debemos hacer y que puede guiarnos en el proceso. Como Arjuna, es natural que dudemos de nosotros mismos y de nuestras batallas; pero, también como Arjuna, es necesario que encontremos el coraje y la determinación para llevar a cabo nuestra misión. Es necesario entablar esta lucha interior y dar todo de nosotros para recuperar Hastinapura, para conquistar aquella Sabiduría que nos corresponde por derecho.

Laura Yepez

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