La reminiscencia según Platón: el anamnesis como camino del olvido al recuerdo

MENÓN.- Sí, Sócrates, pero ¿cómo es que dices eso de que no aprendemos, sino que lo que denominamos aprender es reminiscencia? (…). (Menón, 81e 5-7)[1]

Las tradiciones filosóficas que podemos encontrar, entre otros lugares en India, Tíbet, en las culturas americanas, en Egipto o Grecia concebían como algo natural la idea de que el ser humano está constituido por un alma inmortal y un cuerpo. La primera es eterna, mientras que el cuerpo que la reviste y le sirve de vehículo, está sujeto a la ley de ciclos y muta constantemente.

Platón en sus diálogos demuestra a través de razonamientos lógicos que el alma humana tiene una parte inmortal que permanece inmanente más allá de los ciclos de vida y muerte. Entre las cualidades que Platón menciona del alma, podemos encontrar en el diálogo Menón que el ser humano nace con el conocimiento completo en su interior, pero olvida:

“El alma, pues, siendo inmortal y habiendo nacido muchas veces, y visto efectivamente todas las cosas, tanto las de aquí como las del Hades, no hay nada que no haya aprendido; de modo que no hay de qué asombrarse si es posible que recuerde, no sólo la virtud, sino el resto de las cosas que, por cierto, antes también conocía. Estando, pues, la naturaleza toda emparentada consigo misma, y habiendo el alma aprendido todo, nada impide que quien recuerde una sola cosa -eso que los hombres llaman aprender-, encuentre él mismo todas las demás, si es valeroso e infatigable en la búsqueda. Pues, en efecto, el buscar y el aprender no son otra cosa, en suma, que una reminiscencia.” (Menón, 81c5 – 81d8)

Diálogo entre Sócrates y Menón

La reminiscencia es la capacidad humana de recordar aquello que no muere. El olvido o amnesis tiene como remedio la anamnesis: el recuerdo de uno mismo, de lo visto por el alma en su estado original. La anamnesis es una rememoración que permite traer al presente, aquello conocido en “el tiempo que dura siempre”.


Aprender es recordar

El recuerdo de lo visto en el Mundo de las Ideas del que surge el mundo manifestado, Platón sostenía que es posible a través de la educación. Esta constituye el camino para volver los ojos hacia el interior y recordar aquello que ya ha visto en el mundo arquetípico. Por eso aprender es recordar. Es interesante destacar que la etimología de la palabra recuerdo, originaria del latín re-cordis, significa “volver a pasar por el corazón”.

La técnica de enseñanza que utiliza Platón en sus diálogos, atribuida a su maestro Sócrates, es la mayéutica. Con este nombre se llamaba al trabajo de las parteras; era el arte de ayudar a las mujeres a dar a luz, de traer nuevos seres a la vida. Por este motivo Sócrates se consideraba un “partero” que no enseñaba introduciendo nuevos conocimientos, sino ayudaba a traer a la luz aquella sabiduría olvidada, pero presente en el interior de cada ser humano.

Sócrates ayuda a traer a la luz aquella sabiduría olvidada

SÓCRATES. – Entonces, ¿llegará a conocer sin que nadie le enseñe, sino sólo preguntándole, recuperando él mismo de sí mismo el conocimiento?
MENÓN. – Sí.
SÓCRATES. – ¿Y este recuperar uno el conocimiento de sí mismo, no es recordar?
MENÓN. -Por supuesto. (Menón, 85d3-9)


La mayéutica y el recuerdo

Es a través de las preguntas correctas que uno recuerda y el arte de hacer preguntas constituye la mayéutica. Sócrates en el Menón va a expresar que mediante la interrogación pueden despertarse en el ser humano opiniones verdaderas que se convierten en fragmentos de conocimiento que lo acercan a la verdad:

“Por tanto, si siempre la verdad de las cosas está en nuestra alma, ella habrá de ser inmortal. De modo que es necesario que lo que ahora no conozcas -es decir, no recuerdes- te pongas valerosamente a buscarlo y a recodarlo”. (Menón, 86b1-5)

Sócrates y la mayéutica

Quien recuerda una sola idea, a través de la experimentación y la investigación va descubriendo poco a poco las demás. Este camino es para personas valerosas que no se cansen de investigar y tengan la voluntad de convertirse en aquello que aprenden. Podemos ver implícitamente que las vivencias de lo trascendente requieren valor y voluntad. En la mitología son los héroes los símbolos del ser humano valiente y de voluntad viva.


El carácter mitológico del recuerdo

Las almas, dirá Platón en el Libro X de La República, antes de retornar a la existencia por un nuevo ciclo beben de las aguas del Leteo, uno de los ríos del Hades -el inframundo-, cuyo nombre significa “estar oculto”. Al beber estas aguas las almas olvidan y por eso, una vez vueltos a nacer como seres humanos, no recordamos las experiencias anteriores.

Las almas bebiendo en las aguas del Leteo

Pero, en la naturaleza nada nuevo surge ni nada desaparece por completo. Este conocimiento que se oculta de la conciencia humana al beber las aguas en el inframundo antes de nacer es posible de ser recuperado.

En la mitología griega las nueve musas -hijas de Zeus (padre de los dioses) y Mnemosine (deidad de la memoria)- son las encargadas de conservar y perpetuar la memoria del conocimiento olvidado. La gracia de las musas consiste en mantener vivo el recuerdo del ser en el hilo del tiempo y su accionar estuvo presente en científicos, artistas, políticos y filósofos que marcaron a la humanidad alrededor del mundo.

Las nueve musas encargadas de preservar la memoria

Simbólicamente el agua estuvo asociada con la memoria y con su pérdida (al beber del Leteo, por ejemplo). Por todo el Mediterráneo se erigieron templos dedicados a las musas cerca de aguas, fuentes y manantiales. Pues estas diosas dan de beber las aguas del río de la memoria que emana del Monte Helicón, eje mitológico donde el mundo se pone en movimiento.

Relacionado con las fuentes y con las musas podemos encontrar a Pegaso, pues donde golpean sus cascos surgen manantiales. Los relatos mitológicos cuentan que, obedeciendo las órdenes de su padre, Pegaso golpeó la ladera del monte Helicón y en el lugar surgió la famosa vertiente Hipocrene, cuyas aguas inspiraron las Musas. Incluso en tiempos posteriores, Pegaso fue considerado el caballo de estas diosas que los poetas montan y vuelan con él en lo alto del firmamento artístico.

Entre los significados que se atribuyen al simbólico animal encontramos el de la imaginación alada que se despierta luego del recuerdo de lo eterno. Pegaso conduce el carro de la aurora que precede al amanecer, por lo que muchos lo identifican con la esperanza que anuncia la luz tras la oscuridad. Pegaso es el caballo que conduce al alma a los estados originales después de que ella haya bebido las aguas de la memoria.

Pegaso con las musas

Pegaso, alado como estaba, ascendió al Olimpo, junto con los Inmortales y residió al servicio de Zeus transportando los rayos que Hefesto construía en su taller. Finalmente, los dioses le ofrecieron a Pegaso un lugar eterno en el cielo creando la Constelación de Pegaso. También en la tradición musulmana podemos encontrar un caballo alado llamado Buraq con el que Mahoma asciende a los cielos.

Buraq el caballo alado con el que Mahoma asciende a los cielos


Recordar es volver a vivir

Platón en el diálogo Fedro otorga al ser humano un estado alado original en el que, siguiendo a los carros de los dioses pierde sus alas y se precipita hacia la tierra. Cuando aterriza en el mundo manifestado las alas se convierten en “muñones implumes” que se agitan con el recuerdo de lo Bello, por despertar las memorias de su estado prístino.

Escultura del carro alado

En la vida terrestre es posible recuperar la visión del plano ideal mediante la reminiscencia. Es la imperiosa necesidad de buscar aquello que a uno le está faltando, lo que hace que el alma emprenda el camino de retorno a la fuente de la memoria des-velando su identidad trascendente.

Así el filósofo (cuyo significado etimológico es “amante de la sabiduría”), a través del recuerdo de sí mismo, del recuerdo de aquello que, siendo eterno, no acepta la muerte, puede desplegar sus alas fortalecidas. Despertando a Pegaso en su interior logrará remontar vuelo hacia el plano de lo divino, donde residen los dioses.

Si el alma es inmortal y oscila periódicamente entre el cielo y la tierra, la muerte y la vida como las entendemos hoy, solo son dos caras de una misma moneda que es la Vida. Cuando el recuerdo se abre camino y vence al olvido, triunfa la Vida sobre la verdadera muerte que es el olvido.

Franco P. Soffietti


[1] Menón, DIÁLOGOS II, Biblioteca Clásica Gredos 61, Madrid 1992.

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