Extractos del diálogo platónico Timeo (I): La creación del mundo y la naturaleza del tiempo

En esta oportunidad, basándonos en un trabajo práctico del programa de estudios de Nueva Acrópolis, hemos realizado un resumen de los conceptos principales del profundo diálogo platónico Timeo. Este es el primero de tres artículos que dedicaremos a esta gran obra (libro que aparece en manos de Platón en la pintura “La Escuela de Atenas” de Rafael). En esta entrega, se destaca la creación del mundo y la naturaleza del tiempo. Sin más, lo dejamos, querido lector, en manos de Sócrates y Timeo.

La Academia de Platón en un mosaico romano

Introducción

          El dialogo llamado Timeo de Platón comienza con Sócrates reunido junto a Timeo, Critías y Hermócrates. Según comentan, el día anterior habían tenido el diálogo donde hablaron de La Republica, y en un primer momento Sócrates rememora las principales ideas y características de cómo debería estar organizada la sociedad en La Republica ideal de Platón.

          Luego de exponer sobre La Republica, Sócrates les había dejado como “tarea” a los demás, exponer sobre los heroicos combates y batallas que podría haber librado una sociedad de esta forma organizada. Porque tal organización, se hubiera evidenciado en sus acciones y sus hazañas.


El pasado griego y la Atlántida

          Por lo que comienza Critías a contar un relato que escuchó de su abuelo, quien había escuchado de un dialogo entre Solón y un Sacerdote Egipcio en uno de sus viajes, de donde me parecieron interesantes algunos pasajes:

¡Solón! ¡Solón! Vosotros los griegos seréis siempre niños; ¡en Grecia no hay ancianos! —¿Qué quieres decir con eso, replicó Solón? —Sois niños en cuanto al alma, respondió el sacerdote, porque no poseéis tradiciones remotas ni conocimientos venerables por su antigüedad. He aquí la razón. Mil destrucciones de hombres han tenido lugar y de mil maneras, y se repetirán aún, las mayores por el fuego y el agua, y las menores mediante una infinidad de causas.

Con respecto a nosotros, el Nilo, nuestro constante salvador, nos salvó también de esta calamidad desbordándose. Cuando por otra parte, los dioses, purificando la tierra por medio de las aguas, la sumergen, los pastores en lo alto de las montañas y sus ganados de toda clase se ven libres de este azote; mientras que los habitantes de vuestras ciudades se ven arrastrados al mar por la corriente de los ríos. Pues bien, en nuestro país, ni entonces, ni en ninguna ocasión, las aguas se precipitan nunca desde las alturas a las campiñas; por el contrario, manan de las entrañas de la tierra. Por estos motivos, se dice, que entre nosotros es donde se han conservado las más antiguas tradiciones. La verdad es, que en todos los países, donde los hombres no tienen precisión de huir por un exceso de agua o por un calor extremado, subsisten siempre en más o en menos, pero siempre en gran número. Así es que, sea entre vosotros, sea aquí, sea en cualquiera otro país de nosotros conocido, no hay nada que sea bello, que sea grande, y que sea notable en cualquiera materia, que no haya sido consignado desde muy antiguo por escrito, y que no se haya conservado en nuestros templos. Pero entre vosotros y en los demás pueblos, apenas habéis adquirido el uso de las letras y de todas las cosas necesarias a los Estados, cuando terribles lluvias, a ciertos intervalos, caen sobre vosotros como un rayo, y sólo dejan sobrevivir hombres iliteratos y extraños a las musas[1]; de manera que comenzáis de nuevo, y os hacéis niños sin saber nada de los sucesos de este país o del vuestro, que se refieran a los tiempos antiguos.

Retrato del poeta y legislador Solón de Atenas (circa 640-c. 588 a. C.), considerado uno de los Siete Sabios de Grecia

          Luego de este pasaje el Sacerdote Egipcio empieza a contar que antes de esta “limpieza” por agua (diluvio), en el que los griegos olvidaron todo, la que ahora es la ciudad ateniense era la mejor en la guerra y en el gobierno y que tuvo grandes hazañas.

          Le comienza a contar de las leyes que imperaban en esta sociedad, y destaca principalmente, la división en castas y el virtuosismo en su cumplimiento, ya que eran hijos de dioses, con las simientes de Gea y Hefestos y más tarde de Atenea.

          También cuenta de las grandes hazañas de este pueblo, y es aquí cuando comienza a hablar de la Atlántida:

Entre la multitud de hazañas que honran a vuestra ciudad, que están consignadas en nuestros libros, y que admiramos nosotros, hay una más grande que todas las demás, y que revela una virtud extraordinaria. Nuestros libros refieren cómo Atenas destruyó un poderoso ejército, que, partiendo del Océano Atlántico, invadió insolentemente la Europa y el Asia. Entonces se podía atravesar este Océano. Había, en efecto, una isla, situada frente al estrecho, que en vuestra lengua llamáis las columnas de Hércules. Esta isla era más grande que la Libia y el Asia reunidas; los navegantes pasaban desde allí a las otras islas, y de estas al continente, que baña este mar, verdaderamente digno de este nombre. Porque lo que está más acá del estrecho de que hablamos, se parece a un puerto, cuya entrada es estrecha, mientras que lo demás es un verdadero mar, y la tierra que le rodea un verdadero continente. Ahora bien en esta isla Atlántida los reyes hablan creado un grande y maravilloso poder, que dominaba en la isla entera, así como sobre otras muchas islas y hasta en muchas partes del continente. Además en nuestros países, más acá del estrecho, ellos eran dueños de la Libia hasta el Egipto, y en la Europa hasta la Tirrenia. Pues bien; este vasto poder, reuniendo todas sus fuerzas, intentó un día someter de un solo arranque nuestro país y el vuestro. y todos los pueblos situados de este lado del estrecho. En tal coyuntura, Solón, fue cuando vuestra ciudad hizo brillar, a la faz del mundo entero, su valor y su poder. Ella superaba a todos los pueblos vecinos en magnanimidad y en habilidad en las artes de la guerra; primero a la cabeza de los griegos, y después sola por la defección de sus aliados, arrostró los mayores peligros, triunfó de los invasores, levantó trofeos, preservó de la esclavitud a los pueblos, que aún no estaban sometidos, y con respecto a los situados, como nosotros, más acá de las columnas de Hércules, a todos los devolvió su libertad. Pero en los tiempos que siguieron a estos, grandes temblores de tierra dieron lugar a inundaciones; y en un solo día, en una sola fatal noche, la tierra se tragó a todos vuestros guerreros, la isla Atlántida desapareció entre las aguas.

Ilustración de la Atlántida, basada en descripciones que da Platón en sus diálogos


La creación del mundo

          Luego Critías comenta que Timeo comenzará hablando sobre la creación del mundo y la naturaleza de los hombres. Comienza haciendo referencia a la diferenciación entre el ser y el existir:

Si no me engaño, es preciso comenzar por distinguir dos cosas; lo que existe siempre sin haber nacido, y lo que nace siempre sin existir nunca[2]. Lo primero es comprendido por el pensamiento acompañado del razonamiento, porque subsiste lo mismo; lo segundo es conjeturado por la opinión  acompañada de la sensación irracional, porque nace y perece sin existir jamás verdaderamente. Todo lo que nace, proviene necesariamente de una causa, porque sin causa nada puede nacer. Cuando un obrero, con la vista fija en lo que no cambia, trabaja conforme a este modelo y se esfuerza en reproducir la idea y la virtud del mismo, hace necesariamente una obra bella; y por el contrario, si sólo se fija en aquello que pasa, y trabaja conforme a un modelo perecible, no hace nada que sea bello.

El mundo ha tenido principio. En efecto, el mundo es visible, tangible, corporal; todo lo que tiene estas cualidades es sensible: y todo lo que es sensible y está sometido a la opinión acompañada de la sensación, ya lo sabemos, nace y es engendrado. Además decimos, que todo lo que nace procede de una causa necesariamente. ¿Cuál es en este caso el autor y el padre de este universo? Es difícil encontrarle; y, cuando se le ha encontrado, es imposible hacerle conocer a la multitud.

Si el mundo es bello y si su autor es excelente, es claro que tuvo fijos sus ojos en el modelo eterno; si, por el contrario, no lo son, lo que no es permitido decir, entonces se ha servido de un modelo perecible. Pero es evidente que el imitado ha sido el modelo eterno. En efecto, el mundo es la más bella de todas las cosas creadas; su autor la mejor de las causas. El universo engendrado de esta manera ha sido formado según el modelo de la razón, de la sabiduría y de la esencia inmutable, de donde se desprende, como consecuencia necesaria, que el universo es una copia.

Veamos por qué causa o motivo el Ordenador de todo este universo le ha formado. Era bueno, y el que es bueno no puede experimentar ningún género de envidia. Extraño a este sentimiento, quiso que todas las cosas, en cuanto fuese posible, fueran semejantes a él mismo. Cualquiera que, instruido por hombres sabios, admitiera que ésta es la principal razón de la formación del mundo[3], admitiría indudablemente la verdad.

Dios quería, pues, que todo fuese bueno y nada malo, en cuanto de él dependiese ; y por esto, habiendo tomado todas las cosas visibles, que lejos de estar en reposo se agitaban en un movimiento sin regla ni medida, las hizo pasar del desorden al orden, estado que le pareció preferible. Un ser bueno no podía ni puede hacer nada que no sea excelente. A la luz de la razón encontró que de todas las cosas visibles no podía absolutamente sacar ninguna obra, que fuese más bella que un ser inteligente, y que en ningún ser podría encontrarse la inteligencia sin tener un alma. En consecuencia puso la inteligencia en el alma, el alma en el cuerpo; y ordenó el universo de manera que resultara una obra de naturaleza excelente y perfectamente bella. De suerte que la probabilidad nos obliga a decir que este mundo es verdaderamente un ser animado e inteligente, producido por la providencia divina.

Lo que ha comenzado a ser es necesariamente corporal, visible y tangible. Pero nada puede ser visible sin fuego, ni tangible sin solidez, ni sólido sin tierra. Dios, al comenzar a formar el cuerpo del universo, le hizo primero de fuego y tierra. Pero es imposible combinar bien dos cosas sin una tercera, porque es preciso que entre ellas haya un lazo que las una.

Dios puso el agua y el aire entre el fuego y la tierra; y habiendo establecido, en cuanto era posible, entre estas cosas una exacta proporción, de tal manera que él aire fuese al agua lo que el fuego es al aire, y el agua a la tierra lo que el aire es al agua, construyó y encadenó, por medio de estas relaciones, el cielo visible y tangible.

Sólidos platónicos

He aquí como de estos cuatro elementos ha sido formado el cuerpo del mundo. Lleno de armonía y de proporción[4], sostiene por naturaleza esta amistad, mediante la cual está tan íntimamente unido consigo mismo, que ningún poder le puede disolver, como no sea aquel que ha encadenado sus partes.

En cuanto a la forma, le dio la más conveniente y apropiada a su naturaleza; porque la forma más conveniente a un animal, que debía encerrar en sí todos los animales, sólo podía ser la que abrazase todas las formas. Así, pues, dio al mundo la forma de esfera, y puso por todas partes los extremos a igual distancia del centro, prefiriendo así la más perfecta de las figuras y la más semejante a ella misma.

El mundo encuentra su nutrimento en sí mismo, en sus propias pérdidas, y todas sus maneras de ser, activas y pasivas, nacen de él y en él. El autor de las cosas ha creído, que el mundo sería más perfecto, bastándose así mismo, que no necesitando el auxilio de otro.

Le aplicó un movimiento apropiado a la forma de su cuerpo, aquel de los siete que más relación tiene con la inteligencia y el pensamiento. Quiso, por consiguiente, que el mundo girase sobre sí mismo en torno de un mismo punto, y con un movimiento uniforme y circular. Le negó los demás movimientos, privándole así de medios para andar errante de un punto para otro.

Ahora bien; en medio de este cuerpo universal puso un alma, la extendió por todas las partes de aquel, y hasta le envolvió con ella exteriormente. Pero Dios hizo el alma anterior y superior al cuerpo en edad y en virtud, porque debía mandar como jefe y el cuerpo obedecer como esclavo; y he aquí cómo y de qué principios la compuso.

De la esencia indivisible y siempre la misma y de la esencia divisible y corporal Dios formó, combinándolas, una tercera especie de esencia intermedia, la cual participa a la vez de la naturaleza de lo mismo y de la de lo otro, y se encuentra así colocada a igual distancia de la esencia indivisible y de la esencia corporal y divisible. Tomando en seguida estos tres principios, formó una sola especie, uniendo á viva fuerza la naturaleza rebelde de lo otro con la de lo mismo. Después de lo cual y de haber mezclado lo indivisible y lo divisible con la esencia, y compuesto con estas tres cosas un solo todo, dividió por último este todo en tantas partes como convenía.


El Alma del Mundo

Cuando el autor de las cosas hubo formado el alma del mundo a su gusto, arregló dentro de ella el cuerpo del universo, y los unió ligando el centro del uno con el del otro. El alma derramada así por todas las partes, desde el centro a las extremidades del cielo, hasta excederle y envolverle en todas direcciones, estableció, al girar sobre sí misma, el principio divino de una vida perpetua y sabia por todo el curso de los tiempos. Así nacieron el cuerpo visible del cielo y el alma invisible. La cual participa de la razón y de la armonía de los seres inteligibles y eternos, y es la más perfecta de las cosas que el Ser perfecto ha formado.

La razón, que no es capaz de conocer la verdad sino por su relación con lo que es lo mismo, puede tener por objeto lo mismo y lo otro; y cuando en los movimientos a que se entrega sin voz y sin eco, entra en relación con lo que es sensible, y el círculo de lo otro, en su marcha regular, lleva al alma entera nuevas de su mundo, entonces se producen opiniones y creencias sólidas y verdaderas. Y cuando se liga a lo que es racional y el círculo de lo mismo, girando oportunamente, lo descubre al alma, hay necesariamente conocimiento y ciencia perfectos. ¿Dónde se produce este doble conocimiento? Si alguno pretende que es en otra parte que en el alma, no puede estar más distante de la verdad.


La naturaleza del Tiempo

Cuando el padre y autor del mundo vio moverse y animarse esta imagen de los dioses eternos (mundo de las ideas), que él había producido, se gozó en su obra, y lleno de satisfacción, quiso hacerla más semejante aún a su modelo. Y como este modelo era un animal eterno, se esforzó para dar al universo, en cuanto fuera posible, el mismo género de perfección. Pero esta naturaleza eterna del animal inteligible no había medio de adaptarla a lo que es engendrado. Así es que Dios resolvió crear una imagen móvil de la eternidad, y por la disposición que puso en todas las partes del universo, hizo a semejanza de la eternidad, que descansa en la unidad. Esta imagen eterna, pero divisible, que llamamos el tiempo.

El tiempo fue, pues, producido con el cielo, a fin de que, nacidos juntos, perezcan juntos, si es que deben algún día perecer; y fue hecho según el modelo de la naturaleza eterna, para que se pareciese a ésta todo lo posible. Porque el modelo está siendo de toda eternidad, y el tiempo es desde el principio hasta el fin, habiendo sido, siendo y debiendo ser. Con este designio y con este pensamiento, el Demiurgo, para producir el tiempo, hizo nacer el Sol, la Luna y los otros cinco astros, que llamamos planetas, y que están destinados a marcar y mantener la medida del tiempo.

El tiempo cíclico y el movimiento helicoidal de los astros

Luego que estos astros, necesarios todos, emprendieron cada uno el curso conveniente, Dios encendió en el segundo círculo, por cima de la tierra, esa luz que llamamos Sol; iluminó de esta manera con un vivo resplandor toda la extensión del cielo, e hizo participar de la ciencia del número a todos los seres vivos, a quienes convenía, los cuales la aprendieron por el estudio de lo mismo y de lo semejante.

Así nacieron el día y la noche, la revolución uniforme y regular del movimiento circular; el mes, cuando la Luna después de haber recorrido su órbita, se encuentra con el Sol; y el año, cuando el Sol mismo ha recorrido el círculo en que se mueve. Respecto a los demás planetas, como los hombres no han procurado estudiar sus revoluciones, excepto las de un pequeño número, no les han dado nombres, ni saben determinar sus relaciones por números; si bien, a decir verdad, no saben que el tiempo es medido también por estos movimientos infinitos en número y de una admirable variedad.

También es posible concebir que la unidad perfecta del tiempo, el año perfecto, se realiza, cuando las ocho revoluciones de velocidades diferentes han vuelto a su punto de partida, después de una duración, medida por el círculo de lo mismo y de lo semejante.

Mariano Suarez

La continuación del artículo, donde se relata la creación del ser humano y su relación con el Cosmos, puede ser leído en el siguiente enlace:

“Extractos del diálogo platónico Timeo (II): El nacimiento del ser humano”


[1] Para profundizar sobre las Musas, puede ingresar al siguiente artículo: “Las musas, guardianas de la memoria”

[2] Puede profundizar en el concepto de lo que es y lo que existe en el artículo: “El Mundo de las Ideas de Platón”

[3] Sobre ideas referidas a la creación del Cosmos, puede referirse al siguiente trabajo: “El cosmos: la unión entre el cielo y la tierra en las diferentes culturas”

[4] Puede encontrar ideas sobre proporción en el artículo: “Proporción Áurea: la relación que unifica y sostiene al Cosmos”

2 comentarios en “Extractos del diálogo platónico Timeo (I): La creación del mundo y la naturaleza del tiempo

  1. Pingback: Extractos del diálogo platónico Timeo (II): El nacimiento del ser humano – RevistAcrópolis

  2. Pingback: Extractos del diálogo platónico Timeo (III): La salud del cuerpo y del alma – RevistAcrópolis

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