El cosmos: la unión entre el cielo y la tierra en las diferentes culturas

Las culturas y civilizaciones antiguas cuyos registros llegaron hasta nuestros días, compartían semejanzas simbólicas y mitológicas en su manera de comprender la creación y el desarrollo del universo. El entendimiento sobre el mundo manifestado y la causa que le da vida, así como sus posturas sobre el destino humano, también eran equivalentes.

Según estos enfoques, el universo es un único y completo ser vivo. Este surge de un punto central e indivisible, y tarde o temprano al mismo centro debe volver. Este camino de ida y vuelta es lo que se conoce como evolución. El origen de la palabra proviene del latín “ex-volvere” que puede interpretarse como “volver allí de donde se partió”.

Aunque cada relato mitológico varía según la cultura que lo cuenta, es llamativo encontrar completas coincidencias entre pueblos separados por miles de kilómetros en el espacio y por varios siglos en el tiempo.

En los mitos se menciona que al principio todo estaba en silencio, solo había oscuridad. En este estadío previo a toda manifestación se encontraban juntos el Todo y la Nada en potencia. El ser y el existir unificados en un “super-orden” que escapa a nuestra capacidad humana de comprensión, por lo que se le llamó caos. Esta palabra proveniente del griego antiguo significa cavidad, algo cerrado que contiene.

Del caos surge el Universo, la primera unidad, de la que se desprenden dos partes con naturalezas opuestas: el Cielo y la Tierra; espíritu y materia. Por provenir de la misma fuente, esta dualidad se encontrará en todas las cosas. Pero, para que el Cosmos ahora “dividido” en dos, pueda mantener su unión esencial, debe aparecer un tercer elemento que los mantenga unidos y los contenga: el Hijo. Así surgen las tríadas primitivas y se plasman en las culturas clásicas.

Grabado Flammarión (Paris1888)- Un misionero medieval cuenta que había encontrado un lugar en el que el cielo y la tierra se encontraban.

En Grecia, el poeta Hesíodo nos va a relatar que del Caos surge Gea <la de amplio pecho>, la diosa madre. Conocida como la Madre Tierra[1], fue una deidad fundamental de la cultura helénica. De su propio ser engendró a Urano, el cielo estrellado, su igual y esposo cósmico. Entre estos dos, aparece ahora el elemento unificador: Eros, la fuerza creadora de la Naturaleza en su sentido abstracto, el impulso de la “creación” y procreación[2].

Gea ( la de amplio pecho) la diosa madre.

En la cosmovisión egipcia, la oscuridad primera se simboliza mediante el agua. Nun, el Océano Primordial, es el Padre-Madre de los dioses, pues las demás deidades surgirán de su seno. Luego aparece la diosa Nuth, “Madre de los dioses”, conocida como el cielo estrellado y Geb, “Padre de los dioses”, deidad masculina de la tierra y la fertilidad. Estas deidades al principio estaban pegadas e indiferenciadas, hasta que sopla el aire Shu, logrando separarlos y sosteniendo el Cielo y la Tierra. A Geb se lo puede ver recostado y envuelto en follajes; mientras Nuth con su cuerpo conforma la bóveda celeste.

Geb, Nuth y Shu

Según antiguas tradiciones chinas, en el principio no había nada salvo un caos uniforme y una negra masa de nada. El caos comenzó a fusionarse en un huevo cósmico durante 18.000 años. Dentro de él, los principios opuestos del yin y yang se equilibraron y Pan-ku salió del huevo. Pan-ku emprendió la tarea de crear el mundo: dividió el yin del yang con su hacha gigante, creando la tierra del yin y el cielo del yang. Para mantenerlos separados permaneció entre ellos empujando. Durante 18.000 años más, el cielo se elevó 3,33 metros cada día y la tierra se hundió en la misma proporción, mientras Pan-ku crecía en armonía con ellos manteniendo la separación.

El huevo cósmico, el yin y el yang se equilibran y Pan-ku sale de él.

Según puede leerse en escritos de Helena Blavatsky[3], en tradiciones hindúes se menciona que “El Señor existente por Sí Mismo, desvaneciendo las tinieblas, se hizo manifiesto, y deseando producir seres de su esencia, creó, al principio, sólo el agua. En ella sembró semilla. Ésta se convirtió en un Huevo de Oro”. El dios Brahmâ, habiendo morado en aquel Huevo durante todo un Año Divino, hace estallar este Huevo en dos, y de la porción superior forma el cielo, de la inferior la tierra”.

Aquí encontramos, como en todos los sistemas filosóficos genuinos, el mismo “Huevo”, el Círculo, el Cero, o el recipiente cerrado (caos) -la Infinidad sin límites-, y a Brahmâ, como la primera Unidad. Este creador que surge del Huevo del Mundo o Huevo de Oro une en sí mismo ambos principios femenino y masculino. Junto con Vishnú, el conservador y Shiva, el destructor, conforman la trinidad hindú; las tres imágenes del universo en una.

Brahma, Vishnu y Shiva – Trinidad Hindú

Si logramos ver por debajo de las engañosas formas y ahondamos en el simbolismo que estas envuelven, nos podremos acercar a la versión pitagórica de la creación del universo. Para esta escuela de filosofía (la primera de la que hay registro en occidente), todo surgía del Cero (0). En esta aparente “Nada”, estaba el “Todo” contenido. Luego del cero surge el Uno (1), la unidad primera, la dimensión del tiempo. No había dualidad, hasta que del Uno surgen las dos naturalezas representadas por el número Dos (2); aparece la dimensión del espacio. La unión del tiempo y el espacio (1+2=3) da como resultado el Tres (3); quedando conformada nuevamente la tríada originaria.

Pitágoras- Universo hecho de números

De manera sorpresiva los mitos de la creación del universo se replican prácticamente sin más diferencias que en sus formas. Por compartir este origen, los filósofos clásicos afirmaban que Dios está en Todo y que el ser humano estaba creado a su imagen y semejanza, manteniendo esta “fórmula” simbólica. De allí la idea que cada uno de nosotros tiene parte de materia y parte de espíritu, pudiendo interpretarse a la conciencia humana como el puente que mantiene la unidad. En sánscrito, la palabra que representaba la conciencia era anthakarana cuyo significado es el de puente.

Por esta característica, el ser humano fue entendido como el eslabón de la naturaleza capaz de mantener esta unión entre el Cielo y la Tierra de manera conciente. Por esta razón debían, mujeres y hombres, trabajar para superar su egoísmo personal, sus pasiones, instintos y deseos para colaborar voluntariamente con las leyes de la naturaleza. Para que el uni-verso fuera uno realmente, cada órgano también debía mantener la integridad.

Cuando la voluntad de mujeres y hombres se co-responde con la voluntad divina, el macrocosmos (universo) y el microcosmos (ser humano) están en armonía y la unión entre el Cielo y la Tierra está más cerca de alcanzarse.

Si consideramos que en estos mitos se esconde algo de verdad, la fragmentación que hoy sufrimos como humanidad nos lleva a sostener una vida anti natural a nivel global. Quizás sea hora de volver a las raíces profundas que nutren la vida humana, para desarrollar y fortalecer nuestras conciencias individuales despertando a Eros en nuestro interior y así volver a unificar el Cielo y la Tierra; en nosotros mismos, en la sociedad y con el universo. Ya que, para sostener la manifestación, permitir la vida y volver al punto de partida, mantener la unión parece ser el sentido y dirección en que avanza el universo; parece ser el camino evolutivo del cosmos.

Franco P. Soffietti


[1] La palabra madre y materia están relacionadas en su origen latín mater. Por eso la estrecha relación simbólica entre la madre, la tierra, la materia en sí y la procreación.

[2] Véase “Eros” en Glosario teosófico.

[3] Doctrina Secreta, Tomo II, Sección III: La Substancia primordial y el pensamiento divino

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